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Embalar la vida

El artista Juanjo Tejera crea sus obras con recortes de cinta de embalaje que sustitutyen a las pinceladas

Juanjo Tejera.

Juanjo Tejera. J. C. Castro

La puerta del local estaba abierta aquella mañana. Fue casualidad que la anónima señora, en un deambular callejero rutinario, pasara justamente por delante en aquel momento y lanzara una ojeada curiosa y furtiva al interior. Al hacerlo, su vista tropezó con un Cristo hecho de cinta de embalaje y flanqueado de cuadros. La reacción de la señora fue atávica. Simplemente se persignó y siguió su camino con absoluta normalidad ante la mirada entre divertida y estupefacta de Juanjo Tejera, el urbano imaginero.

Tejera hace cuadros sin pintura ni pinceles. "Mis pinturas son las cintas adhesivas, mi cúter es el pincel y mi paleta la tabla que cortar", resume en su taller de Las Palmas de Gran Canaria, rodeado por un arcoíris de rollos de embalaje. Lo sorprendente es que hay que acercarse mucho, a veces hasta casi rozar la obra, para comprobar que, en efecto, lo que parecen pinceladas no son tales, sino delicados y medidos trozos de cinta de embalar con los que el artista ensambla rostros, escenas y paisajes. Quizás por un efecto mimético del material con el que están hechos, sus creaciones se pegan a la retina y a la memoria. Aquí la vida se torna contagiosa y pegajosa.

La historia tiene raíces. Y esto es en su caso algo más que una frase hecha. Juanjo Tejera estudió Bellas Artes en La Laguna (Tenerife). En su último año de carrera se podaron los árboles del campus. "Yo hice unas prótesis con cinta adhesiva marrón y se mimetizaban casi perfectamente tras amarrarlas con bridas", recuerda. Así, a través de una instalación artística cargada de significado, fue como la cinta se adhirió para siempre a su obra.

"En el caso de la pintura surgió de la forma en que quedaban los restos pegados sobre la mesa. Me parecían paisajes. Empecé a investigar y a buscar cintas específicas", explica. Ahora es un habitual de las ferreterías y distingue entre una amplísima gama de marrones, al igual que se dice que los esquimales son capaces de reconocer más de treinta tonalidades del blanco. "Todo es algo experimental con una base, porque con la formación uno ya conoce el lenguaje del color", aclara.

No existen demasiadas personas que haya sido capaces de hacer cobrar vida de este modo a un invento patentado originalmente en 1925 por el estadounidense Richard Drew para la Minnesota Mining and Manufacturing. "Al fin y al cabo es elevar un material plástico a la categoría de arte", afirma. Su exposición permanente no se encuentra en ninguna galería de arte. Permanece abierta a todos y todas en Facebook e Instagram, donde las presenta con una entradilla que se repite como un mantra: "EmbalArte y Juanjo Tejera presentan..."

Y lo que presenta es el alma embalada, preparada para emprender el viaje hacia el interior de quien contempla la obra y de los propios protagonistas. Los rostros serios, las miradas felices de un padre y su hija, las dunas que se extienden hacia el mar... Todo ello nos recuerda que la fragilidad de la vida se puede vencer construyendo y pegando recuerdos uno detrás de otro. n

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