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La mentira y la política

Tenso cara a cara entre Sánchez y Feijóo en el Congreso.

Tenso cara a cara entre Sánchez y Feijóo en el Congreso. / José Luis Roca

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Juan Ezequiel Morales

Platón admitió la «mentira noble», cuando servía para mantener la cohesión de la polis. Aristóteles desconfiaba mucho más de ella porque sabía que la confianza constituye el cemento de toda comunidad política y cuando la palabra deja de equivaler a la realidad, la ciudad comienza a descomponerse desde dentro. Los romanos fueron todavía más severos, por ejemplo, Cicerón sostuvo que la fides, la confianza en la palabra dada, era el verdadero patrimonio de la República, y que sin fides no existe derecho y sólo permanece la fuerza. Tácito narró precisamente el tránsito del Imperio hacia ese mundo donde la simulación acabó sustituyendo a la virtud pública.

Maquiavelo introdujo después un matiz incómodo, el de que el príncipe puede mentir, sí, pero únicamente si la mentira conserva el Estado, y nunca pasa a ser virtud, sino todo lo más un recurso excepcional sometido al éxito, y el gobernante fracasa cuando necesita mentir cada semana para sobrevivir políticamente. Es entonces que deja de dominar el poder para convertirse en esclavo de su propia ficción.

Thomas Hobbes señaló que el Leviatán sólo existe porque los ciudadanos aceptan un pacto de confianza. El soberano puede ejercer la fuerza, pero no puede destruir indefinidamente la credibilidad sobre la que descansa su autoridad, de forma que, si el contrato psicológico desaparece, el Estado vuelve lentamente al estado de naturaleza bruta.

Carl Schmitt añadió el elemento decisivo de que toda política necesita distinguir entre amigo y enemigo, pero cuando esa distinción se construye sobre relatos sistemáticamente incompatibles con la realidad, el enemigo deja de estar fuera y aparece dentro de la propia legitimidad del Estado.

Por eso la mentira institucional posee una propiedad devastadora, y lo de menos es que destruya la reputación del gobernante; esa propiedad devastadora es que la mentira corroe el mecanismo mediante el cual una sociedad distingue entre verdad y propaganda. Una democracia puede soportar un político mentiroso, pero se desploma la cultura política que considere irrelevante la mentira.

El destino de un dirigente que convierte el engaño en normalidad raramente es brillante, y en la historia vemos que primero pierde la autoridad moral, después pierde la autoridad política, y finalmente conserva únicamente el poder administrativo hasta que incluso éste se vuelve insuficiente para sostener el relato, y es entonces que son los acontecimientos quienes empiezan a gobernarlo. El político que utiliza la mentira para controlar el tiempo acaba siendo devorado por él. Volvemos a Tácito, hace casi dos mil años, cuando escribió «corruptissima re publica plurimae leges», cuando la República se corrompe, proliferan las leyes. Pues eso, en la democracia española ya vamos por casi tres mil leyes y decretos.

Los mentirosos abundan desde que existe la política, pero el peligro aparece cuando la mentira deja de ser una transgresión y se convierte en el idioma mental de una multitud. Gustave Le Bon señaló que las masas no buscan la verdad, sino relatos emocionalmente satisfactorios, y Hannah Arendt descubrió el mecanismo definitivo, que el totalitarismo triunfa porque nadie distingue ya entre verdad y mentira, y todo se convierte en propaganda intercambiable. Ese instante es decisivo porque da igual que el gobernante mienta, y se convierte en verdaderamente importante el que sus seguidores aprendan a justificar cualquier contradicción. La mentira deja entonces de ser un instrumento del poder para convertirse en una prueba de fidelidad, y cuanto más absurda resulta, más demuestra quién pertenece a la tribu y quién queda fuera de ella.

Eso explica por qué tantos regímenes autoritarios acabaron exigiendo adhesión a evidencias manifiestamente falsas, ya que les daba igual convencer, y lo que buscaban era seleccionar creyentes.

Y entonces la historia acelera. Así comenzaron a resquebrajarse sistemas que parecían eternos como el Tercer Reich, la Unión Soviética estalinista, la China de la Revolución Cultural o, en otro contexto histórico muy distinto, la Venezuela contemporánea. En todos ellos hubo un momento en que el poder necesitó fabricar una realidad paralela cada vez más compleja para sostener la anterior, cada mentira exigía otra mayor, cada enemigo inventado requería uno nuevo, y cada fracaso debía atribuirse a una conspiración más vasta. Cuando un régimen necesita que la realidad se adapte permanentemente a su propaganda, ya ha comenzado su decadencia y su derrumbe. Ningún dirigente sabe al principio hasta dónde llegará, y la historia enseña que tampoco suele detenerse voluntariamente, porque el gobernante termina siendo el primer rehén de la ficción que construyó, y las sociedades que aceptan vivir demasiado tiempo dentro de una ficción suelen despertar entre las ruinas.

Llega un momento en que el gobernante se encuentra con que toda su arquitectura política descansa sobre una ficción, y entonces queda condenado a una huida hacia delante, y la historia, amigos, demuestra que ese camino nunca termina bien, termina como un tres de enero.

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