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El Carnaval de Las Palmas de Gran Canaria: veinticinco años al borde del abismo

Desde 1996 la fiesta más valorada de la Isla convive con las quejas y las demandas vecinales

El Carnaval de Las Palmas de Gran Canaria: veinticinco años al borde del abismo Adae Santana

El Carnaval de Las Palmas de Gran Canaria, una de las fiestas más importantes del Archipiélago, se ha convertido para algunos vecinos en un enemigo a batir pese a que, en un estudio de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, una amplísima parte de los residentes de la isla aseguran que el “Carnaval es parte de nuestro estilo de vida” y valoran con un 7,9 sobre 10 el bienestar y la felicidad que trasmite la fiesta. Una nueva sentencia judicial obliga ahora a suspender el Carnaval de Día de Vegueta pero lo cierto es que las carnestolendas capitalinas llevan 25 años acumulando quejas y denuncias, a favor y en contra de la organización y los vecinos, ciudadanos que exigen que se les respete su descanso sin tener en cuenta el daño que, en el ejercicio de su derecho de acudir a los juzgados, provocan a las miles de personas que viven de la celebración así como a los cientos de miles que la disfrutan durante 4 semanas al año, además de empañar la imagen de una fiesta tan profesional como indomable.

La Fiesta de los Indianos del Carnaval de Las Palmas de G. C. tuvo que ser trasladada de su ubicación original, el Parque de San Telmo y Triana, para terminar en el barranco de Guiniguada. | LA PROVINCIA/DLP

Conciliar ha sido imposible o, cuanto menos, muy difícil durante las últimas décadas aunque es de justicia reconocer que ha sido el actual grupo del gobierno municipal la corporación capitalina que más empeño ha puesto en solventar unas quejas que se remontan a 1996, cuando los vecinos del edificio Simón Bolívar, junto al Parque de Santa Catalina, exigieron ante los tribunales sacar del Parque Blanco los chiringuitos.

Lo lograron. Y ese fue el inicio oficial de los sucesivos desencuentros entre algunos vecinos de la ciudad y la organización de los carnavales de Las Palmas de Gran Canaria cuyos máximos responsables de aquella época se negaron a sentarse a negociar con los afectados por los ruidos, la suciedad y el incumplimiento de horarios y de sentencias. De aquellos barros, estos lodos.

El pulso se ha ido resolviendo con medidas que no dejan plenamente contentas a ninguna de las partes. «Nos da igual a dónde se lleven el Carnaval, pero que se lo lleven de aquí», aseguraba en 2006 Ángel Corral, portavoz de los vecinos denunciantes del Parque de Santa Catalina. “Estamos hartos de meadas y borracheras a las puertas de nuestro edificio», añadía el portavoz, unos argumentos que no difieren de los que esgrimen ahora Eva, Luis y Lidia, los tres habitantes del barrio de Vegueta que están detrás de la suspensión de la fiesta que se celebra durante una jornada diurna en cuatro calles del casco histórico, a la que acuden 25.000 personas. Sólo en ese día, los negocios de la zona de Vegueta facturan un total de 150.000 euros.

Los beneficios económicos del ocio durante las carnestolendas de Las Palmas de Gran Canaria siempre han estado presentes tanto como argumento de justificación como de demanda.

Con la salida de los habituales chiringuitos de lata del Parque Blanco -Alameda Juan Rodríguez Doreste- se dio paso a lo que se consideró entonces “privatizar” el habitual espacio de divertimento, comercializándose por parte de la Sociedad de Promoción la zona con el alquiler de terrazas, discotecas al aire libre de aforo limitado que se adjudicaban a empresarios de la ciudad.

La iniciativa dio dinero pero supuso excluir de los festejos a miles de chiquillos y chiquillas que alrededor de esos negocios, a los que no se les permitía entrar y en donde las consumiciones se pagaban a precios imposibles para la juventud estudiante, se dedicaron a tomar copas en la calle cuando aquello no se conocía como botellón. Se trataba de ir a echarse copas a Santa Catalina, Las Canteras o El Refugio para escuchar la música de lejos. Aquello caló tan hondo que cuando la justicia en 2006 precinta estas terrazas, denunciadas en 2002, la moda de consumir en la calle ya era casi la única opción.

Los chiringays del Carnaval de Las Palmas de Gran Canaria, años más tarde, también serían víctimas de las quejas vecinales y tuviron que salir de su primera ubicación, dentro del parque de Santa Catalina, frente al escenario, para acabar en la zona del Intercambiador de Guaguas o la estructura que se ha mantenido en pie de la terraza Markesina.

La ‘solución’ de El Rincón

«¿Hay planes de mudar la fiesta a El Rincón?», preguntaban en 2006 en LA PROVINCIA a la responsable de los carnavales de la capital grancanaria. «Pues ahora mismo no hay ninguna previsión de llevarlo ahí el año que viene y mucho tendrían que cambiar las cosas para hacerlo años más tarde. La gente quiere coger la guagua y llegar casi hasta la puerta del parque. Ir a aquella zona», añadió, «supondría dotar ese lugar de los medios necesarios para convertirlo en un lugar céntrico, que ahora no lo es. Pero tampoco descarto nada porque si esto sigue creciendo como lo está haciendo, habrá que buscar más espacio. El punto de encuentro del Carnaval, por el momento, es nuestro parque de Santa Catalina, que es además un lugar emblemático». Sólo siete años después el Carnaval de Las Palmas de Gran Canaria acabó, de nuevo debido a una sentencia judicial, en la zona del Rincón, en la Plaza de la Música.

Aquella equivocada iniciativa en esa zona de Guanarteme se acabó conociendo popularmente como Guantánamo porque todo el espacio estaba delimitado por altas vayas y torres para el sonido.

Además, la plaza, al tener debajo un aparcamiento, no soportaba excesivo peso por lo tanto estaba limitado el aforo de públio a los chiringuitos y el escenario, con puesto de entrada y otro de salida al recinto. No obstante, si errónea pudo ser entonces la política municipal, la actitud de los vecinos acabó traduciéndose en demandas como que se les facilitara el acceso a su garaje desde la calle León y Castillo, que se bajara el volumen de la música o se les pagara 18.000 euros en total como resarcimiento de daños, una suma que los dirigentes municipales consideraron «desproporcionada». «Las propuestas de los vecinos no eran de recibo una vez que ya había un auto judicial que obligaba a cerrar los locales», explicaba otra responsable municipal.

De vuelta a la zona de Vegueta y Triana, con el principal objetivo de desahogar el entorno del Parque de Santa Catalina, los problemas con los vecinos se extendieron en vez de calmarse. Al frente abierto por los residentes de la Casa del Marino y edificios aledaños la ciudad sumaba las quejas de los habitantes y empresarios de Triana por los inconvenientes de la celebración de la Fiesta de los Indianos en la arteria comercial. La tensión no llegó a los juzgados pero bajo el nombre de Carnaval Tradicional se reubica en el barranco de Guiniguada. Entre los barrios de Triana y Vegueta. Poco después, la asociación de comerciantes de Vegueta organiza el Carnaval de Día fuera de programa, hoy en peligro.

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