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El país que cabe en un balón

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El país que cabe en un balón / LP / ED

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Juan Ezequiel Morales

España gana porque, durante noventa minutos, cuarenta y nueve millones aceptan ser representados por once hombres. Una selección representa la imagen momentánea de lo que ese país cree ser, teme ser o desea llegar a ser. La victoria futbolística fabrica durante unas horas un sujeto colectivo que normalmente no existe, y millones de individuos dicen simultáneamente «hemos ganado», aunque ninguno haya tocado el balón. Ese «nosotros» emergente enlaza perfectamente con una tesis general sobre un superorganismo que nos sobrevuela, o un Ser Superior que está en el origen de nuestras reacciones inconscientes.

Si nos ceñimos a los grandes títulos de la selección masculina absoluta, el reparto político puede parecer irónico. En 1964 se ganó la Eurocopa con Francisco Franco, en 2008 se volvió a ganar gobernando el PSOE con José Luis Rodríguez Zapatero, en 2010 se ganó el Mundial con el mismo gobierno y presidente, en 2012 se ganó la Eurocopa con gobierno del Partido Popular y presidente Mariano Rajoy, en 2023 se ganó la Liga de las Naciones y en 2024 se volvió a ganar la Eurocopa, con gobierno del PSOE y presidente Pedro Sánchez, y ya en 2026 estamos ante un nuevo evento en el Mundial.

La conclusión es que, a pesar de que pareciera que la izquierda juega mejor que la derecha, los triunfos deportivos pertenecen al Estado mientras sus dividendos emocionales los cobra provisionalmente el Gobierno de turno.

Franco convirtió la Eurocopa de 1964 en una victoria política sobre la Unión Soviética, Zapatero recibió el ciclo prodigioso iniciado en 2008 y culminado en Sudáfrica, hasta el punto en que, en abril de 2009, tras una remodelación de su gobierno, el entonces presidente asumió personalmente la gestión deportiva nacional. Rajoy heredó en 2012 una máquina futbolística fabricada durante el Gobierno anterior, y Sánchez ha podido aparecer junto a las selecciones masculina y femenina en una nueva época de éxitos. La secuencia demuestra que el poder no crea al campeón, pero se coloca rápidamente debajo de su balcón.

Existen incluso investigaciones sobre este efecto. El conocido estudio de Andrew Healy, Neil Malhotra y Cecilia Mo (PNAS, 6 julio 2010, Irrelevant events affect voters’ evaluations of government performance), encontró que determinadas victorias deportivas inmediatamente anteriores a unas elecciones podían aumentar alrededor de 1,5 puntos el voto del incumbente, aunque investigaciones posteriores han cuestionado que el fenómeno sea universal. La hipótesis sigue siendo que el elector sabe que el Gobierno no ha marcado el gol, pero la alegría modifica temporalmente su valoración del mundo y beneficia a quien ocupa el poder, y sólo hay que ver cómo la euforia de los últimos goles ganadores transforma el rostro de los espectadores como si se tratara de los videntes de la Virgen de Garabandal. Es la metonimia política del fútbol, gana España y, durante unas horas, parece que también funciona España.

Juvenal denunció que el pueblo romano había renunciado a la intervención política a cambio de trigo y espectáculos, Panem et circenses, y la expresión le viene como un guante al fútbol cuando este sirve para tapar corrupción, desigualdad o incompetencia, pero reducirlo enteramente a narcótico sería quedarse corto.

El fútbol es simultáneamente Panem et circenses, o sea, distracción administrada por el poder, y ritual durkheimiano o producción de «efervescencia colectiva», y es, asimismo, una guerra reglamentada en la que se combate sin exterminar al enemigo, una liturgia secular con himno, colores, escudo, héroes, mártires y relato de salvación. En suma, un simulador de la vida, que es azar, mérito, injusticia, belleza, derrota y muerte simbólica.

La política procura apropiarse del fútbol porque durante noventa minutos este consigue lo que ningún parlamento logra, cual es que personas enfrentadas por clase, territorio, ideología y religión reaccionen como un solo cuerpo. Pero, amigos, ese cuerpo es intermitente, y tras la final, el Ser Superior nacional se disuelve y sus células vuelven a insultarse en las redes sociales.

Existe un curioso fenómeno futbolístico que es la denominada ola. En la ola nadie abandona su asiento ni recorre físicamente el estadio, cada espectador solamente se levanta y vuelve a sentarse y, sin embargo, una forma reconocible viaja sobre todos ellos. Es como una entidad sin materia propia, que vive únicamente en la coordinación de sus componentes. En el número 419 de la revista Nature (2002), Illes Farkas, Dirk Helbing y Tamas Vicsek, publicaron Crowd behaves as excitable media during Mexican wave, donde estudiaron catorce olas en estadios (la primera se popularizó en México en 1986) y demostraron que bastan unas pocas decenas de espectadores para desencadenarlas. La ola suele avanzar aproximadamente a veinte espectadores por segundo y se comporta como un «medio excitable», concepto tomado de la física y de la biología. La ola no está en ningún aficionado, pero existe gracias a todos, es una forma colectiva que usa cuerpos individuales como el pensamiento usa neuronas, y durante unos segundos, el estadio piensa con los espectadores. En el último partido España-Francia importaba poco que hubiera o no ola en las gradas porque toda España era ya la ola.

Jorge Valdano no es filósofo académico, pero sí fue uno de los grandes pensadores literarios del fútbol, y su idea central puede resumirse como que el fútbol es un juego, pero reproduce comprimidas las grandes fuerzas de la existencia, y a él se le atribuyen frases como: «El fútbol es lo más importante de las cosas menos importantes», o «el fútbol no es la vida, pero es un gran simulador de la vida». Valdano permitió introducir una oposición excelente, la de ganar frente a jugar, eficacia frente a belleza, y resultado frente a estilo. No basta con vencer sino que una selección quiere reconocerse en la manera de vencer, y España se enamoró en 2010 de su modo, su estilo, el de posesión, paciencia, inteligencia espacial, y la pelota por encima de músculo, un estilo que proporcionó una narración nacional, la de que la España acomplejada y furiosa se imaginó por fin inteligente, serena y cooperativa.

Respecto al juego hay, cómo no, definiciones filosóficas más complejas y certeras como cuando Johan Huizinga describe al ser humano como Homo ludens, y llega a afirmar que la cultura no empieza después del juego, sino que nace jugando. O el sociólogo Norbert Elias, especialista en observaciones domésticas, que consideró el deporte como mecanismo civilizador mediante los cuales la violencia se somete a reglas. O el también sociólogo Émile Durkheim, que definió el fenómeno de la ‘efervescencia colectiva’ del estadio.

Ahora bien, ¿los equipos reflejan a sus países? Los reflejan como construcción histórica. La España de 2010 simbolizaba coordinación, paciencia y dominio técnico. La de 2026 parece más vertical, joven y mestiza, conserva el cerebro asociativo, pero añade velocidad, desborde y jugadores que encarnan una España demográficamente nueva.

Francia encarna una historia distinta, la del imperio colonial y sus consecuencias, la inmigración procedente de las antiguas colonias, las periferias urbanas y un modelo republicano de ciudadanía que todavía encuentra dificultades para incorporar simbólicamente toda su diversidad. Mariano Rajoy escribió que Francia disponía de una plantilla de «un altísimo nivel, eso sí, sin franceses», y la Embajada de Francia replicó que los veintiséis convocados poseen la nacionalidad del país y que veintitrés de ellos nacieron en territorio francés. Tomada literalmente, la afirmación del expresidente se entiende como provocación, pero permite abrir una discusión mucho más compleja sobre qué significa hoy ser francés y hasta qué punto la identidad cultural coincide con la ciudadanía jurídica. El debate atraviesa el fútbol galo desde que Zinedine Zidane, Lilian Thuram, Marcel Desailly o Patrick Vieira conquistaron en 1998 la primera Copa del Mundo para Francia. Aquel equipo, integrado en buena medida por hijos o nietos de inmigrantes procedentes de antiguas colonias, fue celebrado bajo la fórmula black-blanc-beur (negros, blancos y magrebíes) como la demostración deportiva de que la integración republicana funcionaba. Sin embargo, aquella lectura nunca fue unánime y Jean-Marie Le Pen, entonces dirigente del Frente Nacional, sostuvo que el equipo no representaba verdaderamente al país y denunció que se trajera a jugadores «del extranjero» para bautizarlos después como selección francesa. Casi tres décadas más tarde, las palabras de Rajoy han reactivado la misma disputa, y el comentario ha provocado numerosas reacciones, como la de Aurore Bergé, ministra delegada para la Igualdad entre Mujeres y Hombres y la Lucha contra la Discriminación, o la de Fabien Roussel, secretario nacional del Partido Comunista Francés, que reclamó una condena pública del expresidente español y relacionó su artículo en El Debate con los insultos racistas dirigidos contra Kylian Mbappé por una senadora paraguaya, siendo que estas últimas declaraciones motivaron que la Fiscalía de París abriera una investigación por presuntas «injurias públicas agravadas». El problema planteado por Rajoy, por tanto, no desaparece con la indignación que han causado sus palabras, permanece la pregunta de si Francia reconoce plenamente como propios a los ciudadanos que la representan o si continúa contemplando a una parte de ellos como extranjeros incluso después de haber nacido, crecido y triunfado bajo su bandera. Pero una cosa es poseer nacionalidad francesa y otra que la transformación demográfica no produzca desplazamientos culturales, resistencias, beneficiados y perjudicados. La inmigración no es únicamente una ampliación beatífica de la diversidad, pues también altera equilibrios demográficos, símbolos, costumbres y relaciones de poder, y puede considerarse positiva, negativa o inevitable, pero no inocua.

Entretanto vemos que Ousmane Sonko, presidente del Parlamento de Senegal, antes del Francia-Senegal afirmó que «África vencerá a África», y no pasó nada.

Rajoy vio correctamente el síntoma y diagnosticó mal la enfermedad, pues podríamos observar que Francia no juega sin franceses, sino que juega con los franceses que la vieja Francia todavía no ha aprendido enteramente a reconocer. La selección revela que esa identidad ya ha cambiado.

Viniendo a España pasa algo parecido, pero en un orden más incipiente, y Lamine Yamal nació en Esplugues de Llobregat, creció en Cataluña, es hijo de padre marroquí y madre ecuatoguineana y eligió representar a España. La presión identitaria procede en buena medida de Marruecos, de donde el presidente de su Federación llegó a decir: «No conozco a ningún español que se llame Jamel», cuestionando implícitamente su elección. Si Lamine marca para España y todavía preguntamos de qué país es, el problema es que hay que cambiar la idea de España.

Aquí, pues, es donde encontramos, de nuevo, la observación de Valdano: «El fútbol no es la vida, pero es un gran simulador de la vida». Y así lo vemos reflejado en los colores y religiones y agnosticismos y culturas de cada una de las selecciones, lo que indica que vamos a un mundo sin fronteras, donde todos somos los mismos. Y ¿entonces qué? Que si todos somos iguales y no hay fronteras, pues no hay países para jugar una final del Mundo, y se acabaron los problemas. Es la contradicción fundamental del internacionalismo futbolístico, la FIFA celebra la fraternidad universal, pero su gigantesco negocio necesita fronteras, banderas, himnos y diferencias nacionales, y si todos fuéramos realmente intercambiables, no habría Mundial, habría solamente veintidós empleados de clubes multinacionales corriendo detrás de una pelota.

En fin, cuando España juega una final sucede algo extraordinario, que nadie pregunta al desconocido que tiene al lado a quién vota, dónde nació ni qué lengua habla en su casa. Se abrazan, gritan y, durante unos minutos, desaparecen las españas incompatibles y aparece esa criatura que solo existe de tarde en tarde, cuando millones de gargantas pronuncian el mismo grito. Después regresarán las querellas, las fronteras y las identidades heridas. Puede que España gane o puede que pierda, pero durante esa noche ha cabido entera en un balón simbólico.

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