La sala de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando estaba abarrotada cuando el órgano dejó oir un solemne contrapunto. Martín Chirino recorría el pasillo central flanqueado por los académicos Calvo Serraller y Venancio Blanco. Fue la primera sacudida de una sesión generosa en emociones. Ya en el estrado, rodeado por toda la corporación y con Juan Bordes frente a él, comenzó su discurso de ingreso como académico de honor. "En mi obra nunca he renunciado a lo sublime. Toda ella está recorrida por un hambre de belleza, por una persistencia estóica y por una fuerte identidad que me ha ido acercando cada vez más a los orígenes". O sea, a Canarias. Llegados de las islas y de la Peninsula, muchos canarios compartían el gran momento con artistas, escritores y críticos de todo el país. "Menos es más sigue siendo mi máxima. Este concepto me impulsa a desear que la materia adquiera una mayor levedad en la ejecuciìon de mi escultura y así poder definir aquelo que quiero. Es mi constante reflexión sobre este imposible, el hierro y su presencia".

En el umbral de sus 90 años desgranó el maestro el admirable relato de la vida infantil y juvenil en Las Palmas, la formación última en Madrid, la primera forja en Cuenca, las largas estancias de decantación en Londres y París, el deslumbrado despertar en Grecia, el taller de tantos años en Nueva York, las exposiciones incesantes, el requerimiento de varios continentes y el eterno retorno a los orígenes. "Si bien mi preocupación por Canarias, y la investigación de los orígenes fue real, también es cierto, y quiero dejar constancia de ello, que está en mi la la condición del artista y la del hombre que lucha por lo contemporáneo de acuerdo con su tiempo". Esa obra, narrada en todas sus etapas y descubrimientos, en todas las denominaciones que la hicieron universal, "es orgánica en sus formas. No se desarrolla por aditamentos. Simplemente se muestra así, como es, por necesidad e impulso interno. En suma: con un minimum de materia aspira a un maximum de espacio".

Impresionaba profundamente la transparencia del discurso en el noble edificio que para muchos contiene la segunda colección de arte del país. Ascético y sin retorica, el herrero armonioso, el señor del fuego, describía apaciblemente su trayectoria humana y su aventura espiritual, atizando la temperatura de un auditorio fascinado.

En su respuesta de bienvenida, el académico Juan Bordes Caballero, también escultor, también isleño, empezó afirmando ser y sentirse "profundamente canario a pesar de vivir en la distancia". Su discurso fue otra pieza magistral: "Como un canario más, me siento orgulloso de la representatividad que Martín Chirino ha alcanzado situando en el contexto internacional las referencias clave de nuestra cultura mestiza que une Europa, Africa y América en un solo gesto". Generacionalmente distanciados, el más joven reconoció en sí mismo y en sus diferentes formas la fuerza del maestro. "Unas veces nos la ha mostrado como energía centrífuga que nos dispara hacia el universo, haciéndonos sentir en nuestro cuerpo el torbellino del huracán; y otras veces es energía centrípeta que nos absorbe hasta alcanzar el centro de nuestra identidad. Pero también es energía telúrica que tomamos de la tierra a través de sus piezas que reptan, mientras que definitivamente es energía aérea que nos hace levitar como el hierro de sus Aérovoros"... "Es como si la espiral primitiva de Creta se vivificara con la inteligencia de Grecia y llegara a consolidarse con la riqueza de Roma, para después convertirse en la espiral matemática y renacentista de Vignola y reforzarse más tarde con la libertad de Borromini y Bernini, hasta llegar a la síntesis de Max Bill, que sustituyó por una espiral la danza en torbellino de la fiesta campesina de Rubens".

Con palabras de extraordinaria afectividad y orgullo, Bonet Correa, director de la casa, impuso a Chirino la medalla académica. Volvió el órgano a estallar en júbilo barroco, y en el aplauso interminable desahogamos muchos el "síndrome de Stendhal" en la Santa Croce de Florencia: un extraño temblor ante el exceso de belleza.