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Medio siglo sin el escritor cubano

El «naturalismo onírico» de José Lezama Lima

El 9 de agosto se cumplen 50 años de la muerte del gran poeta y novelista habanero, referente imprescindible de las letras hispanas del siglo XX, una efeméride que Pre-Textos conmemora con la publicación de una colosal biografía en tres tomos en la que Ernesto Hernández Busto ha invertido más de 30 años de trabajo

El «naturalismo onírico» de José Lezama Lima

El «naturalismo onírico» de José Lezama Lima / Ilustración: Laura Monsoriu

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Antonio Puente

«Contemporáneo de lo primigenio», según su mentor, y cofundador de la mítica revista Orígenes (1944-1956), Cintio Vitier; portador de una «energía hechizante», a decir de su también compatriota y amigo Manuel Díaz Martínez, recientemente fallecido en Las Palmas, tras un largo exilio, y también, de «una voluptuosidad caribeña», para «paladear cada voz, cada sílaba como si fuesen frutas y licores», según Julio Ramón Rybeyro, no es fácil arribar a la figura y obra del desbordante y -¡honestamente!- contradictorio José Lezama Lima (La Habana, 1910-1976), de cuya muerte se cumplen 50 años el 9 de agosto.

Para celebrar la efeméride, Pre-Textos publica una colosal biografía sin desperdicio, en tres tomos: Años de formación (1910-1939), Años de fundación (1939-1959), que saldrá el 26 de agosto, y Años de Revolución (1959-1976), previsto para finales de otoño. Obra del escritor y poeta cubano, afincado en Barcelona, Ernesto Hernández Busto (La Habana, 1968), es doblemente meritorio atreverse con quien ha emprendido «ese camino donde la literatura y la vida se borran mutuamente las huellas», señala el autor, y que, además de su evidente complejidad, se adelantó a prevenir: «No tengo biografía ninguna. Vivo en lo que queda al pasar por un espejo».

Punto de inflexión

«Los poemas son islas nadadoras», definió hermosamente, en su lucha denodada por dotar al verbo de su memoria carnal. Cultivador de todos los géneros literarios, un punto de inflexión marcó la aparición de su mastodóntica y libérrima (y poética) novela Paradiso, cuajada de sustanciosas digresiones, en 1966, y que, so pretexto del «pornográfico» capítulo séptimo, una inocente parodia, en realidad, de un encuentro homosexual (en que el pene bascula, por ejemplo, de «lombriz sonrosada» a «cuerno de jabalí»), le supuso el remate de su condena al ostracismo por el régimen cubano.

José Lezama Lima: una biografía.  Años de formación (1910-1939) de Ernesto Hernández Busto

José Lezama Lima: una biografía. Años de formación (1910-1939) de Ernesto Hernández Busto / Pre-Textos (2025)

Como se comprueba en los textos de Valoración múltiple (Casa de las Américas), el mayor contrapunto de la desigual acogida de la novela lo ostentan Julio Cortázar y Mario Vargas Llosa. Mientras el primero (en Para llegar a Lezama Lima) celebra su «fabuloso larvario», lo define como irreductible «como el mar» y añade que «su escritura irrumpe sin los complejos de inferioridad que tanto nos agobian en Latinoamérica», el segundo (en Una tentativa imposible) lo considera «un escritor avasalladoramente tropical» y critica «la oceánica acumulación de adjetivos y adverbios, la sucesión de frases parásitas» y «el avance zigzagueante, las idas y venidas del lenguaje, que resultan casi irresistibles y desalientan al lector».

Coetáneo, en cierto modo, de todas las épocas, Lezama es el vanguardista que opera, no por exclusión sino por desbordamiento del clasicismo; el cultivador de un «barroquismo originario» (Cortázar); el polígrafo renacentista; el medievalista-católico; el grecolatino, que, contrario a la lógica aristotélica, abraza un arduo platonismo carnal, a las puertas de la Caverna; el atlantista-presocrático… La cuestión de fondo es que, más allá de los relojes de arena, en su cosmovisión, el tiempo se organiza en «eras imaginarias»: arquetipos míticos, que operan por encima de cualquier avatar histórico. Lejos de la razón instrumental, para Lezama, el verdadero conocimiento se produce a través del «eros cognoscente»: la percepción sensorial y la memoria de los sentidos. En su «sistema poético» -metáforas que avanzan hacia «la revelación de una imagen final», define-, lo relevante no son las experiencias convencionales, sino lo que llama «la vivencia oblicua», tangencial y transversal, a través de la imaginación.

José Lezama Lima: una biografía. Años de fundación (1939-1959)  de Ernesto Hernández Busto

José Lezama Lima: una biografía. Años de fundación (1939-1959) de Ernesto Hernández Busto / Pre-Textos

Para el «peregrino inmóvil», otro de sus cuños, que cinceló su obra sin salir de la casa familiar («el más espléndido de los viajes es el que uno puede intentar por los corredores de su casa»), no hay distingos entre poesía y metapoesía, canto y cuento, esencia y presencia, imagen y verbo, ironía y rigor, corriente y excepción, sustancia y anécdota, pasado y presente («todo pasó cuando ya fue pasado»), o lo natural y lo sobrenatural, a tenor de su predilecto Pascal: «Como la verdadera naturaleza se ha perdido, todo puede ser ya naturaleza»…

Actitud vital

Tildado de «neobarroco» por los círculos académicos, Lezama, se revolvería hoy contra semejante rótulo. En La visualidad infinita, considera que, a diferencia del barroco peninsular, con sus periodos determinados -y de ahí lo de neo-, el barroquismo atlántico-caribeño es una constante, una «paródica» actitud vital. «Lo que para los europeos es sucesivo, para nosotros es simultaneidad», explica, para afirmar también que, mientras el barroquismo nuestro aspira a «esclarecer lo oscuro», el barroco español se contenta con «oscurecer lo claro».

De ahí la pertinencia de su amigo Luis Cardoza y Aragón, uno de sus más lúcidos intérpretes, al destacar el «naturalismo onírico» de Lezama, quien, a su juicio, «no escribía como hablaba, sino como soñaba», expresa en sus memorias. Bajo las «bacanales pantagruélicas» de sus metáforas, le asiste una precisión de manteles ceñidos. «La paradoja de Lezama reside en que su barroco es concisión y pulcritud», dice, para augurar que «es hoy un escritor anticuado, pero, sin duda, no lo será mañana».

La visualidad infinita de José Lezama Lima

La visualidad infinita de José Lezama Lima / Letras Cubanas (1994)

«En Lezama tenemos no solo al autor de una gran obra, sino al personaje de un mundo perdido», expresa Hernández Busto, en la introducción de su espléndida biografía, tanto más ardua por tratarse del habitante de un «orbe semisecreto», cuajado de «contradicciones» y pionero en buscar «el libro absoluto como metáfora del mundo». Miembro de la generación cubana de escritores de los años 80, da cuenta de cómo a través de Lezama -tan denostado por el realismo de la generación anterior-, pudieron hallar «un orden simbólico secuestrado por la Revolución».

Primera y definitiva

Fruto de más de 30 años de trabajo, con decenas de entrevistas a interlocutores directos del escritor, muchos ya desaparecidos -entre ellos, su hermana Eloísa (1914- 2010), de imprescindible aportación)-, el título de «una» biografía suena casi a ironía lezamiana, pues se trata, desde ya, de «la» biografía, primera y definitiva. Impecablemente escrita, con atractivos cambios de registro, entre la sustancia de su pensamiento y el jugoso anecdotario, tiene el valor añadido de tratarse de una biografía coral, en la que Lezama aparece como catalizador de un período de transformaciones clave, en las removidas primeras décadas de la independencia de Cuba. Y va desde el microcosmos familiar, explicando al detalle su correspondencia con los personajes de Paradiso, hasta la evolución de los ambientes literarios, antes y después de la aparición de Orígenes.

Aunque será materia del tercer tomo, el biógrafo adelanta algunas claves de la manipulación de que será objeto Lezama, para adherirlo a la causa de la Revolución. «La política cultural hizo de Lezama un apóstol de las vueltas a las raíces y casi lo despoja de cualquier heterodoxia», explica, para recordar que, junto a las encendidas loas, ya en los inicios mostraba sus reticencias: «Los poetas deben formar otra clase sagrada, ir más allá del Estado, liberarse en la lejanía del curso recorrido por la maldición».

Paradiso de  José Lezama Lima

Paradiso de José Lezama Lima / Alianza (2018)

Por los mismos años 30 en que el joven poeta padecía una especie de bullying por algunos de sus colegas -«estante con patas», le llamaban, por su indisimulada erudición-, lo compensará con recibir parabienes de tres ilustres visitantes, que le marcarán como escritor: Federico García Lorca, María Zambrano y Juan Ramón Jiménez. Además de ofrecer sugerentes anécdotas inéditas de las variadas estancias de los tres andaluces, Busto muestra una interesante visión de los cambios de talante del escritor cubano, según esté ante cuál de esos tres espejos, para él, fascinantes.

A Lorca, dueño de «una memoria voluptuosa», le dedica pintorescos elogios, que se vuelven más emotivos y precisos al enterarse, con retraso, de su trágica muerte; la rápida conexión intelectual con Zambrano, fue, para ella, mucho más que eso, «un flechazo» de real enamoramiento, como ha dejado escrito, y hacia Juan Ramón, 30 años mayor y ya más que consagrado, mostró una devoción más vertical y sostenida, además de una infinita paciencia para con sus salidas de tono y sus improperios (rajaba de Pablo Neruda, sobre todo, pero también de Eugenio D’Ors, José Bergamín y Pedro Salinas, entre otros).

Como era de suponer, su célebre Coloquio con Juan Ramón Jiménez (1937) fue más bien monólogo del cubano, aun con las correcciones del onubense, quien, atlántico pero continental, no terminaba de compartir la famosa «teleología insular». Como explica Hernández Busto, de ahí la magistral pirueta de Lezama, al proclamar: «La isla distinta en el cosmos o lo que es lo mismo la isla indistinta en el cosmos». Y es más: al hablar de lo cubano en el arte, en La visualidad infinita, Lezama sentenciará: «Si ocurre lo que nunca ha ocurrido, es igual a si no ocurre lo que siempre ha ocurrido».

«Mi alma no está en un cenicero»

Ya es rareza que, en una de las ciudades más luminosas del planeta, José Lezama Lima se encerrara a cincelar su obra en una habitación ciega, de cara a la pared, con mobiliario franciscano, al fondo de la casa familiar, en Trocadero, 162 (hoy su casa-museo). De este lado está el suntuoso salón de las tertulias, atestado de recuerdos del hervidero literario previo a la Revolución cubana, en torno a la revista Orígenes, y presidido por un enorme butacón, en el que cabe imaginarle arrebujado, con su cuerpo descomunal, de dos metros de estatura y más de cien kilos de peso, mientras sintoniza el ritmo asmático de su respiración con las espesas volutas de su perpetuo habano. Es la metáfora espacial de su desdoblamiento -mitad monje estoico, mitad hedonista mundano-, sin tregua para hilvanar los contrarios.

«Mi alma no está en un cenicero», escribió, como prevención de cualquier tasación reduccionista. De ese emblemático verso se sirve Hernández Busto para ilustrar el argumento de que «Lezama está lleno de paradojas. Su catolicismo roza muchas veces la herejía; su profundo conservadurismo no le impidió celebrar una revolución; su curiosidad y cosmopolitismo contrastan con la figura del peregrino inmóvil que apenas viaja fuera de la isla; su estilo hermético convive con el gran conversador, capaz de seducir a los más disímiles interlocutores. Al ser para la muerte de Heidegger opone su ser para la resurrección; al subconsciente surrealista, un subconsciente mítico que va más allá de su parodia».

Para Lezama, que forja su sistema poético con «una suma de poquedades», no hay síntesis posible entre las dualidades. Su magia consiste, cabe agregar, en la duplicidad de planos, de modo que, al tiempo de hablarnos de otra cosa, habla siempre de la poesía: «Una oscura pradera me convida», «Ah, que tú escapes en el instante / en el que ya habías alcanzado tu definición mejor» …

Con extrema humildad, sostiene que «la poesía es lo único que va hasta en auxilio de sus enemigos»; y que lo esencial al crear, para él indisociable de la vida, es «la soledad y la sombra que se va proyectando en el muro» … «el flechazo, no el blanco». Advierte, con valentía, de que «del mismo modo que, desde Lucrecio y Virgilio hasta Dante, estuvo la humanidad carente de un verdadero gran poeta, el hombre de hoy está exhausto, y tardará por lo menos cuatro siglos en volverse a llenar de nuevos cantos y fervor». Lo cual no exime, mientras tanto, del pertinente aviso a navegantes de sus Diarios: «Antes de sacarse los versos del alma, hay que sacarse el alma del culo».

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