Alejandra Rodríguez, socióloga y Premio Nacional: «Las mujeres sin hogar sufren violencia desde la cuna hasta la cuarta edad y no es un fracaso personal, sino del sistema»
«No sirve de nada crear una tesis si al final no compartes el conocimiento; hay que hacer transferencia»

lejandra Rodríguez Alemán, doctora en Estudios Interdisciplinares de Género y ganadora del II Premio a la Mejor Tesis Doctoral en Sociología del Género otorgado por la Federación Española de Sociología. / La Provincia

Alejandra Rodríguez ha sido galardonada por la Federación Española de Sociología (FES) por su tesis sobre el sinhogarismo femenino en Canarias. Con 25 años de experiencia social, Rodríguez analiza en esta entrevista una realidad marcada por violencias estructurales que empujan a las mujeres a vivir «escondidas» y reclama cambios urgentes en las políticas públicas
Recientemente ha recibido un prestigioso reconocimiento nacional por su tesis. ¿Qué supone este premio para una investigación centrada en una realidad tan específica de Canarias?
Sobre todo significa visibilizar a las invisibles. Significa darle cobertura a mujeres que sobreviven en lo que es la exclusión más extrema. Hablamos de mujeres desde todos los puntos de vista: canarias, de América del Sur, africanas, peninsulares... Mujeres que sufren violencia especialmente desde la cuna hasta la cuarta edad y que además están en una situación de especial vulnerabilidad social. El premio ayuda a poner el foco en que, además de estar en una situación de exclusión, sin casa y sin recursos, muchas tienen que vivir escondidas para evitar las violencias más duras, que para ellas son las sexuales. Por eso intentan evadir la calle y solo las vemos cuando están ya muy deterioradas; la vía pública es su última solución.
Usted habla del fenómeno del «sinhogarismo oculto». ¿Cómo sobreviven estas mujeres si no están en la calle?
Ellas se buscan la vida para no terminar en la calle, pero técnicamente están en una situación de sin hogar. Viven en casas ocupadas, en infraviviendas o aceptando situaciones de violencia a cambio de un techo. A toda esa realidad hay que añadirle diferentes capas interseccionales: son migrantes, pueden estar en situación administrativa irregular, son refugiadas o asiladas. Muchas tienen procesos de adicción, temas de salud mental o discapacidades. Es un cúmulo de factores que las excluye más todavía y les pone muy complicado salir de esa situación. Como suelo decir: si ya es complicado el sinhogarismo, júntalo con la violencia de género y añádele al potaje todas esas capas.
Tras 25 años de experiencia profesional, ¿qué la impulsó a dar el salto a esta investigación académica?
Yo empecé ejerciendo de trabajadora social y desde 2005 me vinculé a la intervención directa con mujeres víctimas de violencia en la administración pública. Tras diez años allí, entré en Cáritas y me hice una pregunta: «¿Dónde están las mujeres?». Lo que más llegaba para atender eran hombres sin hogar, pero históricamente somos nosotras las que estamos más empobrecidas y en desigualdad estructural. Cuando entré en la universidad quise investigar el fenómeno y en Cruz Roja me decían que no había mujeres en la calle. Yo les decía: «Perdona, esto no puede ser». Me dediqué a encontrarlas desde «la alcantarilla», como digo yo, contactando con técnicos de los recursos para que me hicieran el enlace con ellas.
Lo que más llegaba para atender eran hombres sin hogar, pero históricamente somos nosotras las que estamos más empobrecidas y en desigualdad estructural
El proceso de campo coincidió con momentos muy convulsos. ¿Cómo logró realizar las entrevistas?
La investigación me llevó siete años y me cogió la pandemia y la crisis humanitaria de las pateras. Entrevisté a las mujeres en parques o por videoconferencias porque algunas estaban confinadas. Tenía perfiles de todo tipo: mujeres en situación de prostitución, mujeres trans, jóvenes y personas de la tercera y cuarta edad. Fue bastante complicado porque son mujeres en situaciones muy difíciles; a veces tenía que quedar con una de ellas tres o cuatro veces hasta que conseguía entrevistarlas, buscando siempre que se sintieran cómodas para contar su realidad.
¿Qué impacto tuvo en usted escuchar esos testimonios tan directos?
Fue precioso adentrarme en sus vidas, aunque muy duro porque descubres todo lo que han sufrido. Aunque una ya tiene trabajada la distancia emocional por mi profesión, más de un testimonio me sacó alguna lágrima; te atravesaban. Las violencias que sufría la mujer africana eran muy fuertes, y las de América Latina distintas, pero también muy duras. Lo que más quiero ahora es reunirme con ellas para devolverles los resultados y hacerles entender que no es culpa suya. Cuando la gente acaba en la calle piensa que es un fracaso personal, y yo quiero que vean que es un fracaso estructural del sistema y de su condición de mujeres.
¿Por qué fallan las estadísticas actuales al intentar cuantificar este problema?
Es un fenómeno de población flotante. Se suelen hacer recuentos nocturnos, pero tú no puedes contar a alguien que no está en un sitio fijo; por eso los recuentos en Canarias y Europa son solo estimados. Con las mujeres es aún más complejo porque están ocultas, quizás soportando violencia en una casa para no terminar en la vía pública. Es un fenómeno muy difícil de cuantificar desde la vertiente masculina y mucho más desde la femenina porque no las estamos viendo.
Con las mujeres es aún más complejo porque están ocultas, quizás soportando violencia en una casa para no terminar en la vía pública
En su tesis analiza el impacto en la salud. ¿Qué deficiencias ha detectado en el sistema sanitario?
El deterioro de la salud es totalmente paralelo al fenómeno del sinhogarismo. Hay muchos vacíos a nivel del sistema sanitario; no se les está dando una respuesta específica. Hay servicios que funcionan muy bien y a los que hay que quitarse el sombrero, como el ETAC en Gran Canaria, que atiende directamente en la calle a personas con enfermedad mental. Pero, a nivel hospitalario, es complicado que reciban la atención que necesitan teniendo en cuenta su perfil. Se debería trabajar mucho más en esa línea desde el sistema de salud.
¿Cómo reacciona la comunidad ante estas mujeres? ¿Hay solidaridad o indiferencia?
Encuentras dos vertientes. Por un lado, la gente que no las ve o no las quiere ver porque son «la otredad», ese lugar donde nadie quiere terminar. Por otro lado, hay casos de solidaridad vecinal. Recuerdo a dos chicas que evitaron agresiones sexuales gracias a la población. A una, un hombre intentó agredirla en su caseta de campaña a plena luz del día y pidió auxilio; la ayudaron. A otra, en su barrio le procuraron una habitación vacía para que no estuviera en la calle. Es esa mirada de «estás ahí, lo estás pasando mal y te voy a ayudar».
¿Qué es lo que falla en los recursos sociales que existen actualmente?
Los recursos no pueden ser compartimentos estancos. No sirve que uno diga «yo aquí solo atiendo adicciones» o «solo violencia». Una mujer está interseccionada de pies a cabeza. Si tienes un recurso especializado en Gran Canaria, pero la mujer es de El Hierro, la deslocalizas y la desarraigas; no va a venir. Recuerdo a una mujer que me decía que no podía abrirse con el psicólogo porque era un hombre y, tras sufrir violencia, si le cerraban la puerta se echaba a temblar. Si los recursos no tienen respuesta para su complejidad, acaban en la calle.
¿Considera que falta formación especializada en el Archipiélago?
Más que formación especializada, la perspectiva de género debe ser algo transversal. No puede recaer solo en las personas especialmente sensibles; debe estar en el currículum de toda persona que atienda al público. Si quien hace las políticas públicas no tiene esa mirada, no sabe lo que está legislando. Necesitamos respuestas interseccionales porque hay mucho desamparo social.
¿Cómo va a garantizar que su tesis no se quede solo en un documento académico?
No sirve de nada una tesis si al final no compartes el conocimiento; hay que hacer transferencia. Yo llevo los casos anonimizados a mis aulas en la universidad para que el alumnado tenga experiencias reales. También paso los resultados a las entidades sociales para que vean qué pueden mejorar. Mi intención es trasladarlo al Cabildo, al Ayuntamiento y al Gobierno para que influya en las políticas públicas. Además, formo parte de una asociación nacional de investigadores sobre sinhogarismo (Asipeg) donde compartimos resultados a nivel internacional.
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