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En brazos de la abeja reina

Víctor Álamo de la Rosa traza una alegoría del desamor y escritura poética en 'El equilibrista y los jardines', su cuarto poemario

En brazos de la abeja reina

En brazos de la abeja reina

¿Estaremos asistiendo a una mutación justiciera de la 'mujer-florero' en la 'mujer-enredadera'? Por entre los despojos de ese tránsito, en jardines donde conviven confundidos dulces pétalos ("Éramos uno", al inicio del amor, y "no valía por entonces hacer trampa", "la amorosa luz de la ternura"...) y plantas carnívoras ("anémona destructiva", "rizoma rastrero"...) deambula el "funambulista-sonámbulo" que protagoniza el recorrido de estos versos, y que es a la vez poeta tanteador y amante tanto más vehemente cuanto más despechado. El equilibrista y los jardines (Ediciones La Palma) es el cuarto poemario de Víctor Álamo de la Rosa (Santa Cruz de Tenerife, 1969), a una considerable distancia del anterior, Altamarinas, publicado en 1997, toda vez que el autor se ha decantado por un notorio y sistemático cultivo de la narrativa (esta misma semana ha ganado el premio de Novela Benito Pérez Armas). Aun con casos muy distinguidos (como Rafael Arozarena o Ángel Sánchez, entre otros) no abundan, en el panorama de las letras insulares, autores que practiquen ese 'equilibrismo´ entre ambos géneros, siempre a riesgo de que se les considere poetas con incursiones en la novela o narradores que, eventualmente, se 'echan las pecas a la espalda'. Nada de eso. En El equilibrista y los jardines, Álamo de la Rosa se zambulle de lleno en territorio poético, con el trazado de un doble plano alegórico y simbólico, aun cuando el poemario conserva una unidad de relato interna. No hay distingos entre el impulso carnal que nos lleva al abordaje erótico del cuerpo amado y el que hace lo propio con el cuerpo del poema, pues (con "hormigas" que son a la vez, en el siguiente ejemplo, pelos del pubis y letras de la página) ambos se leen por igual en cualquier fragmento: "Agreste escultura pornográfica, tenaz / laberinto de ombligo y hormigas que / suben / y / bajan / hacia la flor de adentro / la semilla tras la nalga que / cómplicemente cede para abrir panal / de rica miel en el hormiguero y que / caiga la baba que / me hace feliz feliz nos deslumbre, / ramo de gotas de lluvia fértil / inaudita agricultura del placer". La imposibilidad de la plenitud de ambas dimensiones correlativas es el leit-motiv de El equilibrista..., que se resbala entre jardines que no se dejan, y que, por tramos, más bien nos dejan. En el proceso poético, como en el más moliente impulso erótico, allí donde quisiéramos meterle mano y abarcar a una magnolia (que parecía que sí, y peor aún si ha sido poseída pero ya no) aparece un represivo seto versallés. Nunca se alcanzan los helechos consumados; y de ahí las ironizaciones defensivas, regadera en mano y tijeras de podar, por los parterres del despecho. Al principio del final, no se da crédito de que sea "un abejorro chinchoso quien te disputa al jardinero fiel". En el recuento herido, el burlado trata de emular la iniciativa de la burla: "Jardinera me dijo que / yo era príncipe y corrí a ponerme azul"; que "le trajera dragones decapitados", y, tras un inventario de episodios sublimes ("arco iris... lágrimas de ninfas"), lo único que le importaba es que "así le trajera toda la lista de la compra ella que así habría de quererme más". El jardinero (amante / poeta) infidelizado reconoce ahora que "Todo era perfecto menos que / la reina, insatisfecha, cada vez / mandaba a buscar más lejos amantes / capaces de saciarla...".

Si hubiese que sondearle una ascendencia, en ciertos quiebros y giros, de un ludismo cáustico, el poemario recuerda al Luis Feria más conectado al Trilce de César Vallejo, donde justamente, con ojos de reniñez asombrada, se da cuenta de la imposibilidad de la consumación erótica y poética. Una cierta tonalidad del autor de Salutaciones se respira, por ejemplo, en estos versos: "Mandrágora y madrépora y madreselva y madre mía, / vértigo se llama el pozo de tu ombligo, / mi licenciosa agricultora de los días de calor". O en algunos neologismos y encabalgamientos arbitrarios que potencian el lirismo de una demanda que se sabe fallida de antemano: Dame "manutención y / regadío y / barbéchame que / lo peor es este estar a solas escarbándome". O bien: "Te advierto que / me voy a poner fanerógamo". O verbos como "margaritar" (esto es, "mostrarse abrazador y festoneado, negándose a charlar con puercos") o "sabinar" ("escapar de los malos vientos y saber torcerse sin que te dobleguen, sabiduría en desuso").

Pero en esta escritura-mosaico de Álamo de la Rosa (propicios apellidos, por cierto, para una alegoría tan botánica, y para su mensaje central sobre las desproporciones poético-amorosas), lo mismo se clavan dardos en dianas blancas: "Poesía: / Estricto fuego del poema / Prieta visión de la ceniza" que se homenajea analógicamente a otros poetas predilectos, como Félix Francisco Casanova o Manuel Padorno ("Los hibiscos./ Las retamas. / Los verodes. / Las tabaibas. / Se asoman al litoral / tan mar / para escuchar lo que no dice: / cuánto azul se desordena", reza "Jardín Atlántico", dedicado a este último).

El equilibrista, en fin, que, al inicio (del amor-del poema), gozosamente, "se hunde en la gruta untadora" y en el "jarrón de tus labios", pasará ahora por todos los estadios del desencuentro. El jardinero ya se sabe "Plantado", como se titula un poema central: "... Me amustio... No descansa nunca mi raíz. / Estás al final de todos mis ríos. / No puedo seguir tropezando". Para sobrellevar su plantón o desplante, quiere creer que la ex amante (o la poesía fugitiva) era solo entretenimiento, "alegría de la huerta", una ordinaria mujer-herramienta "para volverme indivisible, legislación vigente...". Pero, qué va: eres "murciélaga", se dice en otra parte; y su lengua, un perinqué: "El lagarto dice: estoy a un paso de lamerte, / a una huella de la muerte / suerte tenerte a un paso de lamerte". Surtirá, así, el consabido reproche desbocado: "Eres óxido y naipe tramposo, / nata / perianto infértil que / me dejes, rizoma rastrero, veneno, que / me voy a la plaza y al baile a / enamorar / con mis semillas" (...) Adiós muy buenas, doña trepadora". Ella se ha dado el piro ya, pero el jardinero acaba de averiguar su gran venganza: que no la necesita más, pues, indómito y más allá de las palabras, "El poema es la única musa".

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