Personas mayores y jóvenes comparten hogar en Canarias para romper la soledad
La iniciativa impulsada por el Gobierno autonómico conecta a personas mayores y jóvenes para afrontar el aislamiento, las dificultades habitacionales y la falta de apoyo cotidiano mediante fórmulas de acompañamiento bajo un mismo hogar

Genoveva López y Janiled Albarracín conviven juntas gracias al programa 'Auchón'. / Andrés Gutiérrez

Auchón era el nombre que recibían las cuevas donde los antiguos canarios convivían en comunidad. Allí compartían espacio personas mayores, jóvenes, niños y animales. La palabra, de origen prehispánico, vuelve ahora convertida en un programa social que intenta recuperar algo que antes resultaba natural: vivir acompañado, escucharse y cuidarse entre generaciones.
Esa idea cabe también en una frase de Gema Cárdenes, de 85 años, vecina de Gran Canaria, criada en Tejeda y aún a la espera de que el programa encuentre a la persona joven que convivirá con ella. «No nos aparten, la gente quiere estar con la gente», resume refiriéndose la línea invisible creada por la sociedad que parece dividir a la gente mayor del resto de generaciones. Porque para ella el problema no es cumplir años, sino que el mundo empiece a tratar a los mayores como si ya no tuvieran nada que aportar.

Gema Cárdenes forma parte del programa Auchón. / J.PEREZ CURBELO
En Canarias, muchas personas mayores viven solas, mientras numerosos jóvenes se enfrentan a un acceso a la vivienda casi imposible. Entre esas dos realidades nace el Programa Auchón de Cohabitalidad Intergeneracional, impulsado por el Gobierno de Canarias y gestionado por el Centro de Familia, con el objetivo de combatir la soledad no deseada y ofrecer una solución habitacional a jóvenes en una situación de vulnerabilidad.
Soledad no deseada
Genoveva López tiene 74 años y durante mucho tiempo vivió únicamente con su gato. La enfermedad y la falta de compañía empezaron a pesar en su día a día. Hace siete meses abrió las puertas de su casa en Santa Cruz de Tenerife a Janiled Albarracín, una joven venezolana de 20 años que llegó a la isla hace menos de un año. No tenía recursos suficientes para alquilar una habitación y entró en Auchón después de conocer el programa a través de otra iniciativa social.
La convivencia comenzó con prudencia, como empiezan casi todas las relaciones entre desconocidos. Pero hoy ambas hablan como si se conocieran desde hace años. Genoveva la llama «mi niña» y Janiled reconoce que ya no imagina llegar a casa y no encontrar a la mujer preguntándole cómo le fue el día. «Estar acostumbrada a llegar y que una persona me esté esperando en mi hogar, preguntándome cómo me fue en el trabajo o si ya comí lo cambia todo», cuenta la joven.
Ambas comparten pequeños detalles cotidianos que explican mejor que cualquier discurso lo que ha significado esta experiencia: muchas cenas compartidas, conversaciones y escucha activa, visitas médicas, cuidados mutuos y la tranquilidad de saber que hay alguien al otro lado de la puerta.
Genoveva recuerda con especial cariño una caída que sufrió pocos días después de empezar la convivencia. Estuvo ingresada en el hospital y Janiled acudió cada día a verla. También cuidó de su gato mientras ella permanecía ingresada. Desde entonces, algo cambió en la casa. «Es la alegría de la casa», asegura. Reconoce también que la sensación de soledad ha disminuido enormemente.

Genoveva López y Janiled Albarracín. / Andrés Gutiérrez
Jóvenes que también se sienten solos
Pilar González, pedagoga del programa, explica que Auchón no funciona como un alquiler tradicional, sino como una convivencia solidaria. Hay contratos, normas, derechos, deberes, mediación y seguimiento profesional. «No es un contrato de alquiler, no es un contrato que haya un beneficio económico, sino que el beneficio es solidario», detalla.
El equipo trabaja con personas mayores de más de 60 años que sean autónomas en las actividades básicas de la vida diaria y con jóvenes de entre 18 y 30 años. Entre los perfiles figuran jóvenes extutelados, estudiantes, familias monomarentales o mujeres víctimas de violencia de género fuera de situación de riesgo.
Ahora mismo, según González, existe una convivencia activa, unos veinte jóvenes con expediente abierto y cuatro personas mayores a la espera. El principal obstáculo no está en los jóvenes, sino en el miedo de los mayores o de sus familias. El temor a la ocupación y la desconfianza inicial dificultan que más personas den el paso.
Por eso, el programa insiste en el respaldo jurídico. El joven no adquiere derechos sobre la vivienda y la convivencia puede suspenderse si algo no funciona. Además, la persona joven aporta a suministros y comida para que su presencia no suponga un gasto añadido.
Durante el proceso, el equipo también ha descubierto una realidad que no siempre se menciona: la soledad juvenil. «Teníamos muy interiorizado que la soledad era solo para las personas mayores y nos hemos encontrado con muchos jóvenes solos», reconoce Pilar.

De izquierda a derecha, Veronica Hernandez Bas, psicóloga mediadora; Elena González de Vera, trabajadora social; y Pilar González Hernández, pedagoga. / La Provincia
«La gente joven me da chispa»
Gema Cárdenes todavía no convive con nadie, pero espera hacerlo. Conoció Auchón leyendo sobre el programa y empezó a buscar información por distintas administraciones. Fue al Cabildo, al Ayuntamiento y a la sede del Gobierno de Canarias hasta que finalmente contactó con el equipo del proyecto.
Tiene un piso pequeño, «con lo necesario», y ganas de compartir. No habla de la soledad como una enfermedad, ella la entiende como parte de la vida y distingue perfectamente entre estar solo y sentirse apartado. «Estar solo hay que pasarlo para conocerte, para saber quién eres», reflexiona. Otra cosa, añade, es perder el sentimiento de acogida, de pertenecer a la «tribu».
Lo que más le atrajo del programa fue la posibilidad de convivir con alguien joven. «Me dan chispa», cuenta con una sonrisa de oreja a oreja. Ella imagina una convivencia tranquila, con rutinas, respeto y conversación. No busca ruido ni trasiego constante, sino compañía, escucha y afinidad.
Expresa que le gustaría ir al cine, comentar películas, conversar, compartir alguna comida o simplemente tener a alguien cerca. «Ser escuchado y escuchar», resume porque para ella, esa es una de las claves. Dice que muchas personas mayores no necesitan que les hagan todo, sino que no las traten como si ya no pudieran decidir, como si volvieran a ser niños. «Muchas veces apartan al viejo: ponte allí, siéntate allí…», lamenta.
Gema habla también de su marido, que era pintor, de la obra que conserva, de exposiciones, de viajes en guagua y de la importancia de seguir participando en la vida cultural. Su relato demuestra que envejecer no significa quedarse quieto, sino necesitar nuevas formas de vínculo.

Gema Cárdenes. / J.PEREZ CURBELO
Recuperar una convivencia posible
Auchón intenta precisamente eso: reconstruir vínculos entre generaciones que hoy viven separadas, aunque compartan problemas parecidos. Unos necesitan compañía. Otros necesitan un hogar. Y, en medio, puede aparecer algo más difícil de medir que una ayuda económica, una relación cotidiana.
En Tenerife, Genoveva y Janiled ya lo han comprobado. Una buscaba compañía y la otra necesitaba un lugar donde empezar de nuevo. Entre muchísimas arepas, médicos, conversaciones y preguntas sobre cómo fue el día, las dos terminaron construyendo una rutina compartida. En Gran Canaria, Gema espera todavía a esa persona compatible. Mientras tanto, defiende que la vejez no debe ser sinónimo de apartamiento porque, como dice ella, la gente quiere estar con la gente.
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