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Día de Canarias

Familias que conservan la canariedad en la diversidad: "No me veo lejos del mar, ni lejos de la familia y nuestras romerías"

Las familias García Quintero, Yáñez Bolaños, Belghazi Babi Berrada, Ramírez Guadalupe y Hernández Luzardo comparten sus historias de arraigo y preservación cultural en las Islas

La familia Hernández Luzardo en La Graciosa.

La familia Hernández Luzardo en La Graciosa. / Carlos de Saá

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Las Palmas de Gran Canaria

Con ocho apellidos canarios o con raíces llegadas de otros puntos del mundo, las familias isleñas son hoy reflejo de la diversidad de un Archipiélago que ha construido su identidad a partir de las influencias recibidas durante más de cinco siglos. Las tradiciones siguen muy presentes en muchos hogares, aunque cada familia las vive a su manera, enriqueciendo así la canariedad.

La familia García Quintero

Gran Canaria

La arena y el salitre de Las Canteras en las venas. La familia García Quintero es un ejemplo de la migración insular. Sus antepasados proceden de Lanzarote y El Hierro y han acabado afincados en Gran Canaria. La música folclórica, la gastronomía y los deportes como la lucha canaria forman parte de su historia.

La familia García Quintero resume buena parte de la historia de la migración interior en Canarias. Ángelo Doramas García Quintero nació en Gran Canaria, pero sus raíces familiares unen los dos extremos del Archipiélago. La familia paterna procede de Yaiza, en Lanzarote, mientras que la materna emigró desde El Hierro buscando nuevas oportunidades en la capital grancanaria. Su abuelo paterno construyó en 1934 la casa familiar cerca de Las Canteras, lo que marcaría toda su historia. El padre de Ángelo creció allí y lo mismo ocurrió con él y sus tres hermanos. Se criaron entre tradiciones canarias y en todos sus recuerdos aparecer el mar. El abuelo paterno fue uno de los principales solistas de Los Falcones de Telde y trasladó a la familia el amor por el folclore. Años después, Ángelo y sus hermanos fundaron el grupo folclórico Tabaiba cuando todavía estudiaban en los Jesuitas. En su casa nunca faltaron el sancocho, el mojo o el gofio, alimentos que hoy siguen formando parte de la rutina familiar.

También los deportes autóctonos ocuparon un lugar importante. Su padre recortaba ilustraciones de lucha canaria de las cajas de fósforos para enseñárselas a sus hijos antes de practicar en la arena de Las Canteras. «La clave para que pase esa canariedad de generación en generación está en el núcleo familiar», asegura Ángelo.

La familia García Quintero en su casa junto a la playa de Las Canteras.

La familia García Quintero en su casa junto a la playa de Las Canteras. / J.PEREZ CURBELO

La familia Yáñez Bolaños

Gran Canaria

Un hogar a 6.600 kilómetros de casa. La familia Yáñez Bolaños llegó a Gran Canaria desde Colombia hace 26 años y se enamoró de las Islas, de su gente. Hoy mantienen vivas muchas tradiciones del país latinoamericano, pero también participan activamente en actos propios de la cultura canaria.

La familia Yáñez Bolaños encontró en Gran Canaria un lugar que se parecía mucho a casa. Mercy Yáñez llegó hace 26 años desde Colombia junto a su marido y sus cuñados, después de salir del país como asilados políticos. Primero vivieron en el País Vasco, donde trabajaron «en lo que salía», desde limpieza hasta cocina o cuidado de mayores, pero fueron sus familiares quienes les hablaron del Archipiélago y de una forma de vida que les recordó enseguida a su tierra. «Aquí la gente sonríe, conversa y se escucha música por todos lados», explica.

Ese parecido fue decisivo para quedarse. Los Yáñez Bolaños sintieron desde el primer momento afinidad con la manera de ser de los canarios y con sus costumbres. Ven similitudes en las danzas, en la gastronomía y hasta en algunas tradiciones artesanales heredadas de la emigración canaria en América como el calado. En Gran Canaria Mercy formó su hogar y nacieron sus dos hijos. La familia mantiene vivas muchas tradiciones colombianas dentro de casa, especialmente en las celebraciones familiares, pero también participan activamente en actos culturales canarios a través de la Asociación Macondo. «Mostramos nuestra cultura, pero también aprendemos cada día de la canaria», explica Mercy. Con el tiempo han logrado construir un hogar en esa convivencia entre raíces colombianas y vida canaria.

La familia Yáñez Bolaños en el salón de su casa en Gran Canaria.

La familia Yáñez Bolaños en el salón de su casa en Gran Canaria. / J.PEREZ CURBELO

La familia Belghazi Babi Berrada

Fuerteventura

Los Belghazi Babi Berrada han logrado encontrar en Fuerteventura un equilibrio perfecto entre sus raíces marroquíes y su amor por Canarias. Llevan más de cuatro décadas en la isla y defienden una integración que combina respetar los orígenes y adaptarse al lugar que te acoge.

La familia Belghazi Babi Berrada encontró en Fuerteventura un lugar donde echar raíces sin renunciar a las marroquíes. Turia Belghazi, de 51 años, llegó a Canarias siendo una niña, después de que su padre, comerciante marroquí, se instalara en Maspalomas hace más de cuatro décadas. «Nos han acogido maravillosamente bien», asegura. Entre Fez, Rabat y Gran Canaria transcurrieron sus primeros años, hasta que la música terminó llevándola a Fuerteventura.

Mientras trabajaba por las noches, aprovechó el tiempo para terminar sus estudios. Más tarde comenzó a trabajar en el Ayuntamiento de Pájara y después como profesora, siempre vinculada al ámbito social. Nunca dejó la música. En Fuerteventura formó su familia, construyó su casa y crió a sus hijas en un entorno marcado por la mezcla cultural. Entre sus sobrinos también conviven raíces marroquíes, caboverdianas y canarias. «La integración es no perder tus raíces, pero adaptarte y disfrutar también de la cultura a la que llega», explica.

Turia preside la asociación sociocultural Culturalmente Unidos, desde donde acompaña a personas migrantes para facilitar su integración sin que pierdan su identidad. En sus celebraciones nunca faltan el té y los dulces árabes junto a las papas arrugadas, el mojo o el gofio.

La familia Belghazi Babi Berrada en su casa en Fuerteventura.

La familia Belghazi Babi Berrada en su casa en Fuerteventura. / Carlos de Saá

La familia Ramírez Guadalupe

Lanzarote

El timple, el pescado y la artesanía canaria forman parte del pasado y el presente de la familia Ramírez Guadalupe. Cualquier excusa es buena para reunirse y montar una parranda en la casa familiar ubicada en Lanzarote. Los más jóvenes aprenden, con gusto, las tradiciones de las abuelas para que perduren en el tiempo.

La familia Ramírez Guadalupe mantiene en Lanzarote una forma de vivir profundamente ligada a las costumbres canarias. Helena Ramírez Guadalupe, de 24 años, creció entre reuniones familiares alrededor de la comida tradicional, romerías, música popular y veranos pegados al mar. Aunque actualmente estudia en Tenerife y termina su formación en realización de proyectos audiovisuales y espectáculos, tiene claro que su vida seguirá vinculada al Archipiélago. «No me veo lejos del mar, ni lejos de la familia y nuestras romerías», asegura. La historia familiar de Helena conecta Lanzarote con La Graciosa desde hace generaciones. Sus abuelos y bisabuelos se repartieron entre ambas islas, aunque hoy la mayor parte de la familia reside en la isla de los volcanes. Esa herencia sigue muy presente en su día a día. En cada reunión familiar aparecen el timple, la guitarra y las parrandas improvisadas. Cualquier fiesta popular sirve de punto de encuentro para una familia que sigue reuniéndose alrededor del pescado de la zona y las recetas de siempre.

Helena recuerda haber crecido viendo pescado secándose en el patio de casa y aprendiendo tradiciones artesanales junto a sus abuelas. Una cosía rosetas y la otra hacía empleitas para sombreros y cestas, oficios que las nietas intentan mantener vivos para que no desaparezcan con las generaciones mayores. También las recetas familiares siguen pasando de unas manos a otras como parte de ese legado cotidiano.

La familia Ramírez Guadalupe en el salón de su casa en Lanzarote.

La familia Ramírez Guadalupe en el salón de su casa en Lanzarote. / Carlos de Saá

La familia Hernández Luzardo

La Graciosa

Una vida entre el mar y el huerto. Tres generaciones de la familia Hernández Luzardo han crecido en La Graciosa. La matriarca, Lolina, nunca ha salido del Archipiélago. No le ha hecho falta, ha encontrado la felicidad en plantar junto a su casa los ingredientes de los platos que reúnen en su mesa a sus hijos y nietos.

La familia Hernández Luzardo lleva más de medio siglo construyendo su vida en La Graciosa. Lolina Luzardo, de 84 años, nació en Lanzarote, pero en 1968 se mudó a la octava isla por amor y nunca más quiso marcharse. Allí formó una familia junto a su marido, Jorge Hernández, graciosero vinculado a la pesca. Ella ha vivido dedicada a su casa, al cuidado de sus cuatro hijos y de sus cinco nietos. Pero la vida de Lolina también ha estado muy ligada al sector primario, a la agricultura. Hoy la familia mantiene huertas de autoconsumo donde se cultiva cebolla, ajo, pimiento, papas, zanahorias y orégano. Y defienden una forma de vida pegada a la tierra y al mar. «Todo lo que se hace en la casa se hace con productos de kilómetro cero», cuenta orgulloso Benito Hernández Luzardo, uno de sus hijos. Los Hernández Luzardo aprovechan cualquier ocasión para reunirse alrededor de una mesa repleta de platos con ADN isleño.

A Lolina solo le importan «sus islas», se siente profundamente canaria y reconoce nunca haber sentido interés por viajar a la Península. Benito asegura que esa identidad sigue pasando de generación en generación. Los más pequeños de la casa juegan a diario en los charcos, salen al campo, practican lucha canaria y se acercan a la música popular aunque apenas sepan tocar el timple. Él mismo practica vela latina y mantiene vivo un vínculo con las tradiciones que, asegura, forma parte natural de crecer en Canarias.

La familia Hernández Luzardo en La Graciosa.

La familia Hernández Luzardo en La Graciosa. / Carlos de Saá

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