Memoria histórica
El Carnaval que venció al miedo: 50 años de redes vecinales que despidieron la represión franquista en Las Palmas de Gran Canaria
El primer Carnaval moderno de la ciudad, celebrado en 1976 y autogestionado por la ciudadanía, reunió más ganas e ilusión que dinero o certezas con un reducido programa improvisado a contrarreloj

Disfraces en el primer Carnaval de Las Palmas de Gran Canaria, celebrado en 1976 / Juan Gregorio

Medio siglo de disfraces y purpurina se remontan al año 1976, cuando el Carnaval de Las Palmas de Gran Canaria resurgió tras una larga dictadura que aún estaba fresca. Su celebración solo fue posible gracias a las movilizaciones populares, que pusieron todo su empeño por recuperar unas fiestas que no tenían lugar desde 1936. Con más ganas e ilusión que dinero o certezas, sus precursores aún no eran del todo conscientes de que estaban comenzando a trazar la historia de unos carnavales que crecerían exponencialmente después de un modesto nacimiento entre redes vecinales, enhebradas en torno a sus ganas de festejar. Lejos de los grandes despliegues de la actualidad, las primeras carnestolendas aún se aferraban al miedo remanente a la represión y a una improvisación cargada de nervios.
"Lo hemos logrado, lo hemos logrado": ese fue el "grito de victoria" que sonó desde el Puerto hasta Las Canteras, tal y como relató LA PROVINCIA tras la celebración de la primera cabalgata, que tuvo lugar el 6 de marzo de 1976. Precedida por varios actos desde el 1 de marzo de ese mismo año, donde nadie sabía muy bien qué iba a ocurrir, allanó el camino de un legado que tiene un profundo arraigo en la ciudad.
Reuniones vecinales en La Isleta
Las reuniones vecinales para organizar el Carnaval comenzaron tímidamente poco después de la muerte de Franco. Así lo recoge el libro Cuatro décadas de Carnaval en Las Palmas de Gran Canaria, de José Febles Felipe, que sitúa sus inicios en la comisión de Fiestas de La Naval. Su obra, además, recuerda a pioneros como Manolo García o la comparsa Los Caribe, que han sido imprescindibles para construir los festejos.
El Castillo de La Luz fue un enclave fundamental para ello, y es que allí tuvieron lugar los encuentros organizativos que habían comenzado poco antes, con un toque más informal, en el bar Arroyo de la calle Prudencio Morales.
Tras la represión, los porrazos y las detenciones
Precisamente en La Isleta venía cociéndose la fiesta a fuego lento, desde hacía ya un tiempo, aunque no siempre fue alegre. Este barrio, que es la cuna de los carnavales modernos en la ciudad, también fue testigo de la represión y los porrazos de la Policía antes de que el Carnaval pudiese ver la luz, cuando las celebraciones se reducían a casas particulares bajo la amenaza constante de las detenciones.
De hecho, la Junta de Vecinos de La Isleta abrió el melón de retomar las celebraciones en junio de 1974, cuando el dictador aún vivía, y el uso de disfraces era castigado por la ley de vagos y maleantes. Por aquel entonces, la propuesta quedó archivada en un cajón. A pesar de ello, nada pudo evitar que las gentes sorteasen las prohibiciones enquistadas en las calles y espacios públicos de la ciudad hasta que las fiestas pudieron oficializarse.
La semilla que ya estaba plantada no pudo florecer hasta 1976, cuando la censura todavía estaba al acecho. Manolo García, el padre del Carnaval en su etapa moderna, era también el presidente de las Fiestas de La Naval. Fue él quien entabló las negociaciones con el gobernador civil de la época, Salvador Escandell Cortés, para solicitar los permisos necesarios. Inicialmente se negó por motivos de "orden público", si bien obtuvo la luz verde, tras mucha insistencia, acompañada por algunos peros: deberían celebrarse bajo el nombre de las fiestas de invierno.
El lado político de las fiestas
Acto seguido, Manolo se puso en contacto con los periódicos y les enunció que el Carnaval estaba de regreso en Las Palmas de Gran Canaria. Al día siguiente, ante semejantes titulares, la solución fue echar balones fuera y culpar a los periodistas por tergiversar la información, cosa que tranquilizó al gobernador civil. Eso sí, las alertas seguían encendidas en el sector del poder.
El Carnaval, y en especial la cabalgata, se percibía como una posible vía para la rebelión en contra de una dictadura que poco a poco se iba zambullendo en la transición tras la muerte de Franco. Por ello, Escandell volvió a imponer condicionantes, como que la cabalgata debía celebrarse sin máscaras que cubriesen el rostro de sus participantes y sin ningún tipo de pancartas o consignas que tuviesen algún contenido político.
Ese fue un reto en relación a distintos partidos políticos que, aprovechando la ocasión, pretendieron politizar las fiestas. Sea como fuere, eso no sucedió finalmente, sobre todo porque las fiestas se centraron en el disfrute de la ciudadanía que tanto tiempo había estado ahogado.
El legado de la comparsa Los Caribe
La agrupación más adelantada a sus tiempos, puesto que llevaba preparándose para la ocasión desde diciembre de 1975, es la comparsa Los Caribe, integrada por vecinas y vecinos de La Isleta. Y es que ya a finales del año anterior empezaron a ensayar las coreografías que presentarían en los breves carnavales y, también, encargaron sus trajes.
Entre sus primeros integrantes destacan los nombres de sus miembros fundadores: Ginés Betancor Hernández –quien también fue su presidente durante cuatro años–, Carmelo Martel, Rodolfo Jiménez, Mari Carmen Cevera y Fita Morán.
Por aquel entonces no contaban con grandes diseñadores y múltiples patrocinadores, sino que todo se confeccionó a manos de madres, amigas, familiares y una costurera que renunció a cobrar por su trabajo, lo cual ayudó a reducir costes. Incluso hubo algún que otro preso de la antigua cárcel de Barranco Seco que se implicó en el proceso, concretamente para hacer los gorros, que salieron a un precio de 15 pesetas cada uno.
Una desapercibida primera Gala de la Reina
Tampoco la Gala de la Reina tuvo el glamour, el brillo y los trajes pomposos que la caracterizan hoy en día. Una desapercibida primera edición con vestidos sencillos de poco volumen coronó a la joven Rosa Delia González, de 17 años, en una cita tan improvisada que ni siquiera apareció en el corto programa: apenas se incluyeron las actuaciones de un puñado de murgas y comparsas, además del plato fuerte de la cabalgata.
Los protagonistas de los encuentros fueron la comparsa Los Caribe –que inauguró las fiestas el 1 de marzo de 1976– y la comparsa Los pobres reunidos, S.A. junto con las murgas Eso es lo de menos y Los Isleños S.L. Indudablemente, el acto estrella que marcó el modesto éxito de la primera edición fue una cabalgata que contó con unos 4.000 asistentes y 10 carrozas acompañadas por unas pocas comparsas y murgas, además de grupos de disfraces y mascaritas. A su paso, dejaron una estela de expectación, el colapso momentáneo del tráfico y la orden de la Policía Local de retirarse.
Por y para la ciudadanía
La seguridad del desfile fue autogestionada por los vecinos con tres responsables al mando: José García Sánchez, Félix Ortega y Juan Garafiña. También la ciudadanía se organizó para elaborar entre 15.000 y 20.000 bocadillos para los participantes de cada acto, a lo que se sumaron las aportaciones gratuitas de distintos comercios y el ofrecimiento del personal sanitario.
Las citas, en comparación con el presente, fueron escasas. Cada uno de los encuentros estuvo organizado a contrarreloj, bajo una premisa de improvisación y sin ninguna certeza, por unos grupos vecinales que tenían más ganas que certidumbres o presupuestos. Nada que ver con la organización actual, donde la ciudad entera se mueve al ritmo del Carnaval durante más de un mes en grandes galas con muchos patrocinadores y grandes despliegues, donde todos los tiempos están medidos al segundo en detalladas escaletas.
La ilusión superó al miedo
Pero el Carnaval no podría haber sido lo que es hoy sin esos inicios donde todo se tambaleaba y, paso a paso, la ilusión superó al miedo. Después de la primera edición, las expectativas para el año siguiente fueron en aumento de la mano de un programa de actos que se fue enriqueciendo y que, todavía en 2026, sigue haciéndolo. De forma gradual, a partir de 1976, el resto de la ciudad se sumergió inevitablemente en la fiebre carnavalera que supuso un crecimiento exponencial en la participación, la organización y el presupuesto.
Lo que queda claro, porque así está registrado, es que las carnestolendas nacieron por y para su vecindad. Ya por aquel entonces sabían que el Carnaval no podía seguir esperando: la ciudadanía, tras décadas de prohibiciones y censura, estaba lista para salir a tomar las calles con sus disfraces y alegría contenida.
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