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De Tinduf a Canarias: un verano para viajar de casa a casa

Unos 100 niños saharauis disfrutan del verano en las Islas gracias a ‘Vacaciones en Paz’. Entre ellos, Mahmud y Lala, dos pequeños que han ido a La Esperanza

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Una gran casa de color verde, escondida entre los recovecos de La Esperanza, parece el escenario de las vacaciones con las que cualquier niño sueña. Perros y gallinas corretean por la finca, donde el amplio terreno invita a improvisar un partido de fútbol o cualquier otro juego, y la característica brisa de la zona suaviza el calor de una estación en la que el termómetro suele dispararse en la Isla. Aun así, las temperaturas quedan muy lejos de las que se registran cada verano en el desierto del Sáhara. Aquí, entre naturaleza y libertad, el tiempo parece transcurrir a otro ritmo.

Nada más llegar, una valla negra da la bienvenida a lo que es, hasta septiembre, el hogar de dos niños refugiados procedentes de los campamentos de Tinduf, en Argelia. Allí viven desde hace casi cinco décadas miles de refugiados saharauis desplazados por el conflicto del Sáhara Occidental, que todavía continúa sin resolverse. El primero en abrir la puerta es el pequeño Mahmud, de 11 años, que con una camiseta de color celeste y una sonrisa amplia e inocente acapara todas las miradas desde el primer instante. Aunque el español no es su lengua materna, no hay nada en su acento que delate que hace apenas unas semanas llegó desde el desierto.

Al poco aparece Lala, otra niña de 10 años procedente del campamento de El Aaiún, uno de los cinco asentamientos saharauis de Tinduf, bautizados con los nombres de ciudades del Sáhara Occidental para preservar la memoria de su tierra. Allí viven ambos el resto del año. Lala habla menos español que Mahmud, pero comunicarse no supone ningún problema. Los gestos, las sonrisas y la ayuda de su hermano de verano bastan para que consiga expresar todo lo que quiere. Entre los dos se entienden con la naturalidad propia de la infancia, esa que apenas necesita palabras.

Un ambiente familiar lleno de complicidad

La complicidad que desprenden Mahmud y Lala es solo el reflejo del ambiente familiar que se respira en la casa. Porque si algo une a estos dos pequeños, además de su procedencia, son Virginia Torres y Jorge Rojas, sus padres de acogida durante este verano. Los collares que ambos llevan siempre al cuello son también un símbolo de ese vínculo. Fue Jorge quien se los regaló nada más llegar y, desde entonces, apenas se los quitan.

Es el segundo año que los pequeños pasan juntos el verano en casa de Torres y Rojas, y el tercero de Mahmud. Estos dos tinerfeños siempre han estado concienciados sobre el conflicto que ocurre a menos de 300 kilómetros de distancia desde su tierra. Pero hasta que no consiguieron cierta estabilidad que les permitiera darles a los niños el verano que se merecían, no se inscribieron en el programa. "Cuando pudimos coordinar las vacaciones y sabíamos que las circunstancias eran más favorables dimos el paso", explica Torres.

Familia de acogida de dos niños de Tinduf

Familia de acogida de dos niños de Tinduf / Andrés Gutiérrez Taberne / ELD

El año pasado pensaban que Mahmud no podría visitar Canarias, por problemas de coordinación. Fue entonces cuando decidieron acoger a una niña. "Las circunstancias allí son complicadas, pero para las niñas más, entonces pensamos que si teníamos que darle una oportunidad a alguien era a ella", confiesa Rojas. Al final, Mahmud también pudo viajar y desde entonces han completado esta postal veraniega compuesta por cuatro rostros llenos de felicidad.

¿Cómo son Mahmud y Lala?

Si Torres y Rojas tuvieran que describir a sus niños en dos palabras serían agradecidos e independientes. Y es que esas dos virtudes que les caracterizan, probablemente fruto de las circunstancias que han vivido, las demuestran a diario en la casa. La primera vez que Mahmud vino a esta casa, con 10 años, cogió el cuchillo para pelar una manzana. "En seguida fui a quitárselo para que no se cortara, pero en un momento le quitó la cáscara y hasta podría haber hecho una figura", recuerda con asombro Rojas. Lala, en otra ocasión en la que habían preparado comida, insistió en fregar ella los platos. "Siempre se encargan de lavar su ropa, preparar su comida y no es habitual verlo aquí", cuenta Torres.

Y mientras transcurre esta conversación son estos dos pequeños quienes se han encargado de preparar un té típico de su región natal para amenizar la tarde. "Es curioso porque ellos solo vienen con lo puesto, pero nos trajeron de regalo un juego de té que usamos todos los días, unos llaveros del Sáhara y, lo más gracioso, un paquete de gofio", enumera Rojas.

Aprendizaje bidireccional

Una de las cosas que más disfrutan estos dos padres es ver cómo los pequeños descubren cosas nuevas y disfrutan de ellos. "Lala aprendió a nadar, por ejemplo, y Mahmud, que le encanta el fútbol, va a poder ir a un campamento para practicar este deporte", apunta Rojas. Eso sí, ese aprendizaje se da en las dos direcciones. Y no solo por los choques culturales. "Aprendemos mucho de ellos, tanto sobre su manera de vivir como de su cultura", señala Torres. Hace unas noches, mientras descansaban todos juntos en la cama, Mahmud le enseño a sus padres Nebrijk, una palabra que suena así en su dialecto y que significa te quiero. Y momentos como este son los recuerdan a estos padres que la espera a lo largo del año merece la pena.

Los niños también aprovechan su estancia para coger fuerzas, en todos los sentidos. "Visitan al médico y disfrutan mucho de la comida, hasta tengo que esconder los plátanos para que ellos no se pongan malos de todos los que se comen", destaca Torres. "A mí me encanta la fruta, pero hoy solo me he comido cuatro", dice Mahmud, una cifra que a su madre de acogida no le cuadra. "Yo me he comido diez", grita Lala con más convicción. "Ellos se levantan y desayunan en casa de mis padres, que está aquí al lado, y luego vuelven a pasar por aquí y toman su segundo desayuno", afirma Torres.

¿Qué hacen en verano?

Los días de playa, las visitas turísticas por la Isla y las actividades divertidas forman parte del día a día de esta familia. "Intentamos aprovechar al máximo lo que están aquí para que disfruten", cuenta Rojas. Durante su estancia, los niños se meten de lleno en la cultura canaria, acuden a romerías y verbenas del pueblo e incluso aprenden juegos típicos como el envite. "El año pasado Mahmud se subió al escenario y Lala fue la protagonista de un coro de baile en la plaza", rememora Torres. "Tienen al pueblo ganado", agrega Rojas.

"Se llevan muy bien con toda la familia. De hecho, Mahmud llegó y lo primero que preguntó fue cuándo íbamos a ver al tío, que es mi hermano y vive en Gran Canaria", cuenta Torres. La idea era hacer una visita exprés a la isla vecina, pero el viaje acabó descartándose por el coste. Aunque los niños pasan dos meses en Canarias y durante ese tiempo forman parte de la vida cotidiana de sus familias de acogida, no tienen acceso a las mismas condiciones que un residente, como el descuento para los desplazamientos entre islas. Una situación que contrasta con el hecho de que sí puedan beneficiarse de la cobertura sanitaria pública. "Nos costaba mucho dinero y preferimos invertirlo en otras actividades aquí en Tenerife", explica Rojas. "Nosotros no pedimos que las cosas les salgan gratis, solo que, si yo los trato como a mis hijos, reciban las mismas condiciones mientras están aquí", reivindica Torres.

El programa Vacaciones en Paz

Mahmud y Lala son solo dos, pero este año Canarias ha recibido a 105 menores —64 en Tenerife y 41 en Gran Canaria— dentro del programa Vacaciones en Paz. La iniciativa, con más de cuatro décadas de historia, permite que niños y niñas saharauis pasen los meses estivales con familias de acogida, lejos de las extremas temperaturas del desierto. Durante su estancia reciben revisiones médicas, disfrutan de una alimentación equilibrada y conviven con una realidad muy distinta a la de los campamentos en los que viven el resto del año.

Desde la Asociación Canaria de Amistad con el Pueblo Saharaui (ACAPS), principal impulsora del programa, recuerdan que siguen buscando familias de acogida para que el próximo verano más niños y niñas puedan participar en Vacaciones en Paz. Ya que cada año, la falta de hogares impide que muchos menores puedan salir de los campamentos pese a desearlo.

A Mahmud y Lala todavía les queda por delante un mes y medio para seguir llenando la casa de risas y recuerdos antes de regresar a su otro hogar. Cuando llegue el momento de volver a los campamentos de Tinduf, no solo dejarán atrás un verano diferente: volverán con unos collares al cuello, una palabra que ya forma parte de su historia y una familia en Canarias que, aunque esté a miles de kilómetros, seguirá siendo también su hogar.

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