Excavando el estigma: desenterrando el papel invisibilizado de las mujeres en la arqueología canaria
La historia, como ciencia social, es un campo tradicionalmente conceptualizado como masculino. Selene Rodríguez, una arqueóloga lanzaroteña, es autora de un trabajo que saca a relucir el importante papel que el género femenino tiene en su sector y expone las problemáticas inherentes a los estereotipos que aún perduran

Selene Rodríguez, durante su labor investigadora, manipula unos restos óseos. / LP/DLP

Una de las citas populares más célebres del imaginario colectivo reza que "detrás de cada gran hombre hay siempre una gran mujer". Esta frase es reflejo de uno de los estereotipos más antiguos y, a su vez, más longevos de la sociedad: la perpetuación del rol asignado al género femenino, en el que si bien la expresión busca elogiar su papel, lo hace relegándolo a una función de apoyo, soporte o influencia oculta que una compañera ejerce en el éxito de una figura masculina destacada. Esta invisibilización sistemática del logro femenino, habitualmente eclipsado por la figura del hombre, salpica, en mayor o menor medida, a la labor científica de distintos campos del conocimiento. En el caso de la arqueología, además de quedar relegadas a un segundo plano algunas figuras relevantes, afecta a la investigación al estudiar el pasado desde unos estereotipos que nacen en etapas muy posteriores.
Selene Rodríguez, una investigadora lanzaroteña especializada en Arqueología, es autora de un trabajo que saca a relucir el importante papel que el género femenino tiene en su sector. A través de sus redes sociales, lleva a cabo una labor de divulgación titulada Mujeres que cambiaron la arqueología —también ha realizado publicaciones referentes a la antropología—, en la que saca a relucir a algunas de las figuras más relevantes de su campo del conocimiento, como Mary Lewis, cuyo trabajo cambió la forma en la que se aborda la infancia en arqueología; Mildred Trotter, quien desarrolló las ecuaciones para estimar la estatura a partir de huesos largos, o Jane E. Buikstra, pionera en definir la bioarqueología como el estudio de los restos humanos en su contexto arqueológico. Estos tres nombres forman parte de una saga con la que Rodríguez busca poner en valor a unos referentes femeninos de talla internacional que no cuentan con un reconocimiento a la altura de sus logros.
El potencial para generar vocación en las futuras generaciones que tienen este tipo de figuras está ejemplificado en la propia carrera de la investigadora lanzaroteña. Rodríguez recuerda que ella "no quería ser arqueóloga", sino que comenzó sus estudios en el Grado en Historia de la Universidad de La Laguna (ULL) con la idea "de ser profesora de instituto". Sin embargo, cuando conoció a Matilde Arnay, profesora titular de la asignatura de Prehistoria, se plantó la semilla que florecería posteriormente como una especialidad a la que dedicar su vida laboral. "Cuando me dio clase Matilde, me comenzó a llamar la atención el mundo de la arqueología. He tenido mucha suerte de contar con profesoras en la carrera que, de alguna manera, marcaron mi camino: si ellas pudieron en los 60, ¿por qué yo no?", cuenta la lanzaroteña.
Si bien la mayoría de sus compañeros de promoción eran hombres, a Rodríguez le llamó la atención que, en el caso del profesorado, era al contrario. Una vez finalizado el grado, asistió a un congreso en el que descubrió que la mayoría del equipo fundador del Departamento de Prehistoria de la ULL estaba conformado por mujeres. A raíz de este dato, contactó con dos colegas profesionales, Laura Tomé y Jared Carballo, para realizar un trabajo documental sobre las cinco historiadoras que formaron parte del pionero grupo de investigadores. "Nadie se hubiera esperado que en Canarias, en una universidad ultraperiférica de finales de los 60, el equipo del departamento de prehistoria fuera mayoritariamente femenino", expone Rodríguez.
Concretamente, las cinco investigadoras son María Cruz Jiménez Gómez, primera inspectora insular del patrimonio histórico de Canarias, con una labor de indagación sobre El Hierro, el arte rupestre y las sociedades indígenas que fue fundamental para ampliar el conocimiento sobre la arqueología del Archipiélago; Bertila Galván Santos, una de las primeras arqueólogas canarias en especializarse en el estudio de la tecnología lítica (producción de herramientas y armas de piedra) y directora durante más de treinta años de uno de los yacimientos más importantes del Paleolítico Medio en España —excavaciones de El Salt, Alicante—.
Por otro lado, el trabajo también recoge la biografía de María Carmen del Arco Aguilar, especialista en la arqueología de las poblaciones indígenas de Canarias y en su contacto con el mundo mediterráneo, codirigió las investigaciones del yacimiento romano de la Isla de Lobos, uno de los más importantes del Archipiélago; María Dolores Camalich Massieu, especialista en el Neolítico y la Prehistoria Reciente, ha dirigido proyectos nacionales e internacionales, como el del Neolítico de Antequera, fundamental para comprender el origen de las comunidades que construyeron el Dolmen de Menga, en Málaga, y Matilde Arnay de la Rosa, una de las principales referentes de la bioantropología en Canarias, cuyas investigaciones han permitido reconstruir la salud, la alimentación y el origen de las sociedades prehispánicas.
Estas mujeres, además de las complicaciones de la propia labor investigadora, debieron enfrentarse al contexto histórico en el que nacieron. En los años 60, uno de los mayores retos de las carreras femeninas se relaciona con la conciliación familiar: una penalización invisible donde, al querer formar una familia o quedarse embarazadas, se ven obligadas a alejarse temporalmente de la investigación. Las arqueólogas de esta generación a menudo no tuvieron baja por maternidad, y se veían obligadas a investigar a los yacimientos recién dadas a luz, cargando con "una fuerte carga de culpabilidad" inherente a los modelos de familia tradicional de la época.
Además, recae sobre ellas una mayor responsabilidad en el cuidado de hijos o personas mayores, algo que choca con una profesión caracterizada por la inestabilidad y la precariedad: "Hay que hablar de las investigadoras, pero también de las que se quedaron por el camino. Muchas acaban por encaminarse a la docencia porque es una vía más estable, pues en la arqueología es súper complicado conseguir estabilizarte y profesionalizar el vivir de la investigación", argumenta la investigadora lanzaroteña. Casi seis décadas después, muchos son los avances logrados, pero es necesario continuar visibilizando el trabajo de estos referentes femeninos, más que por el reconocimiento personal que merecen, porque inspiren a unas nuevas generaciones que terminen por romper las barreras que aún permanecen.
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