El Risco de San Nicolás, paraíso de los callejones de Canarias
Esta popular zona de Las Palmas de Gran Canaria concentra decenas de calles, callejones y escalinatas que parecen trasladar a la población a la trama urbanística de una ciudad medieval. La cantidad de vías estrechas que se concentran en él podrían asemejarlo a un barrio de Guinnes

Confluencia de varias escalinatas en el Risco de San Nicolás. / Tony Hernández

El Risco de San Nicolás, o simplemente El Risco, se podría considerar casi una ciudad dentro de otra ciudad, no obstante los orígenes y evolución de este barrio y el resto de Las Palmas de Gran Canaria haber seguido caminos muy diferentes.
Podemos afirmar que, en lo referente a las distancias hasta el centro neurálgico de la capital de la provincia, El Risco se encuentra a apenas unos cientos de metros de Vegueta, de Triana, de San Telmo e incluso de la calle Tomás Morales. Si bien eso es cierto, no lo es menos que la historia de este barrio lo ha hecho entrar en el listado de los lugares menos deseables para vivir de toda la urbe. En ello jugaron un papel manifiesto aquellas décadas pasadas -años 70, 80 y 90- en los que la heroína, los robos y algunos asesinatos terminaron por marcar al lugar, aparentemente para toda la eternidad, como uno de los más indeseables para residir, e incluso para pasear por sus calles.
Esas décadas de delincuencia, violencia, miseria, pobreza y peligrosidad ya no son lo que fueron, afortunadamente, dejando entrever lo que la zona siempre fue desde que comenzaron a levantarse las primeras viviendas, ya hace siglos, el lugar de residencia de muchas de las familias con menos ingresos de toda la ciudad.
El barrio siempre se consideró uno de obreros, de la clase trabajadora, concentrándose en un limitado espacio innumerables viviendas, la inmensa mayoría auto construidas por los dueños con sus propias manos. Antes, como ahora, el valor del suelo y de las casas de la zona son de los más bajos de toda la capital, pudiendo afirmar que dicha circunstancia también tiende a dar continuidad a que sirva de residencia de unas personas con recursos limitados, sin que ello conlleve colgarles el ‘san benito’ que ya durante demasiado tiempo les ha tocado llevar.
Para cualquiera que se adentre por primera vez o por quinta en la zona todo le parecerá un tremendo caos, un inmenso laberinto, del que sabes por donde entras, pero sin saber a ciencia cierta por donde encontrarás la salida, pues al cuarto o quinto giro ya puedes estar completamente perdido. Al tratarse de un barrio que aparentemente pierde población, y a los pocos o ningún vecino que te puedes encontrar en el recorrido, la cosa puede complicarse a la hora de hallar la salida -al no encontrar a quién preguntar por la manera de salir-, y en ello el móvil no siempre puede ayudar.
Aunque no es mucho lo que se ha escrito acerca de los orígenes históricos del barrio, podemos resumirlo en un débil y progresivo asentamiento de familias humildes: población llegada del interior de Gran Canaria, de las vecinas Lanzarote y Fuerteventura, esclavos libertos y descendientes de esclavos, pescadores, excluidos sociales, criados de las familias pudientes de Vegueta. No obstante, contamos con documentos que señalan que ya a finales del siglo XVI comenzaron a aprovecharse las entonces numerosas cuevas naturales de la ladera, empezando a incrementarse su población de modo paulatino. Con el transcurso del tiempo llegamos a las primeras décadas del siglo XIX en las que ya se habla de casi 3.000 habitantes, situados casi todos entre los más pobres de la ciudad.
La construcción del barrio no partió de ninguna planificación urbanística, todo lo contrario, se aprecia una auténtica anarquía, fruto de lo que ha nacido de una red viaria medieval o pseudomedieval.
Ello ha supuesto contar con una «ciudad medieval» a pesar de no ser medieval, pues el mayor crecimiento se puede situar en los siglos XVIII, XIX y XX, estableciéndose ya desde entonces los espacios donde construir era viable y la necesidad de dejar libre algunos espacios para poder permitir el paso de personas y bestias, pero sin pensar en ese entonces lo que la irrupción de los automóviles supondría. El resultado de todo ello ha dado lugar a una organización realmente caótica en la que los coches no pueden apenas acceder, siendo la mayor parte del barrio peatonal, no por deseo expreso, sino por la imposibilidad de circular vehículos por las innumerables escaleras y callejones de la zona.
Acerca de estas vías estrechas, los callejones, podemos decir, sin temor a equivocarnos, que El Risco de San Nicolás puede coronarse como el paraíso de los callejones de toda Canarias, e incluso situarse entre los lugares de toda España con mayor número de estos evocadores lugares de tránsito.
Cuando visitas una o dos veces el barrio todo parece un laberinto casi inverosímil, no podrían decir lo mismo los vecinos, que de tanto andarlo deben haber encontrado cierta lógica a todo ello.
Pero centrándonos en el particular aspecto de los callejones, no he podido dejar de considerar su elevado número, los muchos que ascienden en cuesta o con la presencia de escaleras, pero señaladamente la gran estrechez que presentan algunos. Generalmente se habla de callejones al hablar de vías de tres metros de ancho, de dos, e incluso de un simple metro, lo que ya podemos considerar extremos, si bien para el caso español no existe una anchura exacta que delimite el paso de calle a callejón.
Tras dos excursiones con alumnos de bachillerato, arrancando desde Las Rehoyas para llegar a Triana y Vegueta, visitando un barrio excepcional y completamente desconocido para la mayor parte de la sociedad canaria, el que escribe se percató de muchas cosas. De entre todo, lo que más captó mi atención fue la abundancia de callejones, la estrechez de los mismos, el significativo número de estos que se encuentran bloqueados y la posibilidad de que en este barrio se puedan localizar las vías más estrechas de Gran Canaria, de toda Canarias, de España -extremo este ya comprobado-, pero es que, quizás, con algunas horas de trabajo de campo y entrevistas de los mayores del lugar, ¿quién nos dice que no podríamos encontrar entre toda esa maraña de viviendas, callejones, pasajes, canalizos uno que se sitúe en un ancho inferior a 29 centímetros? Ello supondría situar a algunos de los callejones del barrio como la vía más estrecha del mundo.
De momento se han localizado callejones con anchos de 47, 45, 43 y hasta de 37 centímetros en sus puntos más angostos. Directamente eso supone contar con un récord nacional, pero la idea es seguir ahondando hasta dar con el «santo grial», un estrecho callejón que, accesible o bloqueado en el pasado, permita traernos un récord Guinnes mundial para Gran Canaria, más concretamente para el denostado, pero con muchísima personalidad, barrio de El Risco de San Nicolás.
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