‘Golpe’ a Canarias
La Canarias de vanguardia que dinamitó la Guerra Civil
El Archipiélago asistió en primera fila, hace ya 90 años, al golpe militar que derivó en la dictadura. El franquismo arrasó con múltiples reformas que se habían puesto en marcha en las Islas, incluido un esbozo de estatuto de autonomía similar al aprobado en 1982. Porque la historia, a menudo, no se esconde detrás de un «qué ocurrió», sino de un «qué dejó de ocurrir»

Auge comercial en la calle Triana de Las Palmas de Gran Canaria hacia 1935, en una postal de la colección de José A. Pérez Cruz. / Fondo para la etnografía y el desarrollo de la Artesanía de Canarias (FEDAC)
Christian Cárdenes
La Segunda República había convertido el Archipiélago en escenario de varias reformas y medidas que buscaban modernizar las Islas. Sin embargo, el estallido del golpe militar, del que ahora se cumplen 90 años, frenó los primeros pasos de aquella voluntad transformadora
La habitación número 3 del Hotel Madrid, junto al imponente Gabinete Literario de Las Palmas de Gran Canaria, amaneció tímida, quién sabe si por culpa del visillo blanco que protege el acceso de la claridad, quién sabe si a modo de presagio de lo que entre sus paredes estaba a punto de suceder. Aquel dormitorio, entonces el más codiciado de la época, estaba compuesto por una mesilla de noche, un escritorio, un armario y un camastro. El libro de huéspedes confirmaba la asistencia de un inesperado invitado: Francisco Franco Bahamonde. Lo que se acabó gestando allí la noche del 17 de julio de 1936 quedó escrito en los libros de Historia de España.
El general había acudido a la isla capitalina para asistir al entierro del comandante Amado Balmes, fallecido el 16 de julio en un extraño accidente cuya naturaleza, con el tiempo, ha alimentado persistentes sospechas de asesinato. Solo dos días después, Franco viajó hacia Tetuán.

Carnaval en Arrecife (Lanzarote) antes de 1935. Fotografía de la colección de José A. Pérez Cruz. / FEDAC
Acaba de cumplirse el 90 aniversario del golpe de Estado militar contra el Gobierno de la Segunda República. Canarias fue testigo de la marcha a Marruecos del que fuera, a la postre, dictador durante 38 años, subido en el Dragon Rapide. Allí pudo contar con una posición estratégica que sería fundamental para el triunfo del bando sublevado. Sin embargo, en ese avión no solo despegó el futuro caudillo, sino que también se esfumó la posibilidad de construir un Archipiélago que pudo haber sido y no fue.
El despertar canario: transformación y democracia
Con el debilitamiento del sistema caciquil en las Islas, consecuencia de la crisis del 98, y sacudida por el nacimiento de nuevas fuerzas de cambio social y político en las dos primeras décadas del siglo XX, la población insular empezaba a supurar una voluntad transformadora. En palabras de Aarón León, doctor en Historia por la Universidad de La Laguna (ULL), la sociedad canaria presentaba un marcado carácter rural «definido por la influencia de la burguesía agroexportadora y del capital británico».
En este contexto, el todavía tímido movimiento obrero y el también incipiente regionalismo canario se abrían paso como nuevos motores llamados a vehicular el cambio social. León asegura que las organizaciones sindicales allanaron el terreno para la consecución de derechos, «pero sobre todo para ofrecer una organización y defender unas aspiraciones que chocaban con las de las élites económicas». Ya en 1931, la savia política canaria, encabezada por figuras como José Franchy Roca y Juan Negrín, no tardó en demostrar que había un archipiélago decidido a encarar un despertar social sin precedentes.
La política económica franquista impuso controles sobre la importación y limitó el comercio exterior de los puertos isleños
A pesar de las diferencias ideológicas, Canarias recibió la proclamación de la Segunda República como una oportunidad histórica de resolver viejos problemas de la sociedad insular. Las altas tasas de analfabetismo, el caciquismo político y económico, el atraso cultural y la brecha social hicieron que la población, aun con la oposición de la todavía entonces poderosa oligarquía, confiara al proyecto republicano sus ansias de cambio.
Educación y desarrollo social, una revolución silenciosa
Uno de los principales ejes de acción política durante los gobiernos de la Segunda República fue la educación. El número de centros escolares se duplicó, principalmente los de nivel primario, y las tasas de escolarización en el Archipiélago pasaron del 28,2% en 1923, coincidiendo con el comienzo de la dictadura de Primo de Rivera, al 46,5% en 1933. A pesar de la fuerte tendencia hacia la segregación existente en los años anteriores, se implementaron mejoras en los barrios marginales para tratar de disminuir las diferencias entre las zonas urbanas y las rurales. De hecho, Fernando de los Ríos, ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes entre 1931 y 1933, destinó importantes partidas a la educación, creó más escuelas que en cualquier época de la historia de España y subió el sueldo a los profesionales.

Camareros y clientes en el bar Cuatro Naciones de la plaza de la República de Santa Cruz de Tenerife. / Alta Estudios
Sin embargo, esas reformas incipientes cayeron en saco roto con el estallido del golpe y la posterior dictadura: «La educación pasó de una pedagogía renovadora a retomar la influencia católica. Además, la pedagogía republicana de sus maestros y maestras, que promovía una educación abierta de aprendizaje activo, desapareció», afirma León. El maestro republicano, lejos de fomentar una formación pasiva y lineal, se esmeraba en impulsar el espíritu crítico y el sapere aude desde una óptica humanista. En el imaginario audiovisual y cultural español, esa pasión y dedicación hacia la educación la encarna Don Gregorio, el personaje de Fernando Fernán Gómez en La lengua de las mariposas donde José Luis Cuerda cuenta la historia de un maestro gallego detenido y encarcelado. Sin embargo, Canarias también tuvo a sus dongregogios. Es el caso, entre otros, de Enrique Caro, el último maestro republicano de Jinámar, en Gran Canaria, quien había llegado a la isla en 1922 procedente de Sanlúcar de Barrameda (Cádiz), y al que el bando franquista envió a los campos de concentración de Gando y Fyffes.
Pero la transformación democrática que se estaba gestando pretendía ir más allá de las aulas. Adrián Santana, historiador y doctorando en Historia por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC), cuenta que el golpe truncó la posibilidad de avanzar hacia nuevas instituciones que dieran respuesta a demandas históricas: «Se frenaron las mejoras laborales y se interrumpió una apertura democrática que afectaba a la vida pública y a la organización del Archipiélago».
El golpe de Estado y la posterior dictadura no solo depuraron a cientos de maestros canarios, sino también a una generación de intelectuales y artistas que empezaban a enriquecer la vida cultural de las Islas y que fueron, en algunos casos, perseguidos y encarcelados, y, en otros, asesinados por su vinculación al gobierno republicano o por sus ideas.
Una generación perdida de poetas e intelectuales
Son varios los ejemplos en las Islas, como el de Pedro García Cabrera, poeta de la Generación del 27 nacido en La Gomera. Su obra abarcó distintos géneros literarios, todos centrados en la búsqueda de la libertad. Durante la guerra civil, fue encarcelado y, tras lograr escapar, se unió al frente republicano en Andalucía.

Una imagen del muelle de carga del puerto de la Luz, en Las Palmas de Gran Canaria, tomada alrededor de 1930 por Teodoro Maisch (colección Vecinos de Tamaraceite). / FEDAC
En Las Palmas de Gran Canaria, el pintor Felo Monzón Grau-Bassas, que hoy da nombre a uno de los centros educativos más célebres de la capital grancanaria, también fue encarcelado tras haber estado al frente de la Escuela Luján Pérez, uno de los principales focos de renovación artística de las Islas durante el comienzo de la década de los años 30. La escuela sufrió una fuerte represión, lo que acabó paralizando el desarrollo de las vanguardias artísticas en Gran Canaria.
Otro de los casos más paradigmáticos fue el de Gaceta de Arte. Esta revista, que había situado a Tenerife en el mapa internacional del surrealismo y las vanguardias, fue cerrada tras el golpe militar. Sus miembros, entre los que se encontraban el propio Pedro García Cabrera, Agustín Espinosa, Domingo Pérez Minik o su impulsor, Eduardo Westerdahl, fueron obligados a dispersarse, y otro de sus referentes, Domingo López Torres, acabó siendo asesinado. Con ello, se puso fin a uno de los movimientos culturales más innovadores de la España de los años 30.
El gobierno republicano no tuvo tiempo de ejecutar el primer proyecto de estatuto de autonomía para Canarias
A este respecto, Aarón León incorpora otro elemento a la ecuación: la moral cristiana. La estrecha alianza entre la dictadura franquista y buena parte de la Iglesia católica desempeñó un papel fundamental en la desaparición de diversos movimientos culturales, educativos y políticos que habían emergido durante la Segunda República. La defensa de la libertad creativa, el cuestionamiento de las normas sociales y la ruptura con los valores conservadores se consideraban contrarias a la moral católica tradicional: «La represión rompió carreras y empobreció de forma notable el ecosistema social, cultural y educativo de las Islas», añade también Santana.
Economía y modernización institucional
Aunque el modelo de la Segunda República es archiconocido por la modernización que trajo consigo a nivel social, cultural y democrático, Canarias también vivió una época de cierta expansión económica entre 1931 y 1936. El Archipiélago había heredado una economía en crisis por factores como el descenso de las exportaciones agrícolas, principalmente de plátano y tomate. Los catedráticos en Historia Económica por la Universidad de La Laguna, Antonio Macías y José Luis Rivero, estiman que más del 80% de la renta de exportación canaria procedía de ambos cultivos.
Por otro lado, el elevado desempleo o los efectos del crac del 29 avivaron las campanas de crisis en los albores de la Segunda República. El objetivo de los gobiernos republicanos fue, entonces, impulsar la modernización basada en la inversión pública y las reformas sociales. Las mejoras en carreteras, puertos, abastecimiento de agua, edificios públicos e infraestructuras municipales marcaron las líneas de actuación durante el lustro republicano en las Islas, donde se perseguía un aumento de la competitividad económica. Con la llegada de la guerra civil, buena parte de estos proyectos quedó paralizada, dado que se reorientaron recursos hacia las necesidades militares, primero, y hacia la autarquía franquista, después.

Una foto de Walter Oscar Jablonovsky datada en 1936, de un paseo por el camino largo de La Laguna (colección José A. Pérez Cruz). / FEDAC
De hecho, el propio Macías define este periodo como «el calvario autárquico en versión isleña», haciendo referencia al impacto que sufrió Canarias, cuya economía ha dependido históricamente de las exportaciones: «La dictadura no solo cerró las instituciones democráticas; cerró también durante décadas una economía acostumbrada a mirar hacia el Atlántico». En este sentido, la importancia de los puertos, el comercio marítimo internacional y la entrada de capital extranjero, sobre todo británico, venían marcando un modelo económico canario que terminó siendo sustituido progresivamente por la autarquía. Y es que si bien no se suprimieron por completo en un inicio, la política económica franquista impuso numerosos controles sobre las importaciones, limitó el comercio exterior e incrementó la intervención administrativa. El arqueólogo e historiador A. José Farrujia de la Rosa, en su libro Arqueología y franquismo en Canarias. Política, poblamiento e identidad (1939-1969) explica que «el excesivo intervencionismo gubernamental en los asuntos económicos produciría (...) la suspensión del régimen puertofranquista y la sustitución del capital europeo por el peninsular».
El modelo territorial republicano para Canarias
Entre las propuestas y reformas que a los gobiernos republicanos no les dio tiempo de ejecutar se encontraba un primer proyecto de estatuto de autonomía para Canarias. El debate sobre la organización territorial de las Islas ya estaba marcado por la fragmentación insular. Y es que la Constitución de 1931 había abierto el camino para que las distintas regiones pudieran convertirse en autonomías mediante la elaboración de un estatuto. En el Archipiélago, con el triunfo del Frente Popular en las elecciones, surgieron dos vías para crear un estatuto: de un lado, mediante el republicano Ramón Gil Roldán, presidente saliente de la Mancomunidad Provincial Interinsular de Santa Cruz de Tenerife; de otro, a través del Colegio de Agentes Comerciales de Las Palmas. Poco después, las mancomunidades provinciales de Las Palmas y Santa Cruz de Tenerife realizaron una nueva propuesta formal de Estatuto, donde ya se hace mención a la capitalidad compartida.

El maestro republicano Enrique Caro, con alumnos de Jinámar (Telde, Gran Canaria) en el año 1934. / FEDAC
Según Santana, ese primer proyecto formal ya planteaba la creación de diputaciones con una diputación regional como órgano superior, inspiradas en los estatutos vasco, catalán y gallego. Además, ya se discutían iniciativas como una asamblea regional elegida por sufragio universal y la idea de presidencia rotatoria, similar a lo que acabaría viendo la luz casi 50 años más tarde. En 1982, el Estatuto de Autonomía que hoy rige Canarias bebió de varias ideas ya esbozadas cinco décadas antes. El reconocimiento de la identidad canaria, el derecho al autogobierno, las competencias autonómicas, la representación equilibrada de todas las islas, la defensa de las singularidades económicas y territoriales y hasta el impulso de la cultura y la educación canarias ya formaban parte del eje vertebrador del proyecto de 1936. Al margen del contenido formal, la principal diferencia entre ambos fue el marco político que impidió que el primero se desarrollara y permitió que el segundo prosperase tras medio siglo en el cajón.
Tras la II Guerra Mundial, mientras la dictadura franquista abocaba al país a una supresión de derechos civiles, Europa daba pasos firmes hacia la consolidación de los estados democráticos, el sistema de bienestar y la ampliación de derechos sociales. Canarias, junto al resto del país, quedó al margen de esa nueva ola aperturista durante más de 38 años. El antropólogo y coordinador del Museo de Historia y Antropología de Tenerife, Fernando Estévez, llegó a decir que «la dictadura intervino en la forma en que los canarios podían imaginar quiénes eran y de dónde venían». Porque la historia que Canarias nunca pudo conocer no es solo aquella que se destruyó, sino la que nunca sucedió.

Escuela mixta de Ariñez, en Gran Canaria, en una imagen datada entre 1930 y 1935. / FEDAC / Colección de la Casa de Colón
Del derecho al voto a la alfabetización
La Segunda República sacó a las mujeres de las casas para convertirlas, por primera vez, en ciudadanas de pleno derecho. El sufragio femenino cristalizó en las elecciones del 23 de abril de 1933. Tras esos comicios, algunas mujeres llegaron a ocupar el bastón de mando en varias alcaldías canarias. Baldomera García, natural de Tacoronte y maestra en Ravelo, fue la primera edil de El Sauzal. No mucho después le seguirían Juana González en Granadilla de Abona o Juana García, en Artenara.
Parte de ese éxito democrático reside en las mejoras de las tasas de alfabetización femenina. La presencia de las mujeres en los centros educativos de las Islas llegó al 27% en el curso 1932-1933, mientras que a comienzo de los años veinte apenas rozaba el 15%. Sin embargo, la dictadura empleó numerosas técnicas de borrado y reeducación de la sociedad republicana, en especial con las mujeres. En el artículo Maestras en el punto de mira, publicado en la provincia y El Día, el profesor e historiador Sergio Millares apunta que la represión contra las maestras fue especialmente importante: «La mitad de los más de 1.300 maestros y maestras en las Islas al inicio de la guerra fueron depurados; de ellos, el 38% eran mujeres».
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