Reportaje
Entre «apocalipsis de bolsillo» y «abismos portátiles»
25 años de la muerte del poeta peruano Emilio Adolfo Westphalen, una de las grandes voces secretas de la poesía hispana del siglo XX

Emilio Adolfo Westphalen (Lima, 1911 - 2001) / La Provincia
Antonio Puente
«Ya sabía yo que venir a Europa en esta época del año no era garantía de nada», me dijo, para romper el hielo de la entrevista, en la Residencia de Estudiantes de Madrid, a principios de los 90, en el que sería su último viaje trasatlántico. «Bueno, como en cualquier otra época y a cualquier otra parte», remató, con su proverbial causticidad, el puño en la boca de los grandes tímidos, y, como en un marco cubista, sobre el rostro de indio enjuto, sus penetrantes y asombrados ojos de obsidiana.
Emilio Adolfo Westphalen (Lima, 1911 - 2001), de cuya muerte se cumplirán 25 años el próximo miércoles, 19 de agosto, era entonces ya más que octogenario; pero sólo la publicación, unos años atrás, de su breve poesía completa, Bajo zarpas de la quimera (Alianza, 1991) (título ambidextro y clínico, como el ojo de su poética, pues habla, a la vez, de hallarse bajo las garras de la quimera y de lo embajonado que sales de ella), le haría emerger de su condición de enorme poeta secreto.
Tras sus fulgurantes libros de juventud, Las ínsulas extrañas (1933) y Abolición de la muerte (1935), surreales y magmáticos, guardó más de 40 años de silencio, para regresar con una poesía lacónica y hermética, tranzada por una recia ironía, con la que dar cuenta del carácter subsidiario -no más que un «sonámbulo atónito» sometido a los caprichos de «la diosa ambarina»- que otorga al oficio de poeta. Una sucesión de epitafios, lúdicos y descreídos, cincelados por un niño senil, compone sus libros de viejo -sobre todo, Belleza de una espada clavada en la lengua (1980) y Ha vuelto la diosa ambarina (1988)-. De fondo, una imagen tan definitiva como esta equiparación de la muerte con un parón ferroviario: «El tren se ha detenido en el silencio opaco y sin ecos de la noche anónima. Es la llegada a término - no se reanudarán ya más ni agitación ni bullicio ni carcoma». O su conmiseración desconsolada frente a lo zarrapastroso de las relaciones humanas: «Irreconciliablemente unidos / Al borde de la desesperación / Cambiando tarjetas de visita».
¿Por qué ese prolongado apagón de su poesía?, le pregunté. «Diría que se fue de un modo fortuito por circunstancias tal vez necesarias, y se reanudó luego de un modo necesario por circunstancias fortuitas», me respondió, incorregible. No menos aséptico, en realidad, que el giro experimentado por esa recuperación de sus versos, donde se expresa, por ejemplo, en Error de cálculo: ·El mar se ha deslizado en el poema como en su cueva o refugio natural, sin tener en cuenta la diferencia de proporciones. Cuando cedan las costuras bajo el peso, ¿adónde irá a desaguar todo el azulverde acumulado?».
Un muro de contención y, de paso, una cariñosa y melancólica palinodia respecto de los delirios de grandeza del poeta juvenil, definen, en efecto, su poesía de madurez. Esta le ceñía ahora las alforjas a quien no puede ser más que un humilde portador de «apocalipsis de bolsillo» y «abismos portátiles», cuyo oficio no pasa de «subrayar el vacío». Por eso abominaba, señaló en la entrevista, de «los timbales de la retórica», convencido, además, de que «la erudición es el principal enemigo del poeta».
Frente al dominio exclusivo de la poesía, el poeta implora: «No soy - no seré sino sonámbulo atónito ante la belleza tremebunda de la Diosa Ambarina. Nada existe - nada puede existir sino la Diosa Ambarina y su belleza de Medusa arrebatadora y mortífera». Inclusive, los propios versos se quedarán siempre cortos frente a esa omnipotencia de la poesía: «¿Qué será el poema sino castillo derrumbado antes de / erigido, / Inocua obra de escribano o poetastro diligente».
En la belleza de la Diosa Ambarina (tez suprema del Azar) coinciden el nimbo de la muerte y el arbitrio de la hembra-niña. El viejo poeta limeño se confiesa: «Súbito e irresistible deseo de morder labios jugosos coralinos húmedos - de hincar pausadamente (pero fuertemente - pero implacablemente) los dientes en boca entreabierta (...) Rito alucinado - pero instante más vívido que cualquier imagen deshojada del olvido».
Admite que la inspiración le ha llegado con la sonrojante contemplación de una pandilla de púberes «de núbil cuerpecillo y teticas minúsculas», que, con solo saltar a la comba, le llevan al agónico reconocimiento: «¿Por qué tocaría siempre a tiernas mocitas marcarlo con el hierro infamante de la angustia y la insatisfacción amorosas?». Para resarcirse, el anciano poeta se repliega, entonces, en la media distancia de un misticismo sensual, con esta perla suprema: «Aspirar a convertirse en esa hojarasca que arde en las pupilas de ciertas mulatas».
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