El legado de Agustín de Betancourt
Nacido en el seno de una familia ilustrada en 1758 en el actual Puerto de la Cruz, diseñó máquinas para hilar seda y lideró en España el primer vuelo de un globo aerostático no tripulado.

El legado de Agustín de Betancourt / Adae Santana
Luis Cabrera Rodríguez
Han transcurrido 202 años desde que, aquel 14 de julio de 1824, una de las grandes personalidades que han dado nuestras Islas dejó el mundo en una tierra antagónica a su Canarias natal. Un Archipiélago que, aún a día de hoy, no parece ser consciente del legado que dejó Agustín de Betancourt.
Nacido en el seno de una familia ilustrada el 1 de febrero de 1758 en el actual Puerto de la Cruz, Agustín fue el segundo hijo del teniente coronel Agustín de Betancourt y Castro y de la aristócrata Leonor de Molina y Briones-Monteverde; un entorno acomodado e idóneo para que aquel joven con un gran porvenir pudiese dar rienda suelta a una curiosidad insaciable.
Desde temprana edad adquirió en el entorno familiar conocimientos científicos y aprendió a hablar francés de forma fluida. Asimismo, desarrolló una curiosa afición por la cría de gusanos de seda; un pasatiempo que, según reconocería en una carta escrita en su etapa adulta, fue el verdadero origen de su pasión por la mecánica.
En lo que respecta a su formación académica, asistió al colegio en el convento de los Dominicos, en la Villa de La Orotava, por cuyas aulas pasaron también otros ilustrados, como José de Viera y Clavijo, uno de los grandes referentes de la segunda mitad del siglo de las Luces, una época que vio llegar a Tenerife numerosos avances como la creación de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de La Laguna en febrero de 1777.
Fue precisamente en su seno donde el joven tinerfeño dio sus primeros pasos como inventor, diseñando una máquina epicilíndrica para entorchar e hilar seda. Pero en este punto no podemos obviar la iniciativa de su hermana, María de Betancourt, una mujer vanguardista que presentó ante la misma institución el descubrimiento de la fórmula para obtener el tinte carmesí de la cochinilla.
Tras cursar los estudios de física y matemáticas en los Reales Estudios de San Isidro, que compaginó con clases nocturnas de dibujo en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, el tinerfeño se convirtió en protagonista de una auténtica hazaña. Apenas cinco meses después de que los hermanos Montgolfier asombraran al mundo en Francia con el primer vuelo de un globo aerostático no tripulado, Agustín de Betancourt lideró la primera ascensión de este tipo en España. Aquel histórico 28 de noviembre de 1783, exhibió su talento ante la corte de Carlos III en Aranjuez.
Al año siguiente, durante una breve estancia en París en la que conoció a diversas eminencias, decidió enfocar definitivamente su carrera al mundo de la hidráulica y la maquinaria. Muestra de ello es que a su regreso a Madrid en 1785 propuso al conde de Floridablanca, secretario del Despacho de Estado, la creación del Real Gabinete de Máquinas. Una institución que abriría sus puertas en el Casón del Buen Retiro, uno de los pocos vestigios que se mantienen en pie de aquel antiguo palacio que albergó el pulmón de la capital española.
En 1788, se le encomendó viajar a Inglaterra, epicentro de la Revolución Industrial, para conocer de primera mano el funcionamiento de la máquina de vapor de doble efecto diseñada por James Watt. Aunque su propio creador se negó a mostrársela, Betancourt consiguió acceder a unos molinos londinenses que empleaban dicha tecnología, logrando descifrar el contenido secreto de su funcionamiento. Tras regresar a París, trabajó en la reproducción de uno de estos aparatos, acabando de esta forma con el monopolio británico.
La última década del siglo XVIII transcurrió para el ingeniero entre España, Inglaterra y París. Fue en la capital francesa donde desarrolló, junto a su íntimo amigo y célebre relojero Abraham Louis Breguet, un revolucionario telégrafo óptico. Este nuevo sistema superaba en eficacia y precisión al inventado por Claude Chappe, el cual se utilizaba de manera oficial en Francia, y terminó implantándose con éxito en la ruta entre Madrid y Aranjuez a su regreso a la Península. Además, logró fundar y dirigir la Escuela de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos en Madrid en 1802.
Por aquel entonces, España se encontraba sumida en una profunda convulsión política, marcada por las feroces confrontaciones entre el futuro Fernando VII y Manuel Godoy, quien ejercía el poder fáctico en el reino. A este clima de asfixia institucional se sumó una delicada situación personal: el inventor tinerfeño se encontraba ahogado por las deudas tras haber invertido una fortuna en una fábrica de algodón en Ávila que resultó ser un absoluto fracaso financiero. Finalmente tomó la decisión de abandonar España en mayo de 1807, país al que nunca regresaría.
Paso por Rusia
Tras recibir una oferta del zar Alejandro I, decidió entrar al servicio de Rusia con el grado de mayor general. Una vez instalado en San Petersburgo, donde se encontró con un cuerpo de funcionarios incompetente y envejecido, decidió fundar el Instituto de Vías de Comunicación, la primera universidad técnica del país.
A partir de este momento, desplegó una intensa y prolífica actividad por todo el Imperio. Modernizó la fábrica de cañones de Tula introduciendo avanzadas máquinas de vapor y llevó a cabo una limpieza intensiva del puerto de Kronstadt con una colosal draga de vapor que él mismo había diseñado. También dejaría un importante legado en el ámbito arquitectónico, puesto que construyó la sala de ejercicios ecuestres de Moscú, conocida como el Manège, y tras su nombramiento como director general de Vías de Comunicación del Imperio ruso se volcó en su gran obra: la Feria de Nizhni Nóvgorod, una inmensa ciudad comercial a orillas del Volga.
Tras realizar un viaje por distintos territorios del Imperio, mostró su indignación al zar por la miseria que sufría la población en la Rusia profunda, lo cual le costaría el distanciamiento con Alejandro I. Su vida dio entonces un vuelco radical, pasando rápidamente de la gloria y el reconocimiento a una amarga tristeza. Tras dimitir de todos sus cargos, Agustín de Betancourt falleció en San Petersburgo, el 14 de julio de 1824.
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