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Análisis

ZP y el hundimiento ético

El expresidente mete al país en un tobogán bestial: el descenso en picado desde los ideales elevados de la excelencia moral hasta la cochambre pegajosa de los trincadores profesionales

José Luis Rodríguez práctica el ‘running’ en Caleta de Famara.

José Luis Rodríguez práctica el ‘running’ en Caleta de Famara. / Lancelot Digital

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Javier Durán

Javier Durán

Rodríguez Zapatero, ZP, es ya un personaje para una novela o una serie manantial. Nada importa el final de su recorrido judicial. Tiene fuelle suficiente ver al cofundador de la estirada Alianza de Civilizaciones convertido en un presunto trincador. Se ha dicho por arriba y por abajo que nos encontramos ante un acontecimiento histórico, dado que ningún expresidente de la siempre sorprendente democracia española se había visto envuelto en tales turbiedades. Yo no cerraría la puerta. Teníamos el punto de nieve con Juan Carlos I para luego descender por el bodegón del golferío nacional con puteros, esnifadores, mantenedores de queridas, arrepentidos, confidentes y demás ralea. De aquellas vulgares chistorras al derrumbe de la coherencia. El caído edifica el mito del escombro socialista. Una conmoción.

Bambi, apodado así por llevar en el bolsillo unos ideales sublimes, dejó hace años de buscar al príncipe del bosque. La crisis de 2008 fulminó al cervatillo, que se convirtió en un lacayo de la ortodoxia de la UE. Negó el desastre una y otra vez, pero reformó la Constitución para llevarnos al austericidio. Se canturrean las leyes progresistas de su mandato, la salida de Irak y el trascendental fin de ETA, pero sus hagiografías ocultan que engañó una y otra vez a los españoles con el anuncio de los «brotes verdes». Lo que germinó fue el movimiento 15-M.

Pese a ello, hasta el otro día ZP era un depósito de ética, un cisne blanco en un lago de aguas purulentas. Un bálsamo para muchos socialistas, un referente inequívoco que Pedro Sánchez ponía a circular para darle un barniz sentimental a sus correrías. El golpe de la imputación ha dejado el dolor de un corazón en colapso. El resto de la sociedad, visto el auto del juez, divisa la secuencia desde el patio de butacas, como si se tratase de una ópera trágica en la que los valores del héroe acaban siendo finiquitados por la codicia.

Habría que revolcar toneladas de historia para localizar a un personaje que como José Luis Rodríguez Zapatero haya realizado un tour tan bestial. El expresidente ha dado una vuelta de tuerca a la corrupción: esa sensación de higienización que dejaba a su paso, como si derramase a diestro y siniestro litros de lejía, desaparece tras un perfil de mafioso que influye desde la sombra en las decisiones de un gobierno para el engorde de su «boutique financiera». Curioso nombre para referirse al enriquecimiento: el placer de crear y destruir en el océano de las transacciones.

¿Qué ha ocurrido? La condición humana, seas en esencia Satanas o Yahveh, no para nunca de ofrecer resplandores. Observar el organigrama de empresas por las que se movía la pasta de la presunta trama es experimentar la desintegración de ZP. La caída de una bomba atómica que despedaza paso a paso su cacareada integridad moral. Una fe en el tráfico de influencias que le evitó el trance del examen de conciencia para calibrar las consecuencias de meter a sus dos hijas en el gallinero. Piezas angulares, presuntamente, de un metódico reemplazo de su alianza de civilizaciones por una alianza de bisnes. Lo excelso frente a la caja de bombones.

Son demasiados los que esperan un giro en la investigación o una explicación que devuelva las plumas del liderazgo ético al expresidente, pero sea cual sea el desenlace nada cambiará los daños del chorro de ácido. Una cicatriz abierta sobre dos planos indignantes y sobrecogedores: las conductas de las que tenemos conocimiento por el momento, dígase Plus Ultra, se cimentaron bajo la pandemia. Una agonía de muertes entre la que floreció una pandilla de desalmados que contaminaron las más altas esferas de poder para amasar una fortuna. Segundo, en la misma estela de ese desprecio al bien común, ZP no tuvo el más mínimo escrúpulo de compatibilizar su condición de mediador internacional para Venezuela con su presunto rol para el trinque de comisiones. O sea, todas sus intervenciones en este sentido se encuentran bajo el foco de la sospecha.

En esa ambivalencia que recorre el apelativo de Islas Afortunadas recae el secreto de la migración moral a la que se enganchó el expresidente: pasando el cepillo de púas y dejando caer las escamas de la coherencia sobre la arena rubia de la playa. En su chalet de Famara, en Lanzarote, mirando el alto risco, tomó la decisión de echarse al monte por el espacio más angosto, donde hasta los sherpas más ágiles se las ven y se las desean.

Y ahí se produce un esguince digno de investigación: al mismo tiempo que sus cejas alimentan el plano ideal de un socialismo extraviado (o sanchista) y en sobresalto, con la identidad averiada, forjándose una hoja de servicios de asistencia en carretera, ZP incrementa el desmonte de su solar ético por Sudamérica. Un proceso en paralelo, un Dr. Jekylly y Mr. Hyde (Stevenson no muere). La arepa fue su perdición, sobre todo desde que Trump encarceló a Maduro y Sánchez es un enemigo de la CIA. La geopolítica no es baladí. El día dos de junio comparece ZP ante el juez Calama para contar su versión , pero a estas alturas la corporeidad del sujeto presunto está en otra galaxia. Lo que queda ante el magistrado es una cascara .

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