La aportación de don José de Viera y Clavijo al conocimiento de la Naturaleza canaria es trascendental, su obra cumbre en esta materia, el Diccionario de Historia Natural de las Islas Canarias es una joya que, aún hoy, mantiene vigencia para quienes desean indagar en el medio natural canario. Nuestro también insigne historiador don Agustín Millares Torres se lamentó porque Viera no profundizara más en su Noticias de la Historia General de las Islas de Canaria, opinión que por una parte justificaría que él acometiese su propia versión pero por otra, de no haber sido así, probablemente nos habría privado de aquella, en la que ocupó gran parte de su vida hasta fecha muy cercana al 1813 de su fallecimiento. Sobre la obra científica de Viera y Clavijo es muy esclarecedor el trabajo de don Simón Benítez Padilla publicado en 1950.

De la importancia e interés que Viera prestó a las ciencias naturales desde un principio, es significativo que la licencia que solicitó en Madrid en 1772 para la impresión de sus trabajos históricos, lo fue bajo el título de Ensayo sobre la Historia natural y civil de las Islas Canarias. El apasionante y cualitativo cambio que tomó su vida en los inmediatamente venideros años, de gran enriquecimiento intelectual y de ampliación de horizontes, le persuadieron de la conveniencia de separar lo civil de lo natural, aunque es cierto que gran parte de la extensa obra literaria de este verdadero polígrafo está impregnada por constantes alusiones a los objetos de la Naturaleza.

Un caso singular de esta pasión de Viera por la natural, que se deja entrever, lo tenemos en su opúsculo El nuevo Can Mayor o Constelación Canaria del Firmamento Español, en el Reynado del Señor Don Cárlos Cuarto, fechado en 1800, y no por lo que dice, que en realidad es un panegírico a trece canarios ilustres a los que asigna cada una de las estrellas de la constelación del Can Mayor, dando la preeminencia de Sirio (la estrella más brillante del cielo nocturno) a su apreciado amigo y paisano tinerfeño don Antonio Porlier y Sopranis -I Marqués de Bajamar- sino por la agudeza del simbolismo: aunque no lo diga Viera, es sabido que Can Mayor, en la mitología estelar, es uno de los dos perros que acompañan a la constelación de Orión también conocida por El Cazador, sobrenombre, de otra parte, del mentado Carlos IV.

Referida a Viera, cabe la pregunta ¿Qué llevó a un niño nacido el Día de los Santos Inocentes de 1731 en El Realejo Alto a alcanzar las más altas cotas de la intelectualidad canaria? La respuesta está en que además de sus dotes personales como espíritu curioso, independiente, audaz y aplicado, hay tres factores determinantes en la trayectoria de Viera y su obra: su temprano conocimientos de idiomas, en particular el francés, la lengua culta por excelencia de su tiempo, la lectura de los autores ilustrados -inquietud surgida al leer, cuando iniciaba su carrera eclesiástica, las obras del lúcido benedictino Padre Feijoo- y, por último, el haber viajado por Europa entre los años 1777-1781, donde contactó con personalidades de primer orden en la construcción del siglo de las luces, con muy directa influencia en su vertiente de naturalista.

Sírvanos la citada amistad de Viera con su benefactor Antonio Porlier (1722-1813) -anoto, porque estamos en sus bicentenarios, que falleció en Madrid el 8 de febrero de 1813, el mismo año y mes que Viera- quien llegó a ser ministro de Gracia y Justicia de España e Indias con Carlos IV, para entender otra de las claves de la vida y obra de Viera y Clavijo: su círculo de relaciones, que le llevan desde la lagunera y memorable Tertulia de Nava, hasta el círculo familiar del influyente Duque del Infantado, poderosos y acaudalados señores que actuaron como verdaderos mecenas promotores del enriquecimiento intelectual de Viera: acceso a extraordinarias bibliotecas, viajes por España y Europa, adquisición de material de experimentación?

En sus viajes con tan altos señores Viera fue testigo, sobre el terreno, del enorme atraso de España y, de otra, contactó con hacedores del conocimiento del siglo que le deslumbraron, además de asistir a provechosos cursos en materia de historia natural y, lo que no es cosa baladí, obtener una licencia de Pío VI -al que conoció personalmente y besó su pie- para leer toda clase de libros prohibidos en los dominios de España y Portugal, sin excepción ninguna de obras ni de materias, preciado salvoconducto frente a la Inquisición que, escudriñadora, ya había llamado al orden a nuestro abate.

Contó también con influyentes parientes, algunos cercanos a la Corte y a él, como su primo José Clavijo y Fajardo (1726-1806) -una de las estrellas del Can Mayor- director del Gabinete Real de Historia Natural, traductor de la Historia Natural del conde de Buffon y autor de un Diccionario de Historia Natural trilingüe (latín, francés y castellano) manuscrito, precedente del de Viera quien, por otra parte, en París fue discípulo de Velmont de Bomare, autor de un Diccionario Universal Razonado de Historia Natural -cuya edición de 1775 poseyó- donde vertió su saber enciclopédico, en un formato que lejos del de un diccionario al uso, caracteriza al de Viera.

El Diccionario de Historia Natural de Viera, verdadero manantial lexicográfico y etnográfico, en lo referente a que mantiene en gran medida su actualidad, es muy significativa la entrada musgaño, que hasta bien entrado el último tercio del pasado siglo XX parecía una desconcertante referencia, sin lugar a dudas, a las musarañas, porque nadie daba fe de ellas. Es al final de este siglo cuando, con el incremento de las prospecciones de campo, se advierte la existencia de estos tímidos y diminutos mamíferos en Canarias. Viera lo había registrado dos siglos antes.

En este Diccionario se percibe una ráfaga de aire fresco al describir plantas y animales, donde la influencia de Carlos Linneo (1707-1778) -el autor de mayor autoridad para Viera- se deja sentir a cada paso, desde la nomenclatura binomial al sistema clasificatorio. Una prueba más de independencia de criterio y multiplicidad de sus fuentes. Rechaza el llamado sistema natural de los Jussieu para decantarse por el linneano, en paralelo con su perdurable amigo, también abate -con quien compartió buena parte de su aventura europea- el insigne botánico Antonio José Cavanilles (1745-1804) que lo adoptó y mejoró con criterio propio.

Entre otras obras de Viera -quien fue un maestro y un pedagogo antes que un innovador- sobre ciencias de la naturaleza, de las más relevantes son Las bodas de las plantas, donde en verso resume la teoría linneana para la clasificación de las plantas, basada en sus caracteres sexuales o, aquel otro poemita, Los aires fijos, que intenta transmitir la curiosa teoría del flogisto -lo poco que quedaba del pensamiento aristotélico sobre la naturaleza de la materia- en la misma época en que la privilegiada mente de Antoine-Laurent de Lavoisier (1743-1794) le preparaba su caducidad.

A partir de 1784, en calidad de miembro del cabildo catedralicio de la diócesis canariense, Viera reside en el último tercio de su vida definitivamente en Las Palmas, periodo en el que introdujo actualizaciones a su diccionario al menos hasta 1810. En esta época escribe Los meses (1796), en realidad una traducción muy particular y reelaborada del poema homónimo del francés Roucher en donde, entre otras adaptaciones, introduce singularidades de Canarias, ya sea la descripción del Teide o la Selva de Doramas.

Guiado por el espíritu de la ilustración, creía Viera firmemente que la razón llevaría la felicidad al hombre, de modo que dirigió sus esfuerzos para que los conocimientos tuvieran un sentido utilitario para la mejora de la sociedad. En esta línea, además de su obra específicamente didáctica, como miembro activo de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Las Palmas, de la que fue director, realizó trabajos y redactó memorias con marcado sentido práctico, como las dedicadas a las plantas barrilleras y tintóreas o los análisis de aguas varias. Fue fedatario de la acelerada devastación que por aquellos años asolaba la Selva de Doramas y promovió la repoblación forestal.

Atrás le queda, como en sueños, el glamour del París que él creyó ver como el culmen de la civilización, pero ahora los hechos son otros: en 1789 su amigo del alma, Cavanilles, ante el cariz que toman los acontecimientos ha tenido que salir de la ciudad de la luz, disfrazado. Roucher, su inspirador de Los meses es guillotinado; una de las cabezas más brillantes del siglo, la de Lavoisier, también cae en el cadalso ¿Tuvo Viera conocimiento detallado de estos hechos? ¿Cómo interpretó el final del siglo de sus inquietudes? La amargura acompañó a Viera en las vísperas de su muerte. Cuenta la tradición que estando de cuerpo presente apareció un enjambre de abejas "?y estas abejitas como que quisieron celebrar su funeral, pues se entraron a circundar su cadáver, y lo acompañaron hasta que lo sacaron a su destino?" .

A diferencia de Anatole France, que diseccionó el Terror un siglo más tarde, probablemente nuestro querido Viera, en su candor, no tuvo conciencia de que Los dioses tienen sed.