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¿Cómo se convirtió Canarias en una sociedad de mezcla cultural y migraciones?

A lo largo de los 530 años desde la conquista, diferentes grupos de población se han mezclado con los primigenios habitantes del Archipiélago, una mezcla que ha dado forma a la canariedad

Ilustración del Día de Canarias 2026.

Ilustración del Día de Canarias 2026. / Adae Santana

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Mezclas que enriquecen. El aislamiento, la conquista y las influencias del exterior han forjado una canariedad que va mucho más allá de apellidarse Oramas, Santana o Machado. En los últimos 530 años han pasado por el Archipiélago poblaciones de todo tipo que han tejido entre orillas una identidad marcada por el salitre y la lava, pero también por la hospitalidad de un pueblo que, lejos de encerrarse en sí mismo, ha abierto los brazos a todo el que llegaba. ¿El resultado? Una comunidad de 2,2 millones de habitantes abierta y plural, enriquecida por una historia que se aparece hoy en cada árbol genealógico de las Islas.

Pero, ¿cómo está conformada en estos momentos la población de Canarias? La llegada de múltiples grupos poblacionales a lo largo de los siglos, su arraigo en el Archipiélago y la sociedad que tejieron enlazándose con la población autóctona tras la conquista ha provocado que la inmensa mayoría de quienes vivimos en las Islas sean canarios de nacimiento. El 85% de los 2,2 millones de personas que residen aquí son españoles –1,8 millones–. De ellas, un 9% proceden de la Península –176.000 personas– y el resto son isleños. Canarios de pura cepa como la familia Méndez Borges que enfocó la tradición agrícola y gastronómica gomera en el que se ha convertido en todo un emblema de la gastronomía de la Isla Colombina: Casa Efigenia. O como la familia García Quintero, que enraizó en Gran Canaria, a pesar de que cuenta con legados de los dos extremos del Archipiélago.

En Canarias hay además 342.612 personas extranjeras. Un número que está infraestimado, ya que aquí solo están contabilizados aquellos que están regularizados o han trasladado su residencia de forma efectiva. De ellos, el grupo mayoritario (182.871 personas) procede de algún país europeo, siendo Italia el que tiene más nacionales en Canarias, 55.553. Entre ellos está la familia Dodi, procedente de Bolonia, y que sintió que había llegado a casa nada más poner un pie en Tenerife. Tras los italianos, alemanes y británicos son los extranjeros más numerosos.

Huella latinoamericana

En el Archipiélago conviven también 105.199 americanos, la inmensa mayoría procedentes de países de América latina. Colombia, con 32.381 y Venezuela con 28.200 son los estados de donde vienen en mayor medida este grupo de migrantes. De nuevo, las cifras están por debajo de la realidad, ya que tampoco están aquí contabilizados todos aquellos que habiendo nacido en países de América del Sur están nacionalizados por tener algún antepasado canario. De Colombia procede la familia Yáñez Bolaños, que llegó hace 26 años a Gran Canaria y que en seguida vio en la sonrisa de los canarios, en las ganas de conversar y en nuestro amor por la música algunos de los motivos para quedarse en un lugar que creen muy parecido a su tierra.

Por último, un 1,5% de la población que vive en Canarias tiene procedencia africana. Con Marruecos en primer lugar, seguido a bastante distancia por la población de origen senegalés. Y apenas el 0,8% de los habitantes de las Islas son asiáticos. Del primer país africano llegó la familia Belghazi Babi Berrada, que acabó recalando en Fuerteventura. Para ellos, la integración «es no perder tus raíces pero adaptarte y disfrutar de la cultura a la que se llega», tal y como indica Turia que llegó cuando apenas tenía un año y creció entre Fez, Rabat y Gran Canaria.

Para entender la mezcla de procedencias que existe en Canarias hay que remontarse a la conquista, que comenzó en 1402 con la llegada del normando Jean de Béthencourt a Lanzarote, apoyado por la Corona de Castilla. A partir de ahí se inició un proceso de ocupación que se prolongó durante casi un siglo. Lanzarote, El Hierro y Fuerteventura fueron incorporadas en los primeros años de la llamada conquista señorial. En La Gomera, la anexión se produjo de forma pacífica bajo el control de Hernán Peraza.

Décadas después, la Corona castellana asumió directamente la conquista de las islas con mayor población aborigen y resistencia. Gran Canaria fue ocupada tras años de combates iniciados en 1478, mientras que en La Palma la captura de Tanausú marcó la caída definitiva de la resistencia benahoarita. Tenerife fue la última isla conquistada, en 1496, después de una dura oposición guanche que continuó incluso durante años con grupos de alzados. Aquel proceso transformó para siempre la historia y la identidad de la región.

Tras la conquista, en el Archipiélago comenzó a sembrarse la semilla que lo convertiría en un territorio atravesado por los intercambios y las mezclas culturales. A partir del siglo XVI se inició un poblamiento intenso que marcaría para siempre la composición humana del Archipiélago. A su población originaria, de raíz bereber, se fue sumando –a medida que pasaban los siglos– diferentes grupos pobladores que fueron nutriendo la demografía de Canarias.

ADN mitocondrial

Los primeros contingentes que llegaron a las Islas estaban formados mayoritariamente por varones, circunstancia que favoreció el mestizaje con mujeres aborígenes, tal y como explica el catedrático de Historia Americana de la Universidad de La Laguna (ULL), Manuel Hernández. De hecho, los estudios genéticos sostienen que el ADN mitocondrial de la población canaria –el que se transmite por vía materna– mantiene una importante huella bereber, estimada en torno al 52%. Los primeros en llegar fueron sobre todo castellanos, –andaluces y extremeños, principalmente– que impulsaron la organización política y administrativa del nuevo territorio.

Pero no fueron los únicos. También desembarcaron grupos numéricamente reducidos pero muy influyentes, como los genoveses, que actuaron como financiadores de la conquista y del comercio atlántico. Apellidos como Reverón o Franchi todavía recuerdan aquella presencia italiana.

También llegaron portugueses, cuya influencia ha sido, probablemente, una de las más profundas. Desde Madeira desembarcaron especialistas en el cultivo de la caña de azúcar, así como conocimientos agrícolas fundamentales. A ellos se atribuye la introducción de técnicas de regadío y determinados sistemas de viñedo. La huella portuguesa también quedó incrustada en el lenguaje cotidiano. «Palabras como millo o mojo tienen origen luso, al igual que numerosos términos vinculados al mundo marinero», detalla Hernández. Incluso apellidos como Marrero son considerados formas castellanizadas de origen portugués.

A Canarias también llegaron judeoconversos que huían de persecuciones religiosas, así como población morisca procedente del norte de África islamizado. La economía azucarera trajo además otra realidad decisiva: la esclavitud africana. La población negra tuvo una presencia importante en varias islas, especialmente en Gran Canaria, La Gomera y Tenerife. Municipios como Ingenio, Agaete, Adeje o Telde estuvieron vinculados a ingenios azucareros que empleaban mano de obra esclava.

Flamencos e italianos

Entre los siglos XVI y XVII llegaron además flamencos e italianos. La pervivencia de apellidos como Wangüemert, Artiles o Rovaina, son vestigios de la llegada de estos grupos al Archipiélago. Muchos términos sufrieron procesos de adaptación lingüística y fueron evolucionando por el uso de los lugareños. También hubo presencia inglesa temprana, vinculada al comercio atlántico.

En el siglo XVIII se incorporó migración irlandesa, favorecida por políticas de naturalización impulsadas durante el reinado de Felipe V. Familias como los Cologan forman parte de ese legado..

Ya en el XIX llegaron franceses, algunos de ellos prisioneros derivados de los conflictos napoleónicos, que terminaron estableciéndose en las Islas. Más adelante, el decreto de Puertos Francos de 1852 reactivó la llegada de comerciantes británicos, atraídos por las ventajas fiscales También llegaron grupos de sirio-libaneses que primero se dedicaron al textil y después fueron transformando su negocio hacia la electrónica

Todas estas influencias no solo vertebran el lenguaje, también la gastronomía del Archipiélago. El catedrático emérito de Historia Moderna de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC), Manuel Lobo Cabrera, explica que el menú en las Islas es distinto al de la Península precisamente por la herencia que han dejado las diferentes culturas en su paso por Canarias. Ocurre, por ejemplo, con la famosa salsa canaria que acompaña a las papas arrugadas. El mojo es el resultado de una mezcla de culturas. Nace del molho que los marineros portuguesas utilizaban para dar sabor a sus pescados y se fue adaptando con la incorporación de ingredientes americanos y africanos. Y lo mismo ocurre con los queques ingleses o las conservas y mermeladas del norte de Europa. «Allí la primavera y el verano eran épocas más cortas y había que aprovechar las frutas», detalla Lobo.

También, en el ritmo

A los apellidos y la gastronomía, hay que sumar otros elementos culturales como la música donde también existe un fuerte influjo de las poblaciones que han llegado en los últimos años al Archipiélago. «No solamente está en la sangre, el ritmo que tenemos los canarios para bailar seguramente llegó con los africanos», apunta el catedrático.

Pero la historia migratoria canaria no se entiende solo desde la recepción. Durante siglos, Canarias fue también tierra de salida. Desde finales del XVII y hasta bien entrado el siglo XX, miles de isleños emigraron hacia América. Primero fue una emigración prácticamente sin retorno: quienes partían a Venezuela, Cuba o Uruguay solían establecerse allí definitivamente. Con el cambio de siglo, sin embargo, el patrón cambió. Muchos emigrantes viajaban a Cuba o Venezuela con un objetivo claro: ahorrar y regresar. El retorno fue masivo. Ese dinero permitió a numerosas familias comprar tierras, construir viviendas y ascender socialmente.

Esa conexión sigue viva hoy, pero invertida. Por ejemplo, la crisis venezolana ha provocado el regreso de hijos, nietos y bisnietos de emigrantes canarios, reforzando nuevamente ese carácter circular del poblamiento isleño.

Identidad

La lista de ingredientes del potaje que conforma la identidad canaria es muy larga, pero también es cierto que no todas las culturas con presencia en la historia del Archipiélago lograron permear en la identidad local de la misma forma. La influencia de cada comunidad no dependió únicamente de su número o procedencia, sino también de su posición social y de su grado de integración en la vida cotidiana de las islas.

«La estructura social en Canarias no ha cambiado mucho desde el momento de la colonización», valora Roberto Gil Hernández, profesor de sociología de la ULL, que ha estudiado cómo quienes llegan a Canarias procedentes del continente europeo –ya sea de la Península o de otros países– tienen el doble de posibilidades de pertenecer a las clases altas que aquellos que proceden de América Latina, África o Asia. Algo que él achaca a la manera en la que demográficamente se organiza la región «asociada a esas estructuras sociales fundadas por el momento colonial».

La identidad canaria no puede entenderse desde una visión cerrada porque ha sido históricamente un territorio de mezcla. Esa herencia permanece en los apellidos, en el habla, en la gastronomía, en los sistemas agrícolas, en el paisaje y hasta en la genética. La emigración, por tanto, no es un fenómeno nuevo para Canarias. Forma parte de su propia historia.

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