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Manejar dinero, sea propio o ajeno

Una persona saca dinero de un cajero.

Una persona saca dinero de un cajero. / EFE/Emilio Naranjo

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Luis Rivero

Este decir que se expresa a modo de máxima financiera, aun sin grandes pretensiones contiene uno de los principios en los que se fundamenta la banca moderna. Con antecedentes en la más remota Antigüedad, los bancos han aprovechado buena parte del dinero de sus depositantes para obtener liquidez con la que hacer frente a nuevos negocios prestando dinero e invirtiendo y generando más beneficios, multiplicando así su fortuna «con dinero propio y ajeno». De manera que la sabiduría popular, quizá sin pretenderlo, ha enunciado de forma sencilla y directa lo que es una actividad típica de las entidades financieras: «manejar dinero, sea propio o ajeno». «Manejar» es, en el hablar isleño, además de conducir un automóvil, ‘administrar el dinero de que se dispone en familia’ [v.gr.: «En mi casa es mi mujer la que maneja las perras»]. El «dinero» se refiere al dinero fiduciario, ya sea en forma de capital líquido, depósitos, créditos o deudas, da igual, lo importante es tener disponibilidad. Tampoco parece importar mucho la procedencia del dinero. A propósito, viene a colación aquel otro dicho que dice: «Que venga el dinero aunque sea del letrinero» afín a la expresión castellana «el dinero no tiene olor» que trae origen a su vez en el latinismo pecuniam non olet (‘el dinero no huele/no apesta’). De hecho, el de «letrinero» es el antiguo oficio de «pocero» que se encargaba de limpiar las letrinas y pozos negros de residuos fecales. De modo que el de letrinero era un trabajo repudiado y penoso, pero sin embargo bien remunerado, por lo que nadie hacía remilgos a aceptar el dinero de los letrineros a pesar del rechazo social del que eran objeto.

El dicho «manejar dinero, sea propio o ajeno» se inserta en un grupo de expresiones relativas al dinero que forman parte del acervo fraseológico canario. Es el caso de «el dinero va y viene» que refiere cuan efímera puede ser la fortuna material y nos recuerda que existen valores más trascendentes en la vida que si se pierden, son difíciles de recuperar; o este otro que dice «maldito el dinero que no honra a su amo» que desaconseja la austeridad extrema y sugiere mostrarse generoso en el gasto. En sentido similar se decanta el dicho «lo que se ahorra, se lo lleva el diablo» que advierte de las pésimas consecuencias de economizar en exceso, lo que implícitamente desaconseja [«ahorrar» (ajorrar) en el español de Canarias, referido a animales de cría y ganado, significa ‘malograrse, perderse una cría’]. Afín a la frase objeto de comentario es la máxima financiera que dice «dinero llama dinero» [su origen más remoto parece encontrarse en el proverbio latino: Nummus nummun parit, ‘el dinero engendra dinero’] que indica que es el poder del dinero el que facilita aumentar el patrimonio de quien lo posee, pues cuenta con recursos para invertir y emprender negocios al encontrarse en una mejor posición respecto a quien no lo tiene. Como si el dinero tuviese una especie de magnetismo que explica que tras un golpe de fortuna en la vida suelen sucederse otros. Que vendría a decir más o menos lo mismo que «manejar dinero, sea propio o ajeno», esto es, que lo importante es tener dinero con el que negociar, aunque sea a consta de contraer deudas, que es una de las formas de rentabilizar el dinero ajeno. Si bien se advierte respecto a las deudas que «el que paga descansa», porque se quita un peso de encima, sobre todo cuando la deuda, por excesiva, pone en cuestión la solvencia del deudor.

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