Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Las aulas hospitalarias del Materno ayudan a que la enfermedad no rompa la infancia en Gran Canaria

En el Día del Niño Hospitalizado, las clases del Hospital Materno-Infantil muestran cómo educación y sanidad trabajan juntas para que la enfermedad no rompa del todo la rutina, los estudios ni el vínculo de los menores ingresados con la vida que les espera fuera de la habitación

De izquierda a derecha, Miram González, Isabel Valpuesta, Itahisa Viera y Cristina Medina.

De izquierda a derecha, Miram González, Isabel Valpuesta, Itahisa Viera y Cristina Medina. / ANDRES CRUZ

¿Ya nos sigues?Márcanos como medio preferente
Añádenos en Google
María Alfonso Rodríguez

María Alfonso Rodríguez

Las Palmas de Gran Canaria

Una niña de tres años cada vez que ve aparecer a Itahisa Viera por la puerta grita lo mismo: «¡La maestra!». En la tercera planta del Hospital Materno Infantil de Gran Canaria, entre tratamientos y pruebas médicas, esa reacción resume buena parte de lo que ocurre cada mañana en las aulas hospitalarias impulsadas por las consejerías de Educación y Sanidad. Allí, los libros conviven con goteros y los ejercicios de matemáticas con sesiones de quimioterapia. Sin embargo, enseñar es también un acompañamiento fundamental para los menores.

La sala Rotario, en el área de oncología pediátrica, parece por momentos cualquier aula infantil: mesas redondas, puzzles, muchos cuentos, juguetes y un gran ventanal desde el que se ve un parque lleno de columpios y el mar al fondo. Pero nada aquí funciona exactamente igual que en un colegio convencional. En este lugar, las clases dependen del estado físico de cada menor, de si puede levantarse de la cama, de si tiene dolor o de si ese día simplemente necesita distraerse un rato de la enfermedad.

Isabel Valpuesta e Itahisa Viera, docentes del Hospital Materno-Infantil.

Isabel Valpuesta e Itahisa Viera, docentes del Hospital Materno-Infantil. / ANDRES CRUZ

Más que enseñar

«Hacemos algo más que enseñar en un hospital», resume Isabel Valpuesta, profesora del ámbito científico-tecnológico de Secundaria y Bachillerato. Explica que el trabajo académico convive constantemente con el apoyo emocional y social porque el alumnado atraviesa «una situación de salud adversa» y necesita algo más que contenidos curriculares.

A su lado, la maestra de Infantil y Primaria Itahisa Viera le da la razón. «Acompañamos al alumnado por medio de la enseñanza para que pasen el proceso de la forma menos estresante posible», explica. El objetivo no es solo que aprendan, sino también ayudarles a evadirse, recuperar cierta sensación de normalidad y aliviar la tensión que supone pasar días o semanas dentro de un hospital. «Y no solo ellos, también las familias», añade.

La red de atención educativa hospitalaria de Canarias cuenta actualmente con ocho aulas y unidades distribuidas en distintas islas y alrededor de 15 docentes especializados. Durante el curso 2025-2026 se han registrado ya más de 1.500 atenciones educativas hospitalarias en el Archipiélago.

Estas aulas atienden a alumnado de Infantil, Primaria, Secundaria, Bachillerato, Formación Profesional y programas específicos de apoyo educativo. La mayoría de los casos corresponden a hospitalizaciones pediátricas generales y procesos de corta duración, aunque también existe un seguimiento constante de menores con patologías crónicas, tratamientos oncológicos, trastornos de salud mental o enfermedades que requieren ingresos prolongados.

Isabel Valpuesta e Itahisa Viera, docentes del Hospital Materno-Infantil.

Isabel Valpuesta e Itahisa Viera, docentes del Hospital Materno-Infantil. / ANDRES CRUZ

Clases adaptadas y «a pie de cama»

Las clases en el Hospital Materno-Infantil cambian según cada caso. Hay menores que pueden acudir a las salas comunes y compartir actividades grupales; otros reciben apoyo individual «a pie de cama». Cada mañana, las profesoras se coordinan con enfermería y los médicos para decidir qué alumnado puede salir de la habitación y en qué condiciones. «Intentamos que socialicen porque después eso les ayuda a pasar el tiempo aquí de una forma más amena», cuenta Itahisa.

En muchas ocasiones, lo lúdico es la puerta de entrada al aula. Juegos, materiales manipulativos y dinámicas adaptadas sirven para conectar con menores que llegan asustados o agotados emocionalmente. «Cuando tú vas y te presentas como la maestra del hospital, muchos dicen: “¡No puede ser, me persigue!”», recuerda entre risas la docente de Primaria. Pero esa distancia inicial suele desaparecer rápido cuando la confianza llega.

«Muchos están deseando recibir clase», explica Isabel. «Les ayuda a evadirse de este contexto y les da un toquecito de normalidad». Después de años trabajando en el hospital, asegura haber comprobado que la enseñanza tiene incluso un «valor terapéutico».

Todavía recuerda a alumnos de Bachillerato que, durante sesiones de quimioterapia, le escribían para pedirle clases de Física y Química porque eso les ayudaba a olvidarse por unas horas del tratamiento. «Ahí te das cuenta de lo que ayuda. Dar unas clases simplemente les relaja», explica.

Puente con los colegios e institutos

El trabajo del aula hospitalaria también funciona como puente con los colegios e institutos de origen. Cuando las hospitalizaciones superan los diez días, las profesoras contactan directamente con los centros educativos para coordinar contenidos, tareas y exámenes. El objetivo es evitar que la enfermedad rompa el vínculo académico y facilitar después la reincorporación del alumnado a sus clases habituales. «Que el tema académico no sea otro factor de estrés», resume Isabel.

En el Materno Infantil trabajan actualmente cuatro docentes dependientes de la Consejería de Educación: Itahisa Viera y Salvador Rodríguez en Infantil y Primaria; Isabel Valpuesta y María del Carmen Rodríguez en Secundaria y Bachillerato. Su labor se coordina constantemente con sanitarios, psicólogos y supervisores de planta.

Miriam González, supervisora de Oncohematología Pediátrica, explica que cada día revisan junto a las profesoras el estado clínico y anímico de cada paciente para decidir cómo abordar el acompañamiento educativo. «Forman parte del equipo terapéutico», asegura.

La coordinación entre docentes y personal sanitario es constante, hasta el punto en el que las profesoras participan en reuniones multidisciplinares junto a médicos, farmacéuticos y especialistas para conocer mejor la situación de cada menor y adaptar las clases a sus necesidades físicas y emocionales. Esa información, explican, les permite acercarse al alumnado «de otra manera» y contar con más herramientas para acompañarlo durante el ingreso.

Un apoyo también para las familias

Cristina Medina, supervisora de la cuarta planta de especialidades, insiste en que la función de las aulas hospitalarias va mucho más allá de lo académico. «No curan, pero sí distraen el proceso. Acompañan y soportan», señala. La meta, añade, es «normalizar» lo máximo posible la vida de los menores durante el ingreso y hacer la estancia «mucho más llevadera».

Las familias también encuentran apoyo en este servicio. Muchas llegan sin saber que el hospital cuenta con docentes capaces de continuar el seguimiento escolar de sus hijos mientras permanecen ingresados. Las profesoras mantienen contacto diario con padres y madres, resuelven dudas académicas y ayudan a reducir la preocupación de quienes temen que la enfermedad termine afectando también al curso escolar.

Pese a que el servicio funciona desde los años noventa en Primaria y desde 2018 en Secundaria, muchas personas todavía desconocen que existen aulas hospitalarias en Canarias. El Día Nacional del Niño Hospitalizado, celebrado cada 13 de mayo, busca precisamente reconocer el trabajo de sanitarios, docentes y profesionales que contribuyen al bienestar integral de los menores ingresados.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents