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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Liga Endesa

La ‘mili’ de Hevia en Canarias

El técnico asturiano, fallecido el pasado sábado, dirigió al equipo júnior del Metropole antes de llegar a ACB, por su amistad con Pepe Moriana, alma del CB Gran Canaria

Ricardo Hevia a su llegada a la Isla para jugar la Copa del Rey de 1990. | |

Antes de que Ricardo Hevia, fallecido el pasado fin de semana a los 81 años, se consagrara como entrenador en ACB hizo la ‘mili’ dos veces en Canarias. La primera, cuando cumplió con el servicio militar obligatorio; la segunda, cuando le dio rienda suelta a su pasión por los banquillos en la sección de baloncesto del CN Metropole en los años 70.

Parte de la culpa de aquello la tuvo Pepe Moriana, alma del CB Gran Canaria, que había conocido a Hevia en su primer acercamiento al banquillo. Dos locos del baloncesto que coincidieron en Palencia. ¿Cómo llegaron hasta allí? Por la pasión por la canasta. “En el año 60 estaba en Tenerife y la Organización Juvenil Española me invitó a un curso de entrenadores para gente joven. Tenía 18 años y fui para Palencia. Allí hice mi primer curso de entrenador, aunque todavía jugaba en júnior. Y entre un montón de gente coincidí con Ricardo Hevia. Hicimos el curso que duró 20 días y mantuvimos una amistad que duró en el tiempo”, rememora Moriana.

Esa relación se reforzó poco después con el uniforme militar. Casualidades de la vida que reencontraron a dos “locos” del balón naranja. “Mi padre me dijo que me metiera voluntario en aviación con un amigo de mi padre que estaba en Los Rodeos, que me fuera a hacer el periodo de instrucción a Las Palmas y después volviera a Tenerife. Y ahí estaba Ricardo Hevia haciendo el servicio militar en aviación. Aquella amistad de Palencia continuó aquí. Se licenció y se fue y seguimos con esa amistad increíble. El baloncesto nos unió porque era un loco del baloncesto como yo”, cuenta.

Las cartas mantenían vivo un compadreo donde el baloncesto seguía como hilo conductor de casi todo. Era 1970 y en esos días, Moriana se lanzó a una aventura empresarial en la calle Tomás Morales. Abrió la tienda Podium, dedicada, cómo no, al material deportivo. Hevia, que había vuelto a su Asturias natal, andaba sin trabajo y recibió la propuesta de Moriana de venir para Las Palmas de Gran Canaria y trabajar con él en la tienda. Pronto fue jefe de ventas y en nada se hicieron socios.

Si aquella idea le había entusiasmado a Hevia era en parte por lo que había detrás: baloncesto. Ambos poseían ya el título de entrenadores nacionales en una época donde el proyecto del Claret se desmoronó. La dirección consideraba que allí solo podían jugar sus estudiantes y muchos chavales que terminaron el segundo ciclo de enseñanza se quedaron sin poder jugar. El CN Metropole le abrió sus puertas para potenciar una sección de baloncesto. Y ahí que fue el tándem Moriana-Hevia.

El gran éxito de esos años llegó antes, con Moriana en el banquillo y Carmelo Cabrera como jugador. En 1967 conquistaron el Campeonato de España juvenil frente a El Salvador de Zaragoza. Una epopeya que buscaba su continuidad en el club metropolista. «Hevia se hizo cargo del júnior y yo estaba con el de Segunda Nacional. Después le aparecieron unos contratos en la Península y se fue para allá. Se casó, a la mujer tampoco le gustaba mucho esto y se fueron a Asturias», explica Moriana.

Mentor de Luis Casimiro

Y desde ahí un largo tránsito hasta llegar a la ACB, con el Gijón Baloncesto y el Trahedi Oviedo como trampolines para dejar huella en el CB Breogán, con el que jugó la Copa del Rey de Gran Canaria en 1990 –bajo la denominación de DYC Breogán–. Ferrol, Salamanca, Murcia y Ourense fueron otras de sus paradas en ACB donde sumó casi 300 partidos. Por el camino se hizo mentor de otros, como de Luis Casimiro, exentrenador del CB Gran Canaria, o de Moncho Fernández, hoy en el Oporto.

«Tenía un carácter odioso, pero cómo lo quería. Era cariñoso y tenía una ética de trabajo ejemplar. Se le veían maneras y talento para entrenar. Discutíamos de baloncesto durante horas, nos daban las tres de la mañana haciendo jugadas y estudiando el baloncesto en el salón de casa. Éramos dos locos, pero dos locos del baloncesto», explica Moriana, que no puede evitar reír al recordar esos días.

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