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Crónica parlamentaria

Mañana empieza la reconstrucción (o no)

Uno diría que la mayoría de los votantes de NC no podría contratar ni un rincón en la sentina del ‘Hondius’

Lucía Fuentes, con otra camiseta con ilustración, esta de Minnie Mouse.

Lucía Fuentes, con otra camiseta con ilustración, esta de Minnie Mouse. / María Pisaca

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Alfonso González Jerez

Alfonso González Jerez

Cuando ayer por la mañana fue reanudado el pleno por los timbrazos de doña Astrid Pérez se sentaron en la bancada socialista tres diputadas con camisetas de Mickey Mouse, muertas de la risa, susurrando chismes, alguna haciéndose un selfi. «En este patio de guardería han transformado el Parlamento», escribió en su wassap una diputada de la mayoría. Lo de las camisetas de Mickey Mouse era, obviamente, una referencia pretendidamente chistosa a las ratas que Clavijo mencionó como hipótesis -jamás dijo que existieran roedores a bordo del crucero- de una posible vía de infección. Con lo de las ratas el PSOE, y sobre todo las Juventudes Socialistas, han expedido un montón de bromas y memes graciosísimos. Si Coalición lo hubiera hecho con Ángel Víctor Torres, los socialistas lo hubieran denunciado furibundamente como un golpe de Estado. Es más, hace algunas semanas las Juventudes Socialistas del País Vasco hicieron una bromita casi inane, una imagen realizada con IA en la que Aitor Esteban, exdiputado y presidente del PNV, se tiraba (con traje y corbata) a una piscina, patilargo y sonriendo. Los peneuvistas se indignaron, la dirección federal pidió disculpas y las Juventudes Socialistas del PSE escondieron la imagen en los pliegues de internet. En cambio, la organización juvenil del PSOE canario llama rata y dibuja como una rata al presidente del Gobierno autonómico y todo es graciosísimo, insuperable, genial.

Mientras los diputados tomaban asiento -y por supuesto continuaban charloteando- y entraba Fernando Clavijo saludando a los suyos, el cronista intentaba entender por qué el presidente del Gobierno era detestado por tanta saña por el PSOE desde siempre. Es una cuestión de cansancio histórico. Los socialistas, comprensiblemente, llevan muy mal lo de ganar elecciones y no conseguir gobernar. Cuando finalmente lo lograron en 2019, pierden el Gobierno cuatro años después, y por culpa de Clavijo, al que daban por muerto pero regresa al poder a través de un acuerdo con el malvado PP, el polimorfo Casimiro Curbelo y la AHI. Todo lo demás es cuento. De la misma manera que Ángel Víctor Torres pactó con CC para ser alcalde de Arucas, Clavijo pactó con el PSOE para gobernar el municipio de La Laguna. Pero si incluso gobernó la comunidad autónoma durante año y medio con Patricia Hernández, algo a lo que no se hubieran atrevido la inmensa mayoría de los dirigentes socialistas. Para el sector del PSOE que pudiera denominarse nirafierrista -si el nirafierrismo es un sector que cuenta con más de una individua, lo que está por verse-, Fernando Clavijo encarna el símbolo detestable de un fracaso socialista durante más de treinta años. Así se entienden los memes. Las burlas. Los ataques brutales. Y las camisetas ayer en el pleno.

El presidente no ofreció novedades en su comparecencia. Ordenó su discurso y explicó la información que había recibido del Ministerio de Sanidad y la que había solicitado. Aseguró de nuevo que lo que había ocurrido es lo que su Gobierno sospechaba que ocurriría. Insistió en que se le ocultó la existencia de contagiados y que se había actuado con frivolidad y sin tener en cuenta, como prioridad, los riesgos para la salud de los canarios. Y admitió errores: «Todos podemos cometer errores, yo también. Sin duda los he cometido: la presión, la insatisfacción por la poca información, el cansancio después de varios días de dormir poco y un viaje a Bruselas. Todas esas circunstancias pueden llevarte a cometer un error, y lamento si fue así». Sin embargo, para Clavijo eso no afecta a su análisis central de la gestión del brote vírico: «No fuimos puntualmente informados, no se aceptó ni una sola de nuestras propuestas, no se ha actuado con la lealtad institucional exigible con la que nosotros actuamos siempre». También explicó que Canarias «también había estado en Granadilla», refiriéndose al hospital de campaña montado por el Servicio Canario de Salud en el muelle de atraque y, en general, a la colaboración técnica que a pesar de los pesares se prestó al operativo montado para desembarcar a los pasajeros y trasladarlos al aeropuerto Reina Sofía.

Patricia Hernández, ayer con una camiseta con dibujo de Mickey Mouse.

Patricia Hernández, ayer con una camiseta con dibujo de Mickey Mouse. / María Pisaca

La oposición (NC y el PSOE) no quiso saber nada de las razones presidenciales. De distintas maneras y con algún matiz coincidieron en soltar la enormidad de que Clavijo había intentado boicotear el operativo de rescate diseñado y montado por los ministerios de Sanidad e Interior. Por supuesto, no explicaron cómo intentaron Clavijo y su equipo amordazar a los médicos de Sanidad Exterior ni obligar a la Guardia Civil a entregar las armas. Envalentonados erróneamente por los memes y las cadenas de televisión nacional -ayer todavía brujuleaban por el patio y los pasillos de la Cámara buscando carne fresca- soltaban burradas como el boicot presidencial muy serios, muy enfadados, muy históricos; en el caso de Sebastián Franquis, al borde de la apoplejía, aunque el cronista intuye que había cierta sobreactuación en el portavoz socialista. «Ni una sola vez se le escuchó una palabra de solidaridad hacia los pasajeros», le afeó la conducta Luis Campos, al que se le antojó muy mal que el presidente llamara (¡dos veces, pecador!) al MV Hondius «crucero de lujo». Como el pasaje costaba unos 20.000 euros por cabeza, no se entiende lo que Campos considera lujo. Uno diría que la mayoría de los votantes de NC no podría contratar ni un rincón en la sentina del Hondius. Yo tampoco. Franquis, por su parte, quiso centrarse en insistir en que el presidente estaba constante y minuciosamente informado por Mónica García. «Y usted ha quedado en evidencia porque las llamadas telefónicas, por supuesto, existieron, y están grabadas», sentenció cejijunto y más chino cudeiro que nunca.

En su réplica, Clavijo dijo que se había referido precisamente a eso: el respeto institucional y la consideración política no son compatibles con grabar las conversaciones de un representante público, por ejemplo, un presidente de Gobierno. Cuando acabó su intervención, Franquis saltó como un resorte para pedir un minuto a la presidenta del Parlamento. La algarabía en el grupo socialista era ensordecedora. Una de las diputadas con camiseta de Mickey Mouse casi gritaba, indignada como si se hubiera puesto en cuestión su árbol genealógico. Astrid Pérez, que generalmente rehúye de cualquier follón, terminó irritándose porque los diputados socialistas no obedecían la instrucción de guardar silencio. El mismo Franquis era cortado una y otra vez por sus compañeros. Finalmente, Pérez le concedió un minuto de tiempo que el portavoz socialista aprovechó para aclarar que, por supuesto, las llamadas a la ministra de Sanidad -y eso vale para cualquier ministro, supongo- no están grabadas, sino registradas, registradas, que quede claro, registradas. Y se sentó en el escaño. Parecía agotado. Tal vez porque sabía lo que se le venía encima: intentar recomponer unas relaciones de mínima confianza entre Clavijo y el PSOE. Simplemente por una verdad incómoda: solo con CC pueden los socialistas volver al Gobierno después de mayo de 2027.

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