REPORTAJE
El drag canario, la vivienda y la libertad: una conversación sin filtros con Samantha Ballentines e Inés Hernand
Horas antes de subirse al escenario de Gáldar Pride, Samantha Ballentines e Inés Hernand hablan con La Provincia sobre el valor del drag canario, la necesidad de más espacios LGTBIQ+, la cultura como refugio y la importancia de seguir haciendo política desde el humor, la visibilidad y la libertad.

Samantha Ballentines e Inés Hernand / La Provincia
Hay conversaciones que empiezan como una fiesta y terminan convertidas en una declaración de principios. Con Samantha Ballentines e Inés Hernand pasa exactamente eso. Antes de su participación en Gáldar Pride, las dos llegan a Gran Canaria con ganas de escenario, de humor, de complicidad y de reivindicación. Se ríen, se interrumpen, se celebran y se disparan ideas la una a la otra con una naturalidad que solo aparece cuando hay confianza, oficio y una mirada compartida sobre el mundo.
Las entrevisto en esas horas previas en las que el orgullo todavía está a punto de estallar sobre el escenario. Les pregunto por Canarias, por el drag, por la visibilidad, por los espacios que faltan, por la cultura LGTBIQ+ y por la política. La conversación, lejos de quedarse en la superficie festiva del Pride, se convierte en una lectura lúcida sobre lo que significa ocupar un lugar público siendo una artista drag, una comunicadora aliada, una mujer que se sabe atravesada por lo queer o una persona que entiende que la diversidad no puede celebrarse solo cuando hay focos, pancartas y escenarios.
Samantha e Inés llegan a Gran Canaria con una energía que desborda. Hablan del queso frito, del gofio, del clima, de la canariedad y del deseo de volver una y otra vez a las Islas. Pero pronto, detrás de la broma, aparece el fondo: Canarias no es solo un destino amable para el orgullo. También es un territorio donde el drag tiene una identidad propia, una historia, una estética y una fuerza cultural que ambas consideran imprescindible proteger.
El drag canario como patrimonio vivo
Cuando les planteo que en Gran Canaria apenas existe un espacio que apueste durante todo el año por el drag canario de plataformas, el de la Gala Drag Queen, el de la fantasía elevada al exceso y la precisión escénica, Samantha no duda. Para ella, el drag canario es “único” y debería valorarse mucho más. Recuerda que el primer show drag que vio en su vida fue en un local de Torremolinos abierto todo el año, y defiende que ese tipo de programación estable no solo mantiene viva una tradición artística, sino que también genera trabajo, público y continuidad.
Inés coincide en esa idea y va un paso más allá. Le sorprende que una expresión tan identitaria de Gran Canaria pueda reducirse a tan pocos espacios permanentes. “No se puede dar ningún paso atrás”, sostiene al hablar de cultura drag, visibilidad, identidad y expresión de género. En su mirada, el drag de plataformas no es una rareza folclórica ni una postal nocturna para turistas. Es una forma de arte que cuenta algo del territorio, de su imaginación popular, de su relación con la fiesta, con el cuerpo, con la sátira y con la libertad.
La comparación surge de forma espontánea: el drag canario es casi una especie protegida. Algo que ha sobrevivido aquí mientras en otros lugares se fue diluyendo. Samantha recuerda que en los años noventa y dos mil las plataformas también estuvieron presentes en discotecas de la Península, pero que ese lenguaje escénico acabó perdiendo presencia. En Canarias, sin embargo, permanece. Y precisamente por eso, dicen ambas, no basta con aplaudirlo una noche al año.
Más allá de la Gala Drag: evolución sin perder la esencia
La conversación se mueve entonces hacia la Gala Drag Queen de Las Palmas de Gran Canaria y hacia una pregunta que sobrevuela desde hace tiempo: ¿puede evolucionar el formato sin perder su esencia? Les planteo una hipótesis: abrir la puerta a propuestas que no respondan únicamente al número clásico, que puedan incorporar más comedia, monólogo, palabra o nuevas fórmulas escénicas.
Samantha se muestra favorable a la evolución, pero con una condición clara: que no se diluya aquello que hace reconocible al drag canario. “La fusión se puede”, viene a decir, pero siempre que la plataforma, el show, el impacto visual y el trabajo coreográfico sigan ocupando el centro. Recuerda que los números drag ya incorporan relato, audios, voces, dramaturgia y humor. No son solo una sucesión de música y vestuario. Son piezas cerradas, trabajadas durante meses, con una narrativa propia.
Inés también defiende que las artistas puedan escuchar lo que les pide el cuerpo. Si una propuesta necesita lipsync, que sea lipsync. Si necesita palabra, que haya palabra. Si necesita humor, que lo incorpore. Pero siempre desde el respeto al lenguaje que ha convertido el drag canario en una seña reconocible. Samantha añade una idea poderosa: la primera artista que logre romper el molde y hacerlo bien marcará tendencia. Así ha evolucionado siempre el drag: alguien se atrevió antes a subir más la plataforma, a agrandar el tocado, a sofisticar la coreografía, a llevar el riesgo un poco más lejos.
El orgullo no puede reducirse a una noche
Una de las ideas más contundentes de la conversación aparece cuando hablamos de la forma en que muchas veces se percibe el drag. Samantha lo dice con la claridad de quien lleva dos décadas sobre escenarios: el travestismo, el transformismo y el drag han sido considerados durante demasiado tiempo artes de segunda o de tercera. La televisión, las redes, los medios LGTBIQ+ y, sobre todo, las propias artistas han contribuido a cambiar esa percepción, pero todavía queda camino.
“No somos artistas de segunda”, resume la conversación sin necesidad de solemnidad. Detrás de cada bolo, cada número, cada despedida, cada gala, cada cumpleaños o cada actuación hay horas de trabajo, maquillaje, vestuario, ensayo, inversión, cuerpo y cabeza. En Canarias, recuerda Samantha, muchas artistas preparan durante meses piezas que luego pueden recorrer galas y escenarios porque tienen entidad suficiente para estar en un teatro.
Ahí aparece una crítica compartida: no basta con conformarse con tener el Yumbo, la Gala Drag y una imagen exterior de isla diversa. La diversidad real necesita espacios, ayudas, salas, programación, tejido asociativo y una mirada pública que no obligue a que todo pase siempre por el consumo privado. Inés lo expresa con preocupación: si no hay lugares donde reunirse, ensayar, crear o simplemente estar, la vida comunitaria queda reducida al bar, a la caña o al alquiler de una sala. Y eso deja fuera a mucha gente.
La cultura como refugio para quienes vienen detrás
Inés introduce entonces una de las reflexiones más cuidadas de la charla. Habla de la infancia trans, de las familias que acompañan, de la importancia de naturalizar la diversidad desde edades tempranas y de cómo la cultura puede abrir caminos de vida. Lo dice desde una convicción profunda: cuando una abuela aplaude un show drag, cuando una familia escucha sin miedo a una niña trans, cuando un escenario celebra una identidad disidente sin convertirla en problema, se está construyendo una sociedad menos hostil.
Para ella, lo identitario y lo cultural van de la mano. Recortar en cultura, en educación pública o en espacios de diversidad no es un asunto menor. Tiene consecuencias directas sobre las vidas de quienes están creciendo, de quienes buscan referentes y de quienes necesitan saber que no están en soledad. La cultura LGTBIQ+ no es un adorno de la fiesta. Es un lugar desde el que muchas personas aprenden a nombrarse, a reconocerse y a vivir con menos miedo.
Samantha asiente desde otro lugar, pero con la misma certeza. La visibilidad importa porque durante años muchas artistas tuvieron que defender su trabajo sin ser reconocidas como creadoras. Ahora, cuando el drag tiene más presencia mediática y social, la responsabilidad es no retroceder. El orgullo, parecen decir ambas, no puede ser una postal anual. Tiene que tener consecuencias en el calendario, en los presupuestos, en los escenarios y en la vida cotidiana.

Samantha, Inés, Guille y Adolfo durante la conversación / La Provincia
Inés Hernand y la alianza con el colectivo
Le pregunto a Inés por el origen de su compromiso con el colectivo LGTBIQ+. No responde desde la pose, sino desde la biografía. Cuenta que sus vínculos queer vienen de edades tempranas, de amistades atravesadas por la burla, el insulto y la exclusión. Recuerda a su mejor amigo del instituto, al que insultaban por ser gay, y describe un grupo de adolescentes marcado por etiquetas crueles: la puta, la gorda y el maricón. Lo que podría haberse contado desde la herida, ella lo transforma en una explicación política de la alianza.
Inés habla de la mirada queer como una forma de autodefensa y de libertad. Para ella, quienes han sido expulsados de la normalidad aprenden a reconocerse entre sí. No le interesa formar parte de una normalidad estrecha si esa normalidad exige dejar a otras personas fuera. Y entonces llega una de las ideas más hermosas de la conversación: muchas veces se piensa que las mujeres aliadas, las llamadas mariliendres, salvaron a sus amigos gays de la violencia o del aislamiento. Pero Inés lo formula al revés: fueron sus amigas maricas y bolleras quienes la salvaron a ella de una heteronorma aburrida, rígida y empobrecedora.
Su cultura sentimental, musical y televisiva nace también de ahí. Habla de canciones, coreografías, cultura pop, programas caseros grabados en la adolescencia y una manera de vivir la libertad que no habría sido posible sin esos vínculos. Samantha la escucha emocionada. La complicidad entre ambas, en ese momento, deja de ser solo profesional. Hay algo de reconocimiento mutuo, de memoria compartida, de saber que la cultura LGTBIQ+ no solo acompaña a quienes forman parte del colectivo, sino que ensancha la vida de todas las personas que se acercan a ella con respeto.
El humor también es una forma de hacer política
La política aparece casi inevitablemente. Pregunto a Inés si alguna vez se ha sentido tentada de participar en política institucional. Su respuesta es tajante: no. Pero enseguida matiza algo fundamental: lo que hacen ya es política. Samantha coincide. Desde el humor, desde el escenario, desde un monólogo o desde una intervención pública, ambas entienden que también se pueden señalar injusticias, cuestionar discursos y desmontar prejuicios.
Samantha recuerda que el humor permite decir verdades duras de una forma que abre la escucha. La risa, cuando está bien dirigida, puede ser una herramienta de crítica social. Pero también reconoce que no se ve dentro de la política institucional porque le faltaría paciencia para soportar ciertas mentiras o ciertos discursos. Prefiere la libertad del escenario, donde puede reivindicar sin pasar por los aros de una estructura partidista.
Inés lo formula desde una mirada ciudadana: la independencia permite criticar una ley de vivienda aunque venga del Gobierno más progresista, y también denunciar los retrocesos o ataques que llegan desde otros espacios ideológicos. Lo importante, dice, es mantener una ciudadanía crítica. Pagar impuestos, vivir en comunidad y exigir derechos también forma parte de la conversación democrática. Y en Canarias, donde la presión turística y la vivienda atraviesan tantas vidas, esa crítica aparece con fuerza entre broma y broma.
Una conversación sobre orgullo, pero también sobre país
Al terminar la charla, tengo la sensación de que hemos hablado de Gáldar Pride, sí, pero también de algo mucho más amplio. Samantha Ballentines e Inés Hernand llegan a Gran Canaria para hacer reír, para celebrar, para llenar un escenario de desparpajo y complicidad. Pero detrás de esa energía hay una lectura muy seria del presente: la diversidad necesita cultura, la cultura necesita espacios y los espacios necesitan voluntad política y social.
El orgullo no puede limitarse a levantar una bandera, programar una gala o llenar una plaza durante unas horas. El orgullo real se mide en la posibilidad de que una artista drag trabaje todo el año, de que una persona joven encuentre referentes, de que una familia acompañe sin miedo, de que una niña trans crezca sin sentir que su vida es un problema, de que una isla que presume de diversa cuide también las condiciones materiales de esa diversidad.
Suscríbete para seguir leyendo
- Francisco Etxeberria, antropólogo forense: 'Cuando la derecha se irrita con la memoria democrática es porque tiene un complejo de culpabilidad
- Es oficial: Canarias tiene uno de los radares más activos de España y la DGT recomienda levantar el pie del acelerador para evitar sanciones
- Estados Unidos impulsa un centro militar a 300 kilómetros de Canarias
- Parece las Maldivas pero está en Canarias: la playa paradisíaca y de agua cristalina que te hará viajar sin salir de las islas
- Shania Gil rompe su silencio tras tatuar a las exintegrantes de Nueva Línea: 'El director me obligó a borrar el vídeo
- Nueva convocatoria de oposiciones en Canarias: estos son los puestos, las plazas y las fechas de examen
- Es oficial: la DGT cambia la renovación del carné para los conductores que cumplen entre 65 y 70 años en 2026
- La soga del teléfono: un sistema de salud que ahoga a los enfermeros en Canarias
