Un farsante al borde del precipicio
No es brillante, pero sí eficiente. Es un simulacro de hombre de paz, de estadista por encima del bien y del mal, de socialista que da mucho pero tiene poco. Desde hace cuatro años descubre su influencia, pero también su dependencia

Un farsante al borde del precipicio / Fernando Montecruz
Los periodistas entramos en el salón del hotel y nos indicaron que nos sentásemos en una mesa casi improvisada uniendo varias mesas pequeñas. José Luis Rodríguez Zapatero había ganado un par de meses antes el XXXV Congreso Federal del PSOE y alguien de su equipo lo convenció para que visitara todas las regiones españolas. Por entonces no existían redes sociales y la internet aun caracoleaba en los ordenadores. La docena larga de periodistas tomó asiento y entonces apareció, acompañado de Juan Carlos Alemán, el secretario general del PSC-PSOE, un hombre alto, ligeramente desgarbado, que parecía encantado de estar precisamente ahí y exactamente en ese momento. Se me sentó justo delante. Nadie parecía especialmente impresionado. Al tal Zapatero le caía mal el traje, llevaba la camisa arrugada y la corbata le bailaba una lambada en el cuello. Pero la atmósfera no le intimidaba. Sonreía. Sonreía sin parar. Una sonrisa de oreja a oreja que hubiera sido aterradora si no fuera por los ojos. El intenso azul de los ojos de Zapatero neutralizaba la chifladura del gesto, civilizaba la sonrisa de payaso asesino. Muy pronto le pondrían un peluquero que le cambiaría el corte de pelo y le domaría las cejas angulares. Le harían trajes a medida y llevaría siempre las camisas bien planchadas con corbatas a juego. Miraba directamente a los ojos. Su otro instrumento era la voz. Una voz profunda, de bajo, que siempre ahormaba verbos condicionales. Era la voz de alguien que no podía haber mentido ni soltado una grosería en la vida. Después vienen las ideas, las retóricas, los programas. Pero él tenía ya una sonrisa aun tersa bajo unos ojos celestiales y una voz de vaquero que gana cualquier disputa sin desenfundar el revólver y se pone al lado de los pieles rojas. El PSOE, después de muchos años, tenía una oportunidad con un chico de cuarenta tacos que antes de vivir de la política solo había dado clases (pocas) como profesor asociado de Derecho. Zapatero comentó algunas generalidades sobre Canarias. Por supuesto, no sabía nada. Luego comenzó a contestar preguntas socráticamente, haciendo otras preguntas. En un momento dado, mientras un periodista sermoneaba penosamente, Zapatero me miró y me dijo en voz baja:
- ¿Me dejas un pitillo?
Por supuesto, le acerqué la caja de tabaco.
- Camel, bueno, yo fumo Marlboro. Pero está bien, está bien…
Al cabo de diez minutos me pidió otro, y luego otro. A partir de ahí ya no pidió más. Los cogía directamente de la caja. Cuando se marchó me hizo un gesto cómico de disculpa. Juan Carlos Alemán se detuvo un momento a mi lado.
- Todavía no es presidente y ya está cuidando tu salud.
- ¿Será presidente?
- Por supuesto.
Nos retiramos lentamente. Un periodista que ahora escribe pestes sobre Rodríguez Zapatero comentó, arrobado:
- Es lo mejor de la política española. Lo mejor -insistió.
En la calle eché un vistazo a la caja. Me quedaba un cigarrillo. Veintiséis años después al PSOE le pasa algo parecido. No le queda sino un cigarrillo en la caja. Pone en el filtro en letra muy chiquita «elecciones generales». Y nadie se lo quiere fumar.
Una de las sandeces más notables de las repetidas en los últimos días es que Rodríguez Zapatero, como jefe de Gobierno y secretario general del PSOE, conecta con Pedro Sánchez y sus preferencias y estilos políticos. Por supuesto, no fue así. Zapatero tiene más conexión con la etapa de Felipe González que con la pulverización del partido realizada por Sánchez. En realidad es una prolongación y renovación del ciclo 1982-1996. González y su gente se centraron en la modernización económica, en la integración internacional y en la construcción de las bases de un Estado de Bienestar, creando, por ejemplo, un sistema sanitario público universal o metiendo todo el dinero que pudieron en unas universidades que sacaron del tardofranquismo o mejorando las pensiones, incluyendo el diseño de las pensiones no contributivas. Los gobiernos de Zapatero continuaron (a menudo, no siempre) estos esfuerzos pero agregaron el impulso de nuevos derechos: el matrimonio y la adopción igualitaria, protección integral contra la violencia de género, divorcio exprés, memoria histórica, dependencia. La primera legislatura de Zapatero funcionó de facto como un conjunto de nuevas normativas y programas complementarios al socialismo felipista, con la ventaja de que no costaban un duro, salvo en el caso de la ley de Dependencia, que fue aprobada sin ficha financiera y sin acuerdo con las comunidades autónomas, y así le ha ido. Pero no existe ninguna discontinuidad o cesura con los gobiernos de González. Es más: el colaborador más cercano de González, con la excepción de Javier Solana, fue Alfredo Pérez Rubalcaba, quien llegó a ser ministro de Interior y luego vicepresidente primero con Rodríguez Zapatero en la segunda legislatura.
El acta fundacional del zapaterismo está en Nueva Vía, un grupito de diputados y cargos partidistas que convirtieron una tertulia doméstica en una plataforma para que el leonés ganara la dirección del partido. Se reunía en casa de Trinidad Jiménez y a la misma pertenecía un canario, Juan Fernando López Aguilar. No eran ni querían ser un ala izquierdosa del partido y en realidad se inspiraban en Toni Blair y en la Tercera Vía de Anthony Giddens: buscar algo que no fuera la socialdemocracia clásica ni tampoco el socioliberalismo pecador. Era algo así como encontrar un unicornio ideológico en las verdes praderas de la izquierda. Más tarde el zapaterismo adoptó como fugaz gurú al politólogo irlandés Philip Pettit, autor de un nuevo republicanismo progresista. Pero no merece la pena confundirse. Zapatero nunca leyó en serio ni a Anthony Giddens ni a Philip Pettit ni a Norberto Bobbio. Pese a sus dengues pedantescos no es un intelectual. No le interesa. Es un político profesional que comenzó muy pronto a sufrir un peligrosos mal de altura. Es evidente su dificultad en ponerse en lugar de los ciudadanos y en entender las consecuencias de ciertas decisiones. Es lo que ocurre cuando saltas desde un escaño de provincias a la jefatura de un Gobierno sin escalas intermedias. Por ejemplo, quedarse sentado en un desfile militar al paso de la bandera de Estados Unidos. O designar como ministras a Leire Pajín o Bibiana Aído. O nombrar al secretario de Organización del PSOE - un bachiller gallego que eligió él mismo -ministro de Fomento, lo que equivale a mezclar el hambre con las ganas de comer. Pero sobre todo lo más mortífero: engañarse y engañar a los ciudadanos españoles minusvalorando una crisis económica terrible ya detectada pero que apenas dos meses después de las elecciones de 2008 estalló con furia destructiva. Zapatero debió asumir que España perdió un tiempo precioso para evitar que la crisis alcanzara semejante crueldad. Zapatero no tuvo el valor político de asumirlo y actuó tarde y mal. Jamás le interesó mucho la economía. Es rarísimo escucharle una palabra al respecto. Los más ancianos del lugar recordarán la conversación entre Jordi Sevilla y Rodríguez Zapatero grabada accidentalmente en el Congreso de los Diputados en 2003. Al líder se le resistía la comprensión del sistema fiscal español.
Sevilla: «Pero si esto está chupao, a no ser que quieras hacer una tesis doctoral… Lo que tú necesitas saber para esto… son dos tardes».
Zapatero: «Si, pero es complicado… ¿Tú prefieres que lo entienda, no?».
El desempleo ascendió a más de 5.200.000 personas, casi un 23% de la población activa, y la deuda alcanzó el 71% del PIB. Decenas de miles de empresas y negocios cerraron sus puertas. Las cajas de ahorro se hundieron. El Gobierno debió congelar las pensiones y bajar los salarios de los funcionarios. En la calle una protesta inesperada llenó de manifestaciones juveniles todas las ciudades españolas. El 15 M. Unos tíos que se llamaban iglesias y errejones y alegres y bescansas gritaban a pleno pulmón:
- PSOE y PePé, la misma mier- da es.
En ese momento, en el momento en que anunció que no se presentaría a la reelección, Zapatero parecía un político acabado, roto, insalvable, cuyo destino inevitable era el Consejo de Estado. Y entró y tomó posesión. Los periódicos lo anunciaron en un breve, casi todos sin foto. No se olvidó mencionar a Zapatero y cuando alguien lo hacia, la nueva mayoría conservadora se rompía de risa. Pero no fue así. Zapatero, de nuevo, tomó decisiones. Y de nuevo no fueron las más acertadas.
El expresidente no tuvo jamás el prestigio de Felipe González en Bruselas. La UE nunca le encargaría la coordinación de informes como a su antecesor, como el Proyecto Unión Europea 2030; retos y oportunidades, que González presentó en 2010 como presidente del llamado Grupo de Reflexión sobre el futuro de la UE. Menos aun tenía amigotes entre los norteamericanos como José María Aznar. Zapatero quería más dinero pero, probablemente, anhelaba un reconocimiento, una importancia, una interlocución que no podía tener en la España de Mariano Rajoy. Y comienza a viajar a Hispanoamérica, donde no es necesario saber inglés o francés. Son algunos excolegas del Grupo de Puebla quienes le facilitan los primeros contactos, los primeras reuniones y agendas telefónicas. Y Zapatero -dicen- no pierde el tiempo. Luego llega la segunda parte: sus bodas políticas con el presidente Sánchez. Es cuando se inventa una rápida mitología: Zapatero, icono de a izquierda. Zapatero, lucecita roja siempre encendida en La Moncloa. Zapatero, la brújula moral del Gobierno progresista. Como orador es cursi, cursi hasta un ridículo sonrojante, e increpa a la derecha como a una tribu de antropófagos. Ya con tremendo chalet de 300 metros cuadrados, jardín y piscina, es capaz de soltar en un mitin, con la sonrisa más payasesca que nunca, elogios del pobrismo y exaltaciones de un socialismo misionero que solo está en su imaginación cargada de un nuevo cinismo:
- Ser socialista significa dar mucho y en cambio, por lo general, tener muy poco.
Articulado el personaje Zapatero alcanza una popularidad que jamás disfrutó como presidente. Acepta cualquier cosa que le pide Sánchez: legitima toda las decisiones del gobierno en sus peroratas, negocia la amnistía con ERC y dialoga con Puigdemont en Suiza, pega la hebra con los podemitas para que no se vayan muy lejos. No es brillante, pero sí relativamente eficiente. Es un simulacro de hombre de paz, de estadista por encima del bien y del mal, de socialista que da mucho pero tiene poco. Desde hace tres o cuatro años descubre su influencia pero también su dependencia. Le conviene, mejor aún, necesita imperiosamente que el Gobierno de Sánchez se mantenga a flote todo el tiempo del mundo. Mejor cuatro años que cuatro meses. Un lobista, sin un gobierno amigo, no tiene nada que hacer. Un traficante de influencias, sin influencias sobre un Gobierno, es un moribundo. Necesita más tiempo porque clientes hay muchos. Necesita más tiempo porque si España, realmente, opta por China como aliado estratégico en lo económico y lo tecnológico -y no solo por ese contratito con Huawei- Zapatero podrá contemplar como enanos viejunos a González y a Aznar. Y lo necesita de veras.
José Luis Rodríguez Zapatero ha demostrado ser soberbiamente humilde, diminutamente ambicioso, y sabe que su destino está enredado fatalmente con el de Sánchez. Y ahora, imputado judicialmente por media docena de delitos, más que nunca. Lo que ha hecho esta pareja con este país es terrible. Pero lo que le han hecho a la izquierda es irreparable.
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