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Progreso en el vacío

‘Tango satánico’ (Acantilado, 2017), de Krasznahorkai, inspira el filme de Béla Tarr ‘Sátántangó’

Fotograma de ‘Sátántangó’.

Fotograma de ‘Sátántangó’. / La Provincia

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Daniel Barreto

Para respaldar una posición moral se ha puesto de moda, en sede parlamentaria, ubicarse en «el lado correcto de la historia». Palabras mayores. Aquí hay que pararse porque hemos oído bien. La argumentación, en medio del ruido y la furia, alcanza la cúspide de la «gran política». La famosa «altura de miras» y el socorrido «sentido de Estado» ponen rumbo a su más solemne horizonte. Los altos vuelos de la historia universal.

La razón se identifica aquí nada menos que con el tribunal del futuro. Quien invoca tal autoridad, lo sepa o no, ingresa en una dimensión superior del siglo. Aunque hoy la distinción entre buenos y malos sea algo confusa, finalmente el peso de la historia terminará acallando cualquier tímida disonancia. Por eso precisamente sabremos reconocerla. Porque triunfa. La historia, como se sabe, la escriben los vencedores.

Pero no solo se ventila aquí un delirio de grandeza. Esa historia soberana, que avanza con el piloto automático puesto, no es otra que la ideología del progreso. No caben saltos en ella. Cada segundo contiene el siguiente, como idénticos peldaños de una escalera infinita. Asimismo prohíbe la novedad y la libertad. En rigor solo resulta relevante el gran angular de la historia y se desprecia la pregunta de «cada hombre en su noche», como decía Julien Green en una olvidada novela de 1960 .

La tácita apelación al progreso sorprende porque parece contradecir la atmósfera de colapso imperante desde la crisis de 2008. Su onda expansiva ha licuado el relato neoliberal del crecimiento indefinido. Qué lejos quedan la caída del Muro de Berlín y el cacareado «fin de la historia», aquel clímax incesante de la sociedad de mercado. Ahora comprobamos que el final del comunismo anticipaba el declive capitalista. El pastel global va menguando y, en consecuencia, arrecia la lucha por las sobras. Lo vemos en los manotazos impredecibles del trumpismo y en los exabruptos de los agitadores populistas.

Ahora bien, ¿cómo se concilian progreso y catástrofe? Al menos dos razones explican su mezcla. La primera es la organización de la ceguera. Seguimos como si nada. El calentamiento global es mirado de reojo como un bache pasajero. Los cimientos se agrietan, pero montamos nuestras biografías sobre los dogmas del crecimiento económico y la explotación de la naturaleza.

La segunda razón es más enrevesada. La ideología del progreso en el fondo era nihilista. Pues, en nombre de una futura sociedad mejor, legitimaba innumerables injusticias. Hoy se llaman «daños colaterales» o «precio necesario». También «sacrificios», y eso que presumimos de modernos. Pese al orgullo ético exhibido, se trata de una estratagema para justificar el sufrimiento. Su broche de oro es la creencia en el paraíso psicótico de la inteligencia artificial.

Bien mirado, la paradoja entre progreso y catástrofe es un signo de nuestra época. ¿Cómo escapar de su ambigüedad? ¿Cómo deshacer su pacto? Algo de luz, como en anteriores momentos de ofuscación general, cabe obtener de las raras obras de arte que van quedando. Es el caso de Sátántangó, el filme de Béla Tarr de 1994 que proyectó el Festival Internacional de Cine de Las Palmas de Gran Canaria en abril de este año. Durante siete horas contemplamos a los antiguos trabajadores de una ruinosa granja colectiva malviviendo entre el absurdo y la decadencia. La fábula del progreso se ha desplomado sobre sus cabezas. Pese a todo, en su miseria les mantiene despiertos la espera de un vagabundo carismático. ¿Cumplirá su palabra? ¿O manipulará por enésima vez a los desheredados? ¿Podrán empezar de nuevo? ¿O únicamente les queda reproducir en otros más débiles la violencia sufrida? Béla Tarr se empeña en borrar toda huella de humanismo. Aunque le busquen semejanzas, poco tiene que ver su obra con la de Andrei Tarkovsky, otro de los grandes cineastas del siglo XX. Las sucesivas promesas de felicidad son una y otra vez traicionadas por falsos profetas.

Sin embargo, tanto la película de Béla Tarr como la perturbadora novela en que se inspira, Tango satánico (Acantilado, 2017) de László Krasznahorkai, pasan bajo cuerda la tensión de una encrucijada: sucumbir al vacío o recuperar el tiempo. Repetición o porvenir. La primera marca la pauta del presente: sumisión al eterno retorno y a la «razón del más fuerte». Este parece ser hoy el saldo del progreso.

El segundo conlleva abrir los sentidos a la materialidad de las cosas. En el característico plano secuencia de Tarr los objetos y los cuerpos vuelven a pesar sobre la percepción. El tiempo aspira a recobrar su densidad sensible. Inesperadamente, a pesar del énfasis en la angustia, una puerta se abre. Descubrimos la alternativa en la forma misma de la película. Nos dice: «Hay que estar atentos». Pues en cada mínimo movimiento puede resurgir el tiempo. Cabría entonces romper el cerco de lo siempre igual. Ese es, por cierto, el motivo de varios dibujos de Kafka. Una figura enjuta se tensa para romper el marco de un proceso vacío.

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