Entrevista | Leocadio Martín Psicólogo
Leocadio Martín, psicólogo, sobre el miedo que causa el hantavirus: "Ante lo desconocido, el cerebro trabaja con el peor escenario posible"
El experto analiza el impacto emocional que generan las alertas sanitarias, incluso cuando el número de casos es reducido

El psicólogo Leocadio Martín. / Ramón de la Rocha
¿Qué impacto psicológico generan las crisis sanitarias como la del hantavirus en la población, incluso cuando el número de casos es reducido?
El impacto no guarda proporción con el número de casos, lo hace con el miedo que genera la incertidumbre. Cuando algo es nuevo y desconocido, el cerebro no trabaja con probabilidades, sino con el peor escenario posible. Ante una crisis sanitaria, aunque los datos puedan ser tranquilizadores, muchas personas experimentan ansiedad anticipatoria, hipervigilancia sobre sus propios síntomas y una dificultad real para tolerar la falta de certeza. Es una respuesta comprensible, pero no siempre útil.
¿Por qué las enfermedades poco conocidas suelen provocar tanto miedo e incertidumbre social?
Porque el miedo y la sensación de control están directamente relacionados. Lo que conocemos, aunque sea peligroso, nos parece más manejable. Lo desconocido, en cambio, nos deja sin recursos y sin un guion de actuación. El hantavirus no forma parte de nuestro imaginario colectivo. No sabemos bien cómo se transmite y no tenemos referencia de cómo protegernos. Esto genera una vulnerabilidad percibida que amplifica el miedo muy por encima del riesgo real. No es irracionalidad: es el sistema de alarma haciendo exactamente lo que aprendió a hacer durante miles de años, aunque en este caso de forma desproporcionada.
¿Cómo influye la sobreinformación y los mensajes en redes sociales en la ansiedad colectiva durante una alerta sanitaria?
Las redes aceleran la propagación del miedo de la misma manera que un virus se propaga en un espacio cerrado: rápido, sin filtros y con enorme capacidad de contagio emocional. El problema no es la información en sí, sino el formato. Un titular alarmista, un vídeo descontextualizado o un mensaje de WhatsApp llegan antes que los datos verificados. Y cuando el cerebro ya está emocionalmente activado, la capacidad de análisis crítico disminuye. Tendemos a creer más fácilmente aquello que confirma el miedo que aquello que lo matiza. Es un mecanismo que conocemos bien y que, en situaciones de crisis, se acelera notablemente.
"Un titular alarmista o un vídeo descontextualizado llegan antes que los datos verificados"
¿Cuáles son las reacciones emocionales más habituales que experimenta la población ante las noticias relacionadas con enfermedades infecciosas?
Las más frecuentes son la ansiedad anticipatoria —el miedo a lo que podría ocurrir—, la hipervigilancia sobre el propio cuerpo, la búsqueda compulsiva de información y, en el extremo contrario, la negación como mecanismo de defensa. También aparece con frecuencia la hostilidad hacia los grupos que percibimos como responsables o como fuentes del problema. Ninguna de estas reacciones es patológica por sí sola. Sin embargo, se convierten en un problema cuando se cronifican o cuando empiezan a interferir con la vida cotidiana.
¿Existe el riesgo de que se produzca una percepción desproporcionada del peligro real?
Sí. De hecho, es lo más habitual. La percepción del riesgo rara vez coincide con el riesgo estadístico. Tendemos a sobrestimar amenazas que son nuevas, incontrolables o que han tenido víctimas visibles, aunque sean pocas. Sin embargo, el tratamiento mediático y político de la crisis ha generado una percepción de amenaza que no se corresponde con los datos disponibles. Eso no significa que la gente reaccione de forma irracional, sino que está respondiendo a la información que recibe, y esa información llega distorsionada.
¿Qué criterios permiten diferenciar una preocupación razonable por la salud de una ansiedad excesiva?
Una preocupación razonable nos lleva a hacer algo concreto y proporcionado: informarnos a través de fuentes fiables, seguir las indicaciones sanitarias y prestar atención sin obsesionarnos. La ansiedad excesiva, en cambio, se retroalimenta: cuanta más información se busca, más miedo se siente. Los síntomas físicos normales se convierten en señales de alarma y la preocupación empieza a ocupar un espacio mental que no le corresponde. Una pregunta útil para calibrar esto sería: ¿me está sirviendo esta preocupación para hacer algo útil, o simplemente me está haciendo sufrir?
Después de la pandemia de Covid-19, ¿cree que la sociedad es más vulnerable a nivel emocional ante cualquier nueva alerta sanitaria?
En cierta medida, sí. La pandemia dejó una huella que no ha desaparecido del todo. Muchas personas desarrollaron lo que podríamos llamar una sensibilidad aumentada ante cualquier amenaza de tipo sanitario, una memoria emocional que se activa con rapidez ante estímulos similares. No es debilidad, sino una consecuencia lógica de haber vivido durante años con una incertidumbre sostenida y un nivel de pérdida muy elevado. El problema aparece cuando esa sensibilidad se convierte en el filtro principal a través del cual se interpreta cualquier noticia nueva, antes de leer siquiera los datos.
"Tras la pandemia, muchas personas desarrollaron una sensibilidad aumentada ante cualquier amenaza"
¿Qué recomendaciones daría para proteger la salud mental sin caer en la desinformación ni en el alarmismo?
Primero, elegir bien las fuentes: las autoridades sanitarias tienen más información que un grupo de WhatsApp. Segundo, limitar el tiempo de exposición a las noticias sobre el tema. La información útil no cambia cada diez minutos, pero la ansiedad sí crece con cada mirada al móvil. Tercero, distinguir entre lo que está ocurriendo y lo que podría ocurrir, ya que son dos cosas muy distintas. Y en cuarto lugar, mantener la rutina en la medida de lo posible, ya que es uno de los mejores reguladores emocionales que tenemos. Además, no requiere receta y no tiene efectos secundarios.
¿Qué señales indican que una persona necesita ayuda psicológica porque la preocupación por la enfermedad le está afectando a su vida diaria?
Cuando el miedo deja de ser una respuesta puntual y se convierte en un estado permanente que interfiere en el sueño, en el trabajo y en las relaciones. Cuando la búsqueda de información o de tranquilidad se vuelve compulsiva y nunca produce alivio duradero, y cuando la persona empieza a evitar situaciones cotidianas por miedo a contagiarse, aunque el riesgo objetivo sea mínimo. En esos casos, consultar con un profesional no es una señal de debilidad, es exactamente lo mismo que ir al médico cuando algo físico no funciona bien.
¿Qué les diría a las personas que están experimentando miedo y angustia por la situación actual?
Que lo que sienten tiene sentido. Como ya he dicho, el miedo ante una amenaza desconocida no es una señal de debilidad ni de irracionalidad, sino una respuesta humana completamente comprensible. No hay que avergonzarse de sentirlo. Además, les diría que el miedo es un mal consejero cuando se convierte en el único criterio para interpretar la realidad. Es importante que respiren, que apaguen el móvil un rato, que busquen información en fuentes fiables y, una vez estén informados, hagan algo distinto. Algunas actividades útiles pueden ser salir a caminar, llamar a alguien o cocinar. El cuerpo necesita recibir señales que indiquen que la vida sigue. La angustia se alimenta de la atención que le damos. No se trata de ignorar lo que ocurre, sino de no instalarse en ello. Ahora bien, si el miedo se vuelve demasiado grande, persistente o difícil de manejar solo, es importante pedir ayuda profesional.
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