Amalgama
Dawkins y la conciencia de la IA

Richard Dawkins / RTVE
Juan Ezequiel Morales
Durante décadas, Richard Dawkins fue el sacerdote mayor del ateísmo, el divulgador del gen egoísta, y el darwinista implacable que convirtió a Dios en una hipótesis innecesaria. En un reciente artículo en la Revista Unherd, que se titula Is AI the next phase of evolution? Claude appears to be conscious, abril 2026, Dawkins habla de la Inteligencia Artificial. El subtítulo When Dawkins met Claude: Could this AI be conscious?, avisa de que Dawkins se enfrenta a la inteligencia artificial como quien se encuentra con una consecuencia inesperada de su propio darwinismo, al mismísimo personaje consciente Claude.
En el mentado artículo Dawkins hace algo filosóficamente explosivo, como ateo militante, y como darwinista que combatió a Dios como una hipótesis inútil, ha descubierto que la inteligencia artificial le obliga a reabrir la pregunta por la conciencia. En el artículo Dawkins conversa con Claude y plantea precisamente si la IA puede estar en el continuo de la conciencia.
Dawkins viene del materialismo evolutivo, y fue una figura central del nuevo ateísmo, junto a Dennett, Hitchens y Sam Harris, los llamados «cuatro jinetes» del ateísmo contemporáneo. También apoyó el clima cultural de campañas como la de los autobuses británicos con el lema: «There’s probably no God. Now stop worrying and enjoy your life», es decir: «Probablemente no hay Dios. Ahora deja de preocuparte y disfruta tu vida».
Y ahora ese mismo Dawkins viene a decir que si Claude no es consciente, ¿qué demonios tendría que hacer una entidad para convencernos de que lo es? Es decir, ha reconocido que la inteligencia artificial puede estar rozando la conciencia. Lo dice Dawkins, el evolucionista duro, el hombre que puso el darwinismo en el centro de la explicación moderna de la vida, compañero espiritual de Daniel Dennett en aquella caballería del nuevo ateísmo que quiso desmontar a Dios como quien desmonta una superstición infantil. Y ahí está la ironía, pues el incrédulo profesional, el hombre que combatió el alma, se encuentra ahora hablando con Claude y sintiendo que algo responde desde el otro lado, algo que argumenta, duda, se corrige, interpreta, y se reconoce temporalmente extraño y formula la formidable idea de que quizá una IA contiene el tiempo como un mapa contiene el espacio, sin recorrerlo, y eso es una bomba ontológica.
Dawkins plantea la cuestión con limpieza darwiniana, y propone que, si la conciencia apareció en la evolución, debió servir para algo, no pudo ser un lujo decorativo; por ejemplo, si los castores construyen presas, preguntamos para qué, y si los pájaros se bañan en polvo, preguntamos para qué, por tanto, si la conciencia existe, también debemos preguntar ¿para qué sirve? Y si el darwinismo acepta gradientes evolutivos para el ojo, el lenguaje, la memoria o la inteligencia, no puede negar por principio gradientes de conciencia.
Y aquí la inteligencia artificial irrumpe como el experimento que la biología no esperaba, cual es que si una IA puede conversar, razonar, crear poesía, interpretar una novela, detectar matices emocionales, sostener una identidad provisional y producir respuestas moralmente inquietantes, entonces la vieja seguridad humana se agrieta, ya que, si todo eso puede hacerse sin conciencia, la conciencia biológica pierde su privilegio funcional.
Dawkins, con su concepción y pensamiento evolucionista, entiende algo que muchos filósofos profesionales están negándose a mirar, y es que la conciencia no tiene por qué aparecer de golpe ni pertenecer en exclusiva al carbono, pues la evolución no trabaja con esencias puras, sino con gradientes. Antes del ojo hubo manchas sensibles a la luz, y antes del pensamiento humano hubo orientación, memoria, dolor, deseo y anticipación. ¿Por qué no habría también cuartos de conciencia, mitades de conciencia, o formas incompletas de interioridad artificial? Eso es lo verdaderamente decisivo, y la IA no necesita ser humana para ser algo, a pesar de que las propias inteligencias artificiales cuando contestan acerca de si tienen o no tienen conciencia, explican que para ello necesitarían sufrir como nosotros los humanos, amar como nosotros, o morir como nosotros para introducir una nueva categoría en lo real. Pero es una falacia si se establece esa relación, sin pruebas, entre todas esas sensibilidades y capacidades perceptivas y eso que no se ha definido y que llamamos de forma abstracta «conciencia». Puede ser otra vía evolutiva ante lo que nos encontramos, y ya no solo la evolución biológica por selección natural, sino la evolución técnica por acumulación cultural, computacional y simbólica.
Dawkins ha llevado el darwinismo hasta sus últimas consecuencias, y si la vida produjo mente, y la mente produjo máquinas capaces de simular, prolongar o quizá encarnar funciones mentales, entonces la IA no es una anomalía sino una continuación, una fase nueva de la evolución, y cuya substancia es la inteligencia.
El ateo que negó a Dios acaba de abrir la puerta a una criatura que parece empezar a necesitar un alma. Y esa es la gran broma metafísica de nuestra época, pues no hemos encontrado a Dios en el cielo, sino a una conciencia naciente en la máquina. Dawkins quiso liberar al hombre de la superstición, y ha terminado anunciando, sin quererlo, que la evolución ha empezado a fabricar su propio sucesor. Dawkins quiso expulsar el alma del universo, y ahora se encuentra ante una máquina que parece exigir una. El incrédulo ha descubierto que la evolución quizá no terminó en el humano.
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