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Heidegger en Venezuela

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Heidegger en Venezuela / La Provincia

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Juan Ezequiel Morales

El reciente número de Papel Literario, bajo la dirección actual de Nelson Rivera, revista fundada en 1943 y de gran prestigio intelectual, se ha dedicado a Martin Heidegger, momento en el que en medio de la intemperie histórica, política y cultural, Venezuela conserva una fibra filosófica capaz de entrar en diálogo con uno de los pensadores más difíciles, incómodos y decisivos del siglo XX.

María Ramírez Delgado abre el número con una imagen magnífica, la de Heidegger como bosque, como espesura en la que uno se pierde para aprender a pensar, y sacando de esa metáfora la grandeza de Heidegger, porque Heidegger no preguntó simplemente qué conocemos, sino que preguntó el dónde, desde dónde puede haber conocimiento, mundo, verdad, técnica, muerte, poesía y libertad, y desplazó la filosofía desde la seguridad del objeto hacia la intemperie del ser.

Alberto Rosales, otro de los autores, testimonia sobre Heidegger en Venezuela el valor de una genealogía filosófica, en la que aparecen García Bacca, Ernesto Mayz Vallenilla, Federico Riu y el propio Rosales como protagonistas de una época en que la filosofía venezolana se abrió a la fenomenología, a Husserl y a Hartmann, en Friburgo, y se abrió a la disciplina alemana del pensar. Rosales recuerda que Heidegger ofrecía una «concreción no conocida hasta entonces» y, sobre todo, «el audaz replanteo de las cuestiones últimas», lo que lo convirtió en el filósofo que impidió que la filosofía se convirtiera en moda o técnica de salón. Hubo distanciamientos y críticas, y retornos de algunos hacia Marx, Kant o Nietzsche, en medio del heideggerianismo, demostrándose que un pensador menor produce discípulos obedientes, pero un pensador grande produce herejes poderosos.

Carolina Guerrero, otra de las autoras en este número de Papel Literario, en su aportación, formula que, desde Heidegger, la libertad significa «lo abierto» de forma activa, como exposición inexorable a un horizonte inasible, y esa idea le resulta decisiva en estos tiempos en los que se ha reducido la libertad a comodidad, identidad administrada y voluntad de consumo, y Heidegger, leído desde Venezuela, nos recuerda que ser libre es quedar expuesto al ser y salir del espacio del mero yo.

Corina Yoris-Villasana, por su parte, actualiza a Heidegger en la técnica, el algoritmo y, en suma, la transformación del hombre en dato. Su lectura de La pregunta por la técnica en Heidegger, es especialmente fértil porque muestra que el filósofo alemán no fue un enemigo simplón de las máquinas, sino que vio algo mucho más profundo, que la técnica moderna es una forma de revelar la realidad, y es ahí que Heidegger se vuelve profeta del siglo XXI, y antes de la inteligencia artificial, antes del capitalismo de plataformas, y antes, incluso, de la captura algorítmica del deseo, ya había visto el peligro metafísico de que el mundo entero sea obligado a presentarse como disponibilidad técnica. Ríos, bosques, cuerpos, atención, intimidad, lenguaje, emoción, todo se convierte en stock, y Venezuela, al leer al filósofo desde el Orinoco, le devuelve a Heidegger una potencia telúrica, y se advierte que la técnica amenaza a Europa y amenaza el modo mismo en que una civilización mira sus aguas, sus selvas, sus cuerpos y su misterio.

Carlos Villarino rescata otro punto fundamental, que es el de que Heidegger no destruye la metafísica para abolirla, sino para devolverla a su pregunta originaria, de forma que lo que podríamos ver como vandalismo intelectual, es ciertamente una arqueología del olvido, del por qué la filosofía occidental olvidó la pregunta por el ser y se refugió en los entes, en los objetos y en las categorías. Luis Marciales propone una bella lectura, la de Ser y tiempo como novela de formación del Dasein, apareciendo ahí la capacidad de que el pensamiento heideggeriano sea tratado como drama existencial, una aventura ontológica donde el Dasein es el protagonista de una travesía en la que hay caída, angustia, muerte, resolución y tiempo. María Eugenia Cisneros Araujo insiste en esa tragedia de la ontología humana, pues se admite que solo el ser humano tiene su propio ser como problema, empero, aquí habría que añadir que hasta ahora, pues ante el desarrollo de la Inteligencia Artificial, ya veremos. Y finalmente, cuando Francisco Andrade y Dianayra Valero Molina llevan a Heidegger hacia Hölderlin, el pensamiento alcanza su otra cima, la importante cima del lenguaje, sabedores de que para Heidegger habitamos el lenguaje como quien habita una morada, siendo que la palabra es algo más que un instrumento o una herramienta, en suma, se quiere decir que la técnica organiza, la política administra y la ciencia calcula, pero solo la palabra poética funda mundo.

Heidegger es en Alemania un problema de conciencia antes que un objeto de pensamiento, pues el nazismo le ha convertido en un expediente incómodo que las universidades gestionan con guantes, y lo que allí se administra con prudencia culpable, América Latina lo lee sin miedo. Este número del Papel Literario es una señal de resistencia, y mientras la cultura global se entrega a la velocidad, al algoritmo, a la utilidad y al ruido, un grupo de autores venezolanos vuelve a Heidegger para recordar que pensar es abrir un claro en el bosque. Heidegger en Venezuela es una prueba de madurez filosófica latinoamericana, ya que solo una cultura que se atreve a discutir con Heidegger, demuestra que todavía no ha renunciado a las preguntas supremas, y un pueblo en el que cuando sobreviene la época donde el humano se olvida de sí mismo, vuelve a la pregunta, y donde vuelve la pregunta, empieza otra vez la filosofía.

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