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Nuevas drogas y jóvenes consumidores

Con las drogas jugamos a la ruleta rusa sin saberlo y, al menos en la población joven, la prevención en base a la información debería ser una prioridad

Nuevas drogas y jóvenes consumidores

Nuevas drogas y jóvenes consumidores / LP

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Guillermo Burillo

(Investigador de la Red de Investigación en Atención Primaria de Adicciones. Profesor de la ULL)

Muchos lectores seguramente habrán oído hablar de una de las drogas de moda, la cocaína rosa: una mezcla de sustancias que, de forma paradójica, casi nunca contiene cocaína. Según Energy Control, una de las asociaciones que mejor conoce las nuevas tendencias de consumo de estupefacientes entre la población española, la mayoría de las muestras de cocaína rosa o tusi analizadas por su laboratorio contiene una combinación de ketamina y MDMA (éxtasis). Además, en sus orígenes, el tusi hacía referencia a una droga sintética de nueva generación, el 2-CB (en inglés two-C-B, pronunciado como tusibi), que, al igual que ocurre con la cocaína, apenas se detecta en las muestras analizadas.

Y esta es la tónica general de las drogas conocidas como NPS (nuevas sustancias psicoactivas, en español): en ocasiones se consumen de forma deliberada, pero en otras se usan bien como producto de corte de otras clásicas (cannabis, cocaína o éxtasis, entre otras) o simplemente sustituyen a estas. Las NPS aparecen en Europa en la primera década del presente siglo y se caracterizan por ser sustancias creadas en el laboratorio para buscar efectos similares a los de las drogas tradicionales. Además suelen tener una potencia superior (menos dosis producen, al menos, los mismos efectos); son de fácil adquisición y por métodos más limpios; se introducen de forma directa en el mercado, por lo que utilizan a los propios consumidores como cobayas, y, en general, no son detectables por ahora en los controles sanitarios (hospitales, centros de salud) o policiales (controles de tráfico). Sólo determinados laboratorios de tipo forense pueden detectarlas en muestras biológicas pero con retraso respecto al momento en que se produce la asistencia médica al paciente, en caso de necesitarla.

Las nuevas sustancias psicoactivas son un grupo amplio, aunque a efectos prácticos pueden clasificarse en cuatro grupos: las que producen sedación (como los derivados del fentanilo y las nuevas benzodiacepinas); los cannabinoides de tipo sintético y semisintético (HHC); aquellas que producen disociación de la realidad (como la alfa) y las de tipo estimulante (como la mefedrona). Además, en estos grupos se incluyen fármacos de uso médico o veterinario (ketamina, óxido nitroso), algunos de los cuales hemos dejado de utilizar los médicos por sus efectos secundarios (precisamente los que buscan los consumidores), y también sustancias naturales de uso ancestral (peyote, ayahuasca), conocidas también como etnodrogas. Entre 2005 y 2025, la Agencia Europea de Drogas (EUDA) ha identificado e investigado 1.050 nuevas sustancias psicoactivas.

De ellas, medio centenar entraron en el mercado europeo el año pasado. En la actualidad están en circulación unas 400 NPS. De estas nuevas drogas, preocupa la reciente introducción de 27 nuevos cannabinoides sintéticos (en total circulan 304), y 12 opiáceos con muchísima más potencia que la heroína. Como pueden imaginarse, a mayor potencia, mayor efecto, más potencial adictivo y más efectos indeseables, con abigarradas consecuencias psiquiátricas (brotes psicóticos, delirios, o paranoias, entre otras); cardiovasculares (infartos de miocardio o ictus, por ejemplo), y los derivados de accidentes de tráfico, laborales o agresiones. Y todo ello sin contar con los efectos a largo plazo que se van conociendo, sobre todo en la esfera psiquiátrica, devastadores sobre todo en consumidores jóvenes, con un cerebro en formación. Sin duda alguna, un cóctel peligroso, que, si bien es cierto que no ocurre en todos los consumidores, cuando afectan a un cerebro vulnerable son de difícil recuperación y trastoca la vida personal, laboral, familiar y al entorno social.

Pero no nos engañemos: las NPS son sólo una pequeña parte del consumo actual de drogas. La más utilizada en esta sociedad es el alcohol, seguida de medicamentos como las benzodiacepinas. Unos consumos que, probablemente, hemos normalizado, pero cuyas consecuencias son de todos conocidas y su penetración en la sociedad es enorme, sobre todo en la población juvenil, con prácticas preocupantes, como los atracones, o el uso de vapeadores, sobre todo cuando en ellos se añaden sustancias como los cannabinoides sintéticos. Son limpios, discretos y chill, pero no por ello exentos de riesgos.

Tras el alcohol están la cocaína y el cannabis, y algo más lejos el éxtasis y las anfetaminas. En toda Europa preocupa la banalización del consumo de marihuana, su normalización como droga blanda y el mal llamado, de forma intencionada, cannabis medicinal. Y decimos intencionadamente porque nada es casual: la industria del cannabis presiona y desinforma para su legalización y denominaciones como ésta sólo persiguen extender su consumo con sus supuestas propiedades curativas; como si se tratase del aloe vera. Existen medicinas que contienen productos derivados de la planta del cannabis (cannabinoides), medicamentos con unas indicaciones clínicas concretas para unas enfermedades específicas (determinados tipos de epilepsia, por ejemplo). Pero fumarse un porro no es un tratamiento médico. Quienes abogan por la liberalización del consumo de dicha sustancia estupefaciente están en su derecho de hacerlo, pero entendemos que no en base a la desinformación (o información manipulada).

En los países donde se ha legalizado el consumo, éste ha aumentado, de manera fundamental en jóvenes. En estos, como hemos dicho, con un cerebro en formación, las consecuencias a nivel mental son terribles (bajo rendimiento escolar y desarrollo de enfermedades psiquiátricas, a veces de forma crónica o permanente, y en muchos casos con pérdida de oportunidades formativas o laborales). Los efectos de tipo cardiovascular de la cocaína y el cannabis son plenamente conocidos por los médicos, pero, de manera habitual, se silencian tanto a nivel social como individual cuando ocurren. Es cierto que con estas drogas predominan sus efectos recreativos y, salvo los accidentes bajo sus efectos, las visitas a urgencias son pocas en comparación con los datos de consumo de que disponemos. Pero el riesgo existe, sin poder saber a priori si un consumidor en concreto tiene mayor susceptibilidad a padecer efectos agudos o crónicos, sobre todo con el patrón de policonsumo (uso de varias drogas en un periodo corto) y posibilidad de que entre ellas estén además las nuevas sustancias psicoactivas. Debe quedar muy claro: con las drogas jugamos a la ruleta rusa sin saberlo y, al menos en la población joven, la prevención en base a la información debería ser una prioridad. Luego vienen los problemas de la adicción: una enfermedad a tratar, en ocasiones, con consecuencias funestas.

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