Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Cuando Canarias prohibió la bebida que acabó haciendo suya

El aguardiente de caña, una forma temprana del ron, fue perseguido durante décadas por competir con el negocio canario del vino en América

Montaje con barricas de Arehucas y trabajadores mexicanos en un cañaveral.

Montaje con barricas de Arehucas y trabajadores mexicanos en un cañaveral. / LP/DLP

¿Ya nos sigues?Márcanos como medio preferente
Añádenos en Google
Héctor Rosales

Héctor Rosales

Las Palmas de Gran Canaria

Con el ron y Canarias conviene no pasarse de listo. La bebida terminó de hacerse en el Caribe, pero Canarias ya venía metida en la historia desde antes. Cuando la caña se convirtió en uno de los grandes negocios del Atlántico americano, en las Islas ya la cultivaban, la molían y le sacaban partido. Sin ese aprendizaje, quizá el ron habría llegado igual. Lo difícil es pensar que habría llegado tan pronto y por el mismo camino.

Cuando el aguardiente de caña, todavía antes del ron moderno, empezó a hacerse fuerte en el Caribe, barato, abundante y pegado a los ingenios, los cosecheros canarios se encontraron con un problema bastante simple. Competía demasiado bien con el aguardiente de uva que las Islas intentaban colocar en América. Por eso, a través del Cabildo de Tenerife, presionaron a la Corona durante el siglo XVIII para prohibir su fabricación, explica el historiador Manuel Hernández González.

Francisco Pérez, maestro ronero canario conocido como Peligroso Pérez, recuerda que no está del todo claro dónde se destiló por primera vez el ron. Lo que sí apunta es que el primer testimonio escrito sobre esta bebida aparece en la Guayana Francesa, hacia mediados del siglo XVII. Canarias había sido clave en esa expansión atlántica de la caña, con ingenios, técnica y comercio propio, pero jugaba con desventaja: tenía menos tierra disponible, producía menos y competir le salía más caro.

La uva contra la caña

Con el azúcar perdiendo sitio en las Islas, la vid ganó peso. De ella salían los vinos que sostenían buena parte del comercio isleño, aunque el Caribe bebía poco vino. Para ese mercado, los canarios apostaron por el aguardiente de uva. El problema era que, junto a los ingenios caribeños, ya había alambiques capaces de aprovechar el guarapo, las mieles y la melaza de la caña. De ahí salía un aguardiente local, barato y difícil de combatir desde Canarias.

Acarreo de caña de azúcar en Gran Canaria a principios del siglo XX.

Acarreo de caña de azúcar en Gran Canaria a principios del siglo XX. / Fedac

La respuesta canaria fue intentar sacar al competidor del mercado. Según reconstruye Hernández González, la presión insular logró que la Corona dictara en 1714 una Real Cédula que prohibía fabricar y vender aguardiente de caña en los territorios americanos. La orden mandaba derramar la bebida, romper los instrumentos de fabricación y multar a sus dueños. Sonaba contundente, pero apenas funcionó.

La prohibición pretendía borrar por decreto una realidad ya asentada. El aguardiente de caña se hacía junto a los ingenios, con la materia prima al lado. El de uva, en cambio, tenía que llegar desde Canarias, más caro y menos inmediato. No era solo cuestión de gusto o de costumbre. También mandaban el precio y tenerlo a mano.

En la práctica, los efectos se quedaron en algunos gravámenes, más vigilancia en ciertas zonas y poco más. El aguardiente de caña siguió moviéndose con bastante libertad, sobre todo lejos de las capitales. La Corona no dejó de intentarlo: volvió a confirmar la prohibición en 1720, 1724, 1739 y 1747. Cada nueva orden dejaba en evidencia a la anterior.

Cosa de médicos, y de algunos más

Para defender su posición, los cosecheros canarios no se limitaron a hablar de precios. También hablaron de salud, de moral y de dinero para la Corona. Presentaron el aguardiente de caña como un producto dañino, peligroso para la salud, enemigo de las buenas costumbres y perjudicial para las rentas reales, que nunca era mal argumento si se quería convencer a la Corona. El de uva, claro, aparecía como más saludable, casi medicinal y hasta más adecuado para los climas húmedos del Caribe.

Los hacendados caribeños ya tenían negocio propio y poder para defenderlo. No aceptaron ser los malos. En La Habana, los dueños de ingenios sostuvieron en 1739 que el aguardiente de caña era útil, barato y necesario. Incluso lo presentaron como remedio en hospitales y como producto imprescindible para los más pobres, que no podían pagar el aguardiente de vino importado.

Luego vinieron los golpes más directos. Desde La Habana acusaron a los comerciantes canarios de especuladores y señalaron incluso que algunos mezclaban aguardiente de caña con el suyo para venderlo después como aguardiente de uva. Era un veneno saludable si ayudaba a ajustar el margen. Desde las Islas fueron muy precisos al explicar lo malo que era el aguardiente de caña, pero no gastaron la misma energía con el producto de casa. El de uva era otra cosa, claro. Sobre todo para quienes lo vendían. Al final, cada uno defendía lo que le daba de comer.

La ironía vino después. Lo que los cosecheros canarios habían querido prohibir en América acabó cruzando el Atlántico de vuelta. El aguardiente de caña empezó a llegar a las Islas con la batalla casi ganada. En 1764 se permitió su fabricación a cambio de impuestos y, con el comercio más abierto en los años siguientes, empezó a entrar lo suficiente como para preocupar a quienes llevaban décadas intentando frenarlo en América.

En 1815, en Tenerife, ya a la desesperada, volvieron a sacar el argumento sanitario. El aguardiente de caña fue presentado otra vez como bebida mortífera, culpable de hidropesías, apoplejías, parálisis y otros males, esta vez con varios médicos canarios avalando esa misma idea. El Cabildo ordenó prohibir su consumo, pero llegaba tarde otra vez. Era barato, entraba con facilidad y ya se bebía demasiado como para poder pararlo. Con el tiempo, Canarias acabaría haciendo negocio con aquello que antes había intentado prohibir.

Tracking Pixel Contents