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El tiempo antes de la cima

El tinerfeño Juan Diego Amador ha sido el primer canario en ascender un ´ochomil´, escalar el Everest y coronar la montaña más elevada de cada continente

El alpinista Juan Diego Amador, en una imagen en el corazón de los Andes peruanos.

El alpinista Juan Diego Amador, en una imagen en el corazón de los Andes peruanos. J. D. Amador

Juan Diego Amador comenzó a escalar los 8.848 metros del Everest siendo un niño, cuando era una criatura que crecía entre los profundos valles del macizo de Anaga, el lugar con mayor número de endemismos de Europa, él mismo incluido. Así aprendieron sus pies a convivir con el desnivel mientras seguía a las vacas de sus abuelos o cuando su padre, Buenaventura, Ventura para todos, le introducía por los senderos de Taganana. Y aquí, en este rural y escarpado rincón de la infancia, permanece la huella de la primera pisada de Amador rumbo a la mayor cima del mundo. Por eso sigue aferrándose a una frase con la misma fuerza con la que clava los anclajes en las paredes verticales de las montañas: "El último paso depende del primero". Así lo dejó escrito René Daumal, una cumbre poco conocida de las letras francesas.

Existe un tiempo previo al último movimiento, a ese impulso final que te sitúa en lo alto de alguna de las cumbres más altas y conocidas del planeta y te hace sentir gigante y minúsculo en un mismo instante. Juan Diego Amador lo sabe bien. Por eso su relato sobre la aventura que le convirtió en el primer canario en conquistar el Everest comienza no en el campo base, ni tan siquiera en el avión, en los preparativos o en las conversaciones con los patrocinadores. No. Lo hace por el contrario en la noche del 14 de septiembre de 2003 en un local de la plaza del Cristo de La Laguna (Tenerife) donde había quedado para comer arepas con su amigo Jorge, un "jiribilla" al que le planteó la idea de enfrentarse al coloso. Otro rastro camino de la ascensión entre el penetrante aroma de las masas de millo fritas.

Y, al fin, un 17 de mayo de 2004, el curtido rostro de Juan Diego Amador se asomó cubierto de esquirlas de hielo al lugar más elevado de la Tierra. Un perfecto desconocido a quien no reconocería hoy en día aunque lo viera venir de frente le dio un abrazo de bienvenida y emoción compartida: "Congratulations". Las pensamientos de este alpinista allá en las alturas merecen una atenta escucha: "Desde la cima del planeta no se ven fronteras, no se ven las líneas que enfrentan a tibetanos con chinos, a palestinos con israelitas, a hombres contra hombres. Sólo se ve tierra, sin divisiones". Queda claro que, como él mismo nos cuenta, "la alta montaña es el escenario perfecto para llegar a conclusiones distintas a las que tendrías dentro de la rutina".

Descenso al alma del lugar

Por un lado sube montañas y por otro profundiza en el alma de los lugares y personas que habitan a la sombra de esos gigantes de piedra, barro y hielo. Este geógrafo ha llevado los colores de Canarias hasta donde nadie lo ha hecho antes. Por el paisaje de su memoria se mueven rostros de hombres y mujeres de decenas de culturas y creencias que a veces parecen mirarle a él y a su cámara fotográfica con una mezcla de curiosidad compartida. En los pedregosos caminos de Pakistán se ha tropezado incluso con cabreros que le recibían con un Kalashnikov entre las manos y que después de un té y una conversación no resultaban tan distintos de un viejo pastor canario con su buen naife ajustado al cinto.

La palabra "primero" forma parte de su esencia. Asomarse a su biografía provoca la misma fascinación y vértigo que sentiría cualquiera en el caso de andar por donde él acostumbra. Ha sido "el primer" canario en ascender un ´ochomil´ (el Cho-Oyu, de 8.021 metros, en octubre de 2002), el "primero" en conquistar dos ´ochomiles´ (gesta lograda en julio de 2003 en el Gasherbrum de Pakistán, de 8.035 metros), el "primero" sobre el monte Everest y el "primer" canario y cuarto español en completar la hazaña de escalar las mayores elevaciones de cada continente dentro del proyecto 7 cimas para 7 islas.

Este último reto le llevó a enclaves míticos como el Kilimanjaro, la Casa de Dios en el lenguaje masái y sitio que forma parte del imaginario colectivo gracias a Hemingway. "Cerca de la cima se encuentra el esqueleto seco y helado de un leopardo, y nadie ha podido explicarse nunca qué estaba buscando un leopardo por aquellas alturas", escribió al comienzo de Las nieves del Kilimanjaro. Amador no pudo ver dicho esqueleto porque evidentemente jamás existió. Sí ha sentido en sus carnes cómo clava sus dientes un frío de menos cuarenta grados bajo cero en el Monte Vinson de la Antártida, una de las expediciones más emocionantes que ha afrontado. "Recuerdo el aterrizaje a bordo del Antonov y esa planicie que era como una perfecta esfera blanca", rememora. Por supuesto, también ha conocido de cerca el miedo. Padeció hipotermia en el Monte San Valentín, en pleno Hielo Patagónico. Dieron el SOS pero el mal tiempo impidió el rescate. Pasaron la noche durmiendo "como una camada, acurrucados los unos contra los otros". Justo después de ser rescatados se levantó un temporal de cuatro días y cuatro noches aún peor que el que casi les cuesta la vida.

Amador cree que "la propia idiosincrasia de nuestras islas nos ha convertido en luchadores por naturaleza". Precisamente por eso dedicó el éxito en el Everest a "todos los canarios, soñadores, conquistadores de lo inútil", para todos aquellos que admiten que echar a andar es más importante que el propio camino (en el caso de los montañeros, además, parten de la base de que hacer cima sí supone apenas la mitad de cualquier trayecto).

El mundo es sobre todo circular. También lo es el tiempo. "Viejo, lo conseguí, estoy aquí arriba", dijo entre sollozos en la técnicamente casi milagrosa llamada a sus padres, Ventura y Lola, desde el lugar donde la Tierra se convierte en nada más que cielo azul y los sueños en realidades. Nadie sabía qué lejos llegan los senderos que cruzan Anaga.

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