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El año que Los Indianos también llegaron en cruceros al Carnaval de Santa Cruz de La Palma

Bajo el atrio del ayuntamiento, entre torrijas, Julián Cabrera Martín recuerda cuando en los Indianos que se habían el martes de Carnaval "éramos treinta o cuarenta"; para su satisfacción, "esto se ha desmadrado"

Santa Cruz de La Palma

La capital palmera se convierte cada Lunes de Carnaval en la capital de las carnestolendas de Canarias con la celebración de Los Indianos, una tradición que, según algunos, comenzó en la primera parte del siglo XVIII y que, con el paso de los años, en especial en los últimos treinta años, ha ido cogiendo empaque. Desde la novelería de los años sesenta hasta finales de los ochenta, cuando de la mano del matrimonio formado por Pilar Rey y Antonio Abdo comenzó a tomar cuerpo, hasta sumar a Víctor Sosó, que desde comienzos de los noventa popularizó el personaje de la Negra Tomasa.

Santa Cruz de La Palma, y la isla palmera por extensión, vive inmersa en una fiesta que tiene triduo. Arranca el viernes con la fiesta de la peluca, que irradia a buena parte de los municipios palmeros, para seguir el sábado con el Carnaval en Santa Cruz y La Polvacera en Los Llanos de Aridane, y ya en la recta final el Domingo de Carnaval, en la capital palmera, con el desfile de Embajadores, que poco a poco parece agonizar, para ganar protagonismo en la última década Los Indianitos.

Y todo eso sorteado con fiestas que se desarrollan fuera del corazón neurálgico, la Calle Real y el centro histórico en general, y que alimentan un tránsito constante hacia celebraciones en Los Cancajos y otros enclaves tradicionales.

Un lunes blanco que ya empieza desde el puerto

Este Lunes de Carnaval, Santa Cruz de La Palma amaneció con una alfombra blanca para recibir a los indianos, como ocurrió ya el año pasado cuando se trasladó la fiesta de los niños a la Alameda.

La presencia en el puerto palmero de dos cruceros, que trasladaron a más de cinco mil personas, obligó a cambiar a la Negra Tomasa su hoja de ruta para desembarcar en la capital. Así comenzó su recorrido desde el escenario del recinto festivo instalado en la avenida marítima. Este año bien se podría decir que, en el colmo de la fantasía, el personaje central de Los Indianos llegó en crucero.

A la espera de su llegada a la plaza de España, en el atrio del Ayuntamiento palmero, cumpliendo con el protocolo, Julián Cabrera Martín y Pilarín González convidaban con torrijas palmeras mientras Julián echaba mano al bolsillo y entregaba broches como quien otorga carta de naturaleza para la visita.

Cuando los Indianos cabían en una mesa

No miran el reloj ni el bullicio creciente de la mañana blanca. Miran hacia atrás. Allí, dicen, empezó todo. Reunían aquí veinte o treinta personas. Hace más de cuarenta años, recuerdan, Los Indianos no eran esa marea humana que hoy invade cada esquina, sino una cita casi doméstica. Un gesto entre conocidos. Una broma organizada con seriedad.

Nombran a quienes estaban desde el principio. Antonio Abdo y Pilar Rey, junto a otros vecinos que convertían la escalinata en oficina improvisada. Sobre la mesa colocaban un libro. El que venía de indiano firmaba en el acta. No había disfraces espectaculares ni multitudes. Apenas un centenar de personas. Sombreros prestados, trajes heredados, una maleta vieja para dar el tipo. Aquello no era un evento. Era una complicidad.

Así se ha vivido Los Indianos en Santa Cruz de La Palma

Así se ha vivido Los Indianos en Santa Cruz de La Palma / Andrés Gutiérrez

La fiesta antes del espectáculo

Los primeros Indianos tenían más de tertulia que de desfile. Así lo recuerda Julián Cabrera Martín, quien fue durante 42 años encargado municipal. Organizó festejos, coordinó actos, vio pasar generaciones enteras de Carnaval y también muchas ediciones de la Bajada de la Virgen. Dice que empezó a vivirla con apenas doce años, cuando iba bajando a la Virgen, como si la devoción fuera también una forma de crecer.

En aquel tiempo nadie hablaba de cifras. Nadie imaginaba cruceros atracando con miles de visitantes ni vuelos completos solo para venir vestidos de lino blanco. No llegábamos a cien personas. Éramos pocos. Luego, casi sin darse cuenta, la fiesta empezó a desmadrarse. Hoy llegan visitantes de todas las islas y de más allá del océano. La ciudad, que ya era puerto de ida, se convierte también en puerto de regreso simbólico.

El relevo generacional que explica el crecimiento

La fiesta dejó de pertenecer a quienes la iniciaron. Ahora la continúan los hijos y los nietos. Uno de ellos, Rubén, siete años, participó el día anterior en Los Indianitos. El relevo no es institucional. Es familiar, casi biológico. Los Indianos no se organizan únicamente. Se transmiten.

Lo que empezó como una recreación afectuosa del emigrante retornado se ha convertido en una celebración colectiva de identidad. Antes se firmaba en un acta para saber quién venía vestido de indiano. Hoy sería imposible registrar los nombres. La fiesta ya no cabe en un libro.

Entre los más pequeños participantes congregados en el atrio, Luka, hijo de Sladja y Saúl Santos, uno de los fotógrafos más queridos de la isla. Un indianito nacido el cinco del cinco de dos mil veinticinco. Sladja lo cuenta con naturalidad. Llevan nueve años casados. Él, palmero. Ella, llegada de Serbia, integrada ya en la isla y en sus tradiciones. Se conocieron en China. Este año viven el estreno de su hijo en la fiesta grande de La Palma.

Una boda real en el día más simbólico

Mari Luz Plasencia acudió este Lunes de Carnaval al ayuntamiento no a trabajar, sino para rubricar lo que el alcalde Asier Antona denominó un matrimonio de 28 años, tantos como hace que se conoce la pareja. Ella, natural de La Gomera, del municipio de Agulo. Él, palmero y trabajador del Hospital Insular.

Decidieron casarse el día de Los Indianos porque iban a reunirse muchos invitados y aprovecharon la coincidencia. Más de sesenta familiares llegaron desde el viernes, alojados entre casas de amigos y familiares en una logística improvisada que también forma parte del espíritu de la fiesta. En el pasado estas bodas eran parodias. Hoy son tan reales como la vida misma.

Así se ha vivido Los Indianos en Santa Cruz de La Palma

Así se ha vivido Los Indianos en Santa Cruz de La Palma / Andrés Gutiérrez

La ceremonia entre música, memoria y bullicio

Poco antes de las once de la mañana llegaban los novios al salón de plenos. Un saxo marcó la entrada de la novia. Las hijas de Mari Luz hablaron de un amor tranquilo, firme y sincero. Recordaron que han sido testigos de esa unión desde niñas.

El amor cuando es de verdad sabe esperar. Otra de las voces fue Marta Poggio, antigua concejala de Fiestas en los años del gran impulso organizativo, que definió al novio como un ser de luz. El bullicio exterior de la plaza de España se colaba en la ceremonia, recordando que fuera continuaba la verdadera dimensión popular del evento.

Derechos, deberes y talco en suspensión

Tras la lectura de los artículos del Código Civil sobre derechos y deberes matrimoniales, llegaron las alianzas y el beso, con el deseo de prolongar otros 28 años de historia compartida, bendecidos simbólicamente por Los Indianos.

Comenzaba así el día más blanco del calendario palmero.

La llegada de la Negra Tomasa y la transformación simbólica

Cerca de las doce y media, la plaza se transforma en una imaginaria plaza de La Habana con la aparición de la Negra Tomasa. La multitud responde con talco en el aire, música y baile colectivo. El personaje recuerda viajes, historias y exageraciones propias del carnaval, mientras la gente agita polvos como si nevara en pleno Atlántico.

La fiesta continúa entre escenas espontáneas. Incluso una petición de matrimonio improvisada entre la multitud, sin micrófonos, resuelta únicamente con gestos.

Así se ha vivido Los Indianos en Santa Cruz de La Palma

Así se ha vivido Los Indianos en Santa Cruz de La Palma / Andrés Gutiérrez

Una tradición estudiada, viva y en evolución

El estudioso Víctor Hernández Correa explica que la celebración nace como parodia del emigrante retornado, documentada por primera vez en la década de 1920 e incorporada de forma estable al programa en 1966. Su raíz simbólica, sin embargo, es anterior. Ya en el siglo XIX los vecinos acudían al puerto cuando llegaban barcos de Cuba, rompiendo la rutina diaria en una suerte de fiesta espontánea.

El éxito de Los Indianos no responde a una estrategia institucional, sino a una decisión popular sostenida en el tiempo. Elementos hoy inseparables, como el uso del talco, se incorporaron después como parte de la lógica carnavalesca del desorden ritual. La tradición ha ido sumando capas hasta convertirse en un organismo vivo.

Más de setenta mil personas vestidas de memoria

Durante toda la jornada decenas de miles de personas recorrieron las calles vestidas de blanco, entre guayaberas, vestidos de lino, sombreros y maletas que evocan el imaginario de ida y vuelta entre Canarias y América.

El momento culminante llegó con la conga de la Negra Tomasa atravesando la ciudad entre aplausos y música, mientras diferentes espacios acogían actuaciones que se prolongaron hasta la madrugada.

Una fiesta que no solo se celebra, se recuerda

Al caer la tarde el talco desaparece, los trajes se guardan y la ciudad recupera su ritmo habitual. Pero la memoria sigue creciendo, como lo ha hecho desde aquella mesa donde veinte vecinos firmaban un acta improvisada sin imaginar que estaban dando forma a una de las celebraciones más singulares del Atlántico.

Porque Los Indianos no son solo una fiesta. Son una manera de recordar.

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