Por qué el fútbol es lo más importante del mundo

Por qué el fútbol es lo más importante del mundo / LP / ED
1.Porque se trata de ganar, como en la sabana africana o en Wall Street. El fútbol representa el desmentido más rotundo a una de las más cursis máximas olímpicas: «No se trata de ganar, sino de competir». En el fútbol el único sentido de competir está precisamente en ganar, aunque los más delicados admiten que se puede ganar jugando bien o jugando mal. Pero, al fin y al cabo, perder jugando bien es una paradoja indefendible para cualquier profesional o aficionado al fútbol. La inmensa mayoría de los grandes entrenadores saben que ganar es lo único importante. Bilardo despreciaba «jugar bonito» y aseveraba que «el fútbol es ganar y solamente ganar». «¿De qué sirve jugar bonito si quedas el segundo? El segundo tras el ganador es el primero de los perdedores». Es lo que decía Luis Aragonés: «Del segundo no se acuerda nadie». Mouriño sostiene que el que se conforma con perder porque jugó vistosamente está aquejado de algún trastorno psicopatológico. El maestro Rafael Sánchez Ferlosio abominaba del deporte, pero especialmente del fútbol, porque, en efecto, es pura «redundancia de la victoria». El fútbol sería una suerte de fascismo muscular basado en «la subordinación, el gregarismo y la confrontación de identidades». En general, para Sánchez Ferlosio, cualquier voluntad suprema de victoria merece la sospecha. También cabe recordar (y es casi un argumento) que el único ejercicio que hizo Sánchez Ferlosio en toda su vida fue pasear por El Retiro.
El fútbol nos permite vivir durante algunas horas - y bajo cierta contención marcada por un orden reglamentario - sentimientos desaforados que generalmente no nos concedemos en nuestras vidas cotidianas, pero que forman parte de un sustrato ideológico - a veces mitológico - al que no sabemos renunciar. Y al contrario: el fútbol es verdad. La solidaridad, el compromiso, la cooperación son valores consagrados, pero lo que vemos diariamente es que en nuestras sociedades posdemocráticas el ganador se lo lleva casi todo y el perdedor no le dejan casi nada. En la competición futbolística ruge esa verdad cruel y exaltante: solo queda vivo en la memoria el ganador porque incluso el desprecio hacia el perdedor es fugaz. Arthur C. Clarke tiene un cuento (titulado Un ligero caso de insolación) en el que una selección nacional descubre en pleno partido que su oponente, que es el visitante, ha sobornado al árbitro, quien les ha pitado varios penaltis. Los espectadores chillan de rabia. Entonces se pasa al plan B: entre los partidarios del equipo local (la mayoría de los que están sentados en el estadio) se reparten programas de mano impresos en papel metálico curvado. A una señal todos apuntan los programas hacia el sol y los rayos se concentran en un haz que carboniza al árbitro, reducido a un montón de cenizas humeantes en el centro del campo. Así se hace justicia y se gana el partido.
2. Porque nos permite ser nosotros contra ellos sin autocensura. Es uno de los sentimientos innobles más intensos cuya liberación lleva a lo particularmente reconfortante: el fútbol como elemento cohesionador - incluso galvanizador - de una identidad colectiva. Una identidad en lucha, por supuesto, por la victoria incontestable que consagra su pureza, su valor, su vitalidad. También es cierto es que no siempre la identidad se proyecta como una triunfal voluntad de victoria. También se juega una épica de la resistencia y no se renuncia a la self pity. El Atlético de Madrid representa esa épica resistencialista con perfume proleta que sabe que tras mil derrotas les espera una victoria zurcida con orgullo, dignidad, disciplina, al igual que tras mil ukases del zar llegó a revolución. Un caso todavía más notable está representado por equipos como el Club Deportivo Tenerife, que nacieron para sufrir instalados en la mediocridad y recuerdan una racha de victorias gloriosas durante más de treinta años. El himno del CD Tenerife recuerda la victoria final porque entretanto casi no se produce ninguna. Uno de los aspectos más aleccionadores del patriotismo futbolero -el equipo como entidad mística que encarna a una ciudad, a una región, a una nación- es que ha superado la transformación de la competición futbolística en una actividad altamente profesionalizada y técnicamente muy estructurada, una industria multinacional particularmente sórdida, tramposa y mafiosa que mueve cada año muchos miles de millones de dólares (alrededor de medio billón según el New York Times). La FIFA -como las cadenas de televisión y los publicistas -se ha puesto las botas en este Mundial: un negocio de más de 41.000 millones de dólares. Todo este fabuloso tinglado se sostiene sobre la ficción de unos equipos que prodigiosamente representan a cada país, no administrativa, sino histórica, psicológica, emocionalmente. Es una fantasía delirante pero extremadamente resilente. La fe en los colores sustituye cualquier juicio crítico, perdona cualquier miseria o escándalo. Jesús Gil presidió el Atlético más de quince años. Por mencionar de nuevo al CD Tenerife, todavía está reciente la turbia memoria de un presidente que siguió siéndolo cuando ya estaba empapelado en los juzgados por estafa. Nadie jamás le preguntó a la cara si no consideraba que estaba obligado moralmente a dimitir. Se tomó todo el tiempo del mundo para organizar su catastrófica sucesión y se fue tan tranquilo a casa. Se podrían poner ejemplos muy cercanos pero no tengo abogado. Somos nosotros contra ellos y todo lo demás queda supeditado al apotegma, mejor dicho, al sentimiento. El fútbol es invariablemente una debacle sentimental. Si un canalla paga las facturas para que continúe el simulacro se acepta y basta. Muy recientemente Gregorio Luri recordaba que según Water Lippman el ciudadano medio se comporta política y electoralmente como un hooligan. «Está mucho más interesado en el triunfo de su equipo, de su partido, que en el disfrute imparcial del juego». El profesor Luri concluye muy razonablemente: «O sea, que el fútbol sería la política al desnudo».
3. Porque no es completamente previsible. Es otra característica que funde al fútbol con la vida real, con la experiencia cotidiana, con una incontrolable clave de la existencia de cualquiera: la suerte. En las vísperas del Mundial de Fútbol circulaba cierto consenso que apuntaba que en cuartos de final estarían España, Inglaterra y Argentina. Y así ha sido. Pero nadie pudo adelantar que los españoles no pudieran ganar a Cabo Verde, debutante en el Mundial, por más que la Roja -así la llaman- haya acostumbrado a sus seguidores a perder la mayoría de sus primeros partidos en esta competición. «Se ha cumplido la maldición», le escuché a un locutor de la Cope en un tono de seriedad funeraria. La historia del balompié está repleta de sorpresas mayúsculas, que a veces se concentran en un minuto de partido, como si en un minuto te doliera la espalda, acudieses a tu médico de familia, te derivase a un especialista, te detectaran un tumor, te despidieses de los tuyos y la palmaras. Todo en un vertiginoso instante donde la suerte acaba con tu equipo y con los anhelos de miles o millones de personas. En los anales de la Copa del Mundo está ese partido entre Estados Unidos e Inglaterra en 1950. Los yanquis derrotaron a los ingleses uno a cero. Todos los jugadores estadounidenses eran amateurs. Algunos incluso se abstenían de entrenar todas las semanas. Pero marcaron y agarrotaron a sus adversarios y cuenta la leyenda que después se cogieron una borrachera monstruosa. En 1990 Camerún derrotó a Argentina y defendió su único gol con una fiereza que pone la piel de gallina. Los últimos minutos los cameruneses jugaron con solo nueve jugadores. En el 2002 Senegal, en el partido inaugural del Campeonato, le ganó a Francia, entonces campeona mundial, también uno a cero. En el plantel francés jugaban entonces figuras como Zinedine Zidane, Thierru Henry, David Trezeguet o Fabien Vieira, lo que no sirvió para nada. En ese Mundial de 2002 no solo perdieron frente a Senegal. También fracasaron ante Dinamarca y solo lograron empatar con Uruguay cero a cero. La selección francesa, una de las favoritas, se marchó a casa sin marcar un miserable gol. Por mencionar otro acontecimiento improbable, en la Eurocopa de 2016 la modestísima Islandia le ganó a la selección inglesa, cuajada de jugadores con contratos millonarios, y los echó así en octavos de final. Porque muy de tarde en tarde - una mínima frecuencia suficiente - el fútbol también ofrece eso a sus consumidores: la derrota de los (equipos) ricos a manos de los (equipos) pobres. Pequeñas y breves viñetas que parodian una lucha de clases en pantalones cortos y camiseta.
4. Porque la belleza inmediata y pragmática del fútbol está al alcance de todos. El fútbol contiene momentos de belleza física donde se concilian habilidad gimnástica, precisión mental y física y ritmo. Pero teniendo claro (de nuevo) que esa belleza forma parte de un continuum hacia el gol. La belleza gratuita, la belleza en sí misma, es completamente ajena al fútbol. Una jugada hermosa está siempre al servicio de meter la pelota en la puerta del contrario, y todos lo demás son florituras bobaliconas y superfluas. Los mejores goles -es decir, aquellos que deslumbran por la precisión, inteligencia y belleza de su ejecución- son eso, goles inmaculados, y no hay quien defienda la hermosura de un tiro al fondo del campo. En el fútbol la belleza consiste en maximizar con creatividad la eficacia. Los goles de Diego Maradona a Inglaterra en 1986, el tanto de Lionel Messi ante el Getafe (2007), el de Roberto Carlos a Francia (1997) y la chilena de Cristiano Ronaldo a la Juve (2018) están considerados entre los mejores de la historia. Conviene recalcar que estas proezas técnico-deportivas necesitan perentoriamente ser narradas. A cada gol, a cada momento de este primor fugaz y pragmático, le urge ser dramatizada, adjetivada, narrada, enfática y exageradamente narrada, y si se quiere poner un ejemplo valga el relato que del mencionado gol de Maradona hizo el periodista uruguayo afincado en Argentina Víctor Hugo Morales: «¡Goooooool… Gooooool…! ¡Santo Dios, viva el fútbol!… Es para llorar, perdónenme… La mejor jugada de todos los tiempos. ¡Oh, barrilete cósmico! ¿De qué planeta viniste? ¿De dónde viniste para dejar tantos ingleses de lado, para que el país sea un puño apretado gritando por Argentina? ¡Diegol, Diegol, Diegol! ¡Gracias Dios! ¡Gracias por el fútbol, gracias por Maradona, gracias por este prodigio!» La universalidad de la belleza futbolística reside ahí: es la culminación de una victoria frente a un rival. Un soneto, un cuadro, una sinfonía o una película no ganan ningún combate, no añaden placer estético a un triunfo competitivo. La belleza del fútbol reluce como el pan de los milagros: una humildad que se reparte entre todos, que para todos alcanza y que todos pueden saborear.
5. Porque el fútbol es fútbol. Siempre se cita jocosamente la frase del entrenador serbio Vujadon Boskov, pero tal vez encierre una gran verdad ontológica. El fútbol no permite ningún reduccionismo y forma parte de la estructura emocional de cientos de millones de individuos en todo el mundo. Mejor dicho: confirma y legitima la estructura emocional de cientos de millones de personas en todo el mundo. Es simultáneamente un juego, una ideología identitaria, una cultura de la distracción y el consuelo y un negocio truculento que no ha pervertido un deporte: lo ha hecho más atractivo, más seductor y más canalla, con el entusiasma del público. Para muchos sirve también para sentirse alguna vez por encima de la vida o, al menos, para medirla. «La vida», escribió en algún sitio José Luis Garci, «es lo que ocurre entre un Mundial y el siguiente». Fue Bill Shankly, por supuesto, quien lo dijo mejor: «Algunas personas creen que el fútbol es una cuestión de vida o muerte. Estoy muy decepcionado con esa actitud. Les puedo asegurar que es mucho, mucho más importante que eso». Durante el fútbol todo, absolutamente todo, queda en suspenso, salvo el propio fútbol, exactamente igual que nada puede resistir a la atracción gravitacional de un agujero negro. El fútbol lo atrapa todo, incluidas sus contradicciones como espectáculo hipermercantilizado, pero siempre llegará un gol para redimirlo.
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