La banda de Agaete arrancó con puntualidad británica a las siete de la tarde, a la altura del Teatro Pérez Galdós, pero cuando los músicos empezaron a tocar ya hacía una hora que la carretera del centro se había vuelto casi invisible por la tremenda polvajera que los más jóvenes -como siempre los más madrugadores-, habían montado a golpes de polvo de taco en el carnaval tradicional de los indianos. Una tremenda nube blanca, no apta para asmáticos, se levantó sobre el Guiniguada y sus alrededores, una especie de espesa calima, de la que algunos se defendieron con mascararillas, máscaras antigás y gafas de buceo.

Más de 4.000 personas se concentraron en la zona al ritmo de la banda de Agaete, según la Policía Local, que calculaba que la cifra se elevaría a las 6.000 sobre las diez de la noche. Las batallas a polvazo limpio del principio se fueron apaciguando a medida que avanzaba la fiesta y que el material se acababa, todo hay que decirlo, para transformarse en dulces espolvoreos.

A medida que avanzaba la noche, se retiraban los galletones y se incorporaban los más mayores, éstos mejor ataviados con sus trajes de indianos y sus maletas cargadas de dólares. Como Domingo Cruz, impecable con sombrero, su terno blanco y su maleta de cartón, procedente del "Caribe". "Desde que lo organizaron el primer año los Amigos de La Palma, no he faltado ni un año", asegura Cruz, que resalta la alegría y el buen humor que despliegan los participantes en esta fiesta.

Cruz sólo se queja de "algunos jóvenes, que no conocen la esencia de la fiesta de los indicanos, que consiste en saltar, bailar, pasárselo bien y despararramar el polvo al aire, no fastidiar a los demás". No es el único que se queja de los "bestias" que arrojan directamente los polvos a los ojos o a la cara. Otro que nunca falla a los indianos es Salvador Santana, vecino de Telde y miembro de la parranda Araguaney. Asegura que desde que arrancó la fiesta, nunca ha faltado. Siempre acude con compañeros de su parranda con sus alpargatas blancas de esparto y su impecable guayabera. "Era de Juan Tejera", un histórico comunista deJinámar, "que la heredó un nieto y, cuando murió a los 90 años, me la regaló", recuerda, mientras señala uno de sus bolsillos, ideal para encajar el baso de ron o de lo que tercie.

"Una vez me invitó un compañero y, desde entonces, no he faltado. Es la única fiesta del carnaval de Las Palmas a la que vengo. Yo ahora estoy un rato y me recojo temprano, para quedarme con mis hijos, porque a las once se va mi mujer al mogollón". A Salvador no le gusta echar polvos. "Sólo los recibo", comenta muerto de risa, mientras señala, como tantos otros, que le gustaba más cuando la fiesta de los indianos se celebraba en Triana.

Gamberros

Este es el tercer año consecutivo que la fiesta se celebra en el Guiniguada, tras la decisión del Ayuntamiento de sacarlo de las calles de Triana, debido a las quejas de los comerciantes, pero algún que otro gamberro dejó su huella en forma de polvo y restos de botellón en las calles del barrio. María Déniz, Fátima González, Davinia y Marina Peñate bajaron de San Mateo y Santa Brígida para divertirse un rato. María las arrastró y disfrutaban con la polvareda. "Es una fiesta muy tranquila y divertida. No tiene nada que ver con el mogollón, porque aquí la gente viene a divertirse, a pasarlo bien, sin malos rollos. La gente se pasa el tiempo echando polvos y se olvida del botellón", aseguran.

En San Mateo, anuncian, los carnavales comienzan cuando terminan los de la capital y acaban con un entierro, cuya sardina se pasea primero por Triana, comentan. Pedro Rodríguez el Borrachito y Antonio Ramírez Cantiflas, dos clásicos del carnaval capitalino, fueron de los primeros que llegaron al Guiniguada. El Borrachito, con su botella de ron Santa Teresa. "Todavía no la he estrenado", se ríe. "Me encanta esta fiesta, aunque siempre hay algún niñato que mete la pata. Pero a mí lo que más me gusta es la Cabalgata", sostiene El Borrachito, que lleva 28 años con el mismo disfraz. A su lado, Antonio Ramírez, Cantiflas, canta las bondades del espolvoreo indiano. "En Mexico no hay polvavajeras como esta", destaca.

Cuando arrancó la fiesta en el Guiniguana, justo llegaba a su término en Santa Cruz de La Palma, el Carnaval Indidiano, el primigenio, el original, que un día quisieron recordar aquí un grupo de nostálgicos palmeros y se convirtió en un fiesta más de las carnestolendas capitalinas.