Azul atlántico
Juan Avello, un magistrado valiente y justo
El nuevo presidente del TSJC, que ha construido una familia ejemplar en las Islas, destaca por su inteligencia, sencillez y corazón de oro

Ramón Avello, Juan Avello Formoso, Trinidad Formoso y Guillermo Cué Avello. / Andrés Cruz
Conocí a Juan Avello hace 17 años en el restaurante Asturias, en la calle Capitán Lucena de Las Palmas de Gran Canaria, donde nos había convocado su colega y amigo César García Otero, con motivo de la celebración de El Desarme, fiesta gastronómica ovetense que Berta Morán organizaba con gran alarde de generosidad. Desde entonces he contemplado su admirable crecimiento personal y profesional desde cerca. Mi admiración tiene los elementos que definen una verdadera y sincera amistad.
El jueves asistimos a la jura de Juan Avello como presidente del Tribunal Superior de Justicia de Canarias (TSJC), con un emotivo recuerdo de César García Otero, imborrable en el libro de oro de la amistad. Pocas veces se ha visto la sede judicial de Vegueta tan abarrotada, con multitud de amigos, magistrados, fiscales, abogados, procuradores, personal de Justicia y autoridades. Era una ocasión excepcional.
Aunque presentar ahora al excelentísimo señor es tarea innecesaria, no está de más subrayar que este magistrado, nacido en Oviedo en 1975, reside desde hace veinte años en Canarias, donde además de su carrera profesional, ha construido una familia ejemplar, con su esposa Tatiana Quintana y sus hijos Sara, Alejandra y Juan. El nuevo presidente del TSJC es de esas personas cuya inteligencia no le impide ser sencillo hasta casi ser humilde. Tiene un cerebro bien organizado con un corazón de oro.
Desde aquel lejano octubre inicial, he podido conocer la manera de ser de quien se ha comprometido a servir a la ciudadanía de Canarias como máxima autoridad judicial en las Islas, y hemos podido confirmar, este tiempo, tanto en las alegrías como en las tristezas, más en la alegría, todo sea dicho, la inmensa valía, el carácter y la generosidad que ha acreditado en su vida personal y profesional.
Juan Avello es un caballero, divertido, agradable, estudioso y buen conversador. Quienes trabajan a su lado, como comprobamos el jueves junto al personal del Juzgado de Primera Instancia número dos de Las Palmas de Gran Canaria, dan fe de su exquisito rigor en el ejercicio de su labor tanto en la judicatura como en la universidad. Y con todo ello, en la mejor escuela de su maestro García Otero, la dedicación profesional no le impide disfrutar de la vida.
Tiene defectos, como todos, pero Juanín, como cariñosamente le identifican sus amigos junto a Juanes más veteranos, intenta ser una persona íntegra, honesta y confiable. Muchos de los que le conocemos creemos que lo ha conseguido y el voto de sus compañeros en la judicatura para elevarle a esta dignidad también lo acredita.
Es un luchador y un componedor, con una mano izquierda, como el mejor de los toreros. Moderno y tradicional, persona dialogante, pero de firmes convicciones, con iniciativa personal para liderar, y capacidad para escuchar y cambiar de opinión.
Personalmente, es cálido y entrañable en las distancias cortas. Es buen amigo y leal compañero, generoso en el trato y firme en sus afectos.
En el ejercicio de sus funciones ya ha acreditado que cumple con su deber. Su preparación es sólida y, como todo buen jurista, es una persona cultivada y amante del saber. Dos generaciones familiares de jueces, su padre y un sobrino, le arroparon en la solemne jornada de la toma de posesión de su nuevo cargo en la que, con emoción y gratitud, juró lealtad a la Corona y dio gracias a Dios por ser un hombre afortunado; y a su padre y a su madre, por haberle enseñado a ser mejor persona.
Aunque Asturias es un territorio periférico, pequeño y aislado durante siglos, los asturianos dedicados a las leyes en sus diversas formas (políticos, magistrados, profesores, abogados, fedatarios públicos y otros) han sido centrales y decisivos en muchos momentos de la historia de España. Desde Canarias, Juan Avello es heredero de esa pléyade de prohombres, valientes y justos, que, entonces como ahora, en Tiempos recios para el Estado de Derecho (L. Sánchez-Merlo, 2023), se han batido por conciliar la justicia con la libertad.
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