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Carta de Manolo Millares a Rafael Santos Torroella

Correspondencia con Barcelona  (1950-1972)

Correspondencia con Barcelona (1950-1972) / La Provincia

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Aitor Quiney

Autor de la edición crítica , selecciona la carta reproducida y extractada de Manolo Millares. Correspondencia con Barcelona (1950-1972)

Las Palmas 29 de Agosto 1951

Sr. Don Rafael Santos Torroella

Mi querido amigo:

He tardado un poco en escribirle, esperando las fotos de mis cuadros que me pedía para su artículo. Aunque éstas no han salido muy bien se las envío para que vaya usted haciéndose una idea, aunque ligera, de lo que representaba una parte de mi pintura, y así ganaremos tiempo, hasta que le remita otras que pronto tendré en mi poder.

Sin embargo, he de decirle que, después de iluminadas, siguiendo lo más fielmente posible los cuadros, no han quedado muy mal y ya puede hacerse bastante con ellas.

El llamado Aborigen núm.1 lo envié a la Bienal de Madrid por medio de nuestro amigo Eduardo Westerdahl.

Los dos restantes irán a mi exposición de Madrid la próxima temporada (Sala Clan)

Una de las características principales de mi pintura -será indispensable la autocrítica si usted ha de sacar algo que realmente le interese en mi carta para su artículo- es la variedad; la terrible inquietud que se refleja en ella. Esta fluctuosidad necesaria, a la que combato denodadamente, es quizá el punto más fuerte que me salva del naufragio de la indefinida monotonía del zumbón, pero que sin embargo considero un defecto, aun siendo necesidad imperiosa de un temperamento y una postura de incuestionable sinceridad.

Es por esta sinceridad con que pinto tanto un rostro como un cuadro no figurativo, por lo que no siento temor en confesárselo.

Yo creo que, para ser buen pintor, aparte de las primicias escolásticas, se necesita primero que nada dos cosas: sinceridad y entusiasmo.

No juego a genio ni a maestro -me inquieta tal sospecha- porque no hay nada más odioso que las fingidas posturas de numerosos artistas jóvenes de hoy, que, aun no siendo buenos aprendices, se pavonean de su maestría y de su genialidad.

No sé de comparaciones, sólo trato de conocerme a mí mismo y debo pasar por alto las posturas de otros artistas.

Verdaderamente lo único que vale la pena es pintar, y yo, cuando lo hago, no me pregunto cómo pinto, sino porqué y cuál ha sido el momento.

Las normas prefijadas no han podido hasta ahora someterme y trabajo según un estado de ánimo peculiar.

Cuando hice los dibujos para el cuaderno «El hombre de la pipa» estaba en un periodo de retratos expresionistas, cuyas características principales eran las líneas enérgicas. De este momento poseo dos o tres autorretratos.

Mi constructivismo, a quien dediqué todo el año 1950, y cuyos frutos usted pudo ver por manos de Plácido Fleitas y que luego expuse en el Jardín, no parte, como ahí, en Barcelona, de la crítica ligera y poco seria creo, de Torres-García, sino de una necesidad de orden en el color y en la línea que arranca de mi aportación a la primera sala de arte contemporáneo (1949).

Eduardo Westerdahl posee en su colección una de mis primeras obras de esta índole.

Hay dos detalles curiosos al respecto; primero: que Torres-García regía sus pinturas del universalismo constructivo por la regla de oro, mientras que las mías se caracterizan por su espontaneidad (dos cosas muy distintas y que no sabía Juan Cortés); y segundo, que leí por primera vez y no sin cierto asombro, eso del «vibracionismo», en la nota del catálogo de mi Exposición en el Jardín por À. Marsà (¿no es esto gracioso?)

Mi última preocupación pictórica se basa en la pintura aborigen canaria (la de los primitivos guanches) y a esta serie pertenecen las fotografías que le remito.

Es quizá ésta una de las facetas más interesantes de mi pintura -si es que existe tal interés- por su libertad plástica y, sobre todo, por su carácter autóctono.

Para realizarla he venido estudiando cuidadosamente la vida de los primitivos habitantes de Gran Canaria: los guanches, así como sus famosas pintaderas y cerámicas que, en gran variedad, se encuentran en nuestro Museo Canario.

En una palabra, aspiro a levantar de nuevo un arte auténticamente cario y autónomo.

Casi todos los fondos de estas obras pertenecen a la citada cerámica, es decir, al barro; al ocre, al rojo-amarillo y a los tonos grises azulados de las partes tostadas. Sobre estos fondos, a veces muy ricos de color, desarrollo las formas (pictografía) siguiendo unas normas de composición, y el color por una armonización estudiada (rojos, azules, negros y blancos) con resultados que me alientan a proseguir, por la belleza que creo ver en el conjunto y, sobre todo, por el sabor canario que emanan.

Desde luego pertenece a la pintura abstracta -esto me hace desconfiar un poco- aunque no me preocupa mucho, ya que no abandono jamás el estudio de la naturaleza; muy al contrario: ella me sirve de muchísimo.

Se habla de una libertad en la pintura no-figurativa. Hasta cierto punto hay algo de verdad en ello, pero yo me pregunto, ¿hasta dónde llegará esa libertad que no sea una esclavitud? Para mí la pintura abstracta es un terreno virgen, muy pequeño, junto a otro (la pintura figurativa) enorme pero explotado.

El día en que el primero se encuentre en iguales condiciones que el segundo, ¿no es preferible volver al que tiene muchísimas más millas, que quedarse ahogado en un reducido espacio?

Para mí, la pintura abstracta, aparte de su estancia pasajera, sólo tiene una cosa verdaderamente cierta: lo que, gracias a ella, vendrá en el futuro.

¿Qué se le echa a la tierra cuando se vuelve estéril, improductiva? La pintura no-figurativa para mí es algo así como un abono cuyo principal valor estriba quizá en el fruto radiante que algún día haga brotar.

Bueno, creo que he sobrepasado bastante la línea y voy a parar. Escríbame por favor cuando pueda y dígame como avanza el artículo.

Un saludo para todos y reciba un abrazo de su amigo

Manolo Millares Sall

Aitor Quiney , autor de la edición crítica , selecciona la carta reproducida y extractada de Manolo Millares. Correspondencia con Barcelona (1950-1972)

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