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A sangre y fuego

Ahron Bregman analiza en 'La ocupación' medio siglo de conflicto en Cisjordania y Gaza entre israelíes y palestinos, de nuevo ahora al borde de la Intifada

A sangre y fuego

La muerte de siete personas -cuatro rabinos, un policía, dos terroristas- en una sinagoga de Jerusalén confirmó el martes que la espiral de radicalización palestina, jaleada por Hamás y la Yihad Islámica, no es un espejismo. Anunciada en las últimas semanas por dos atentados mediante atropello y por el apuñalamiento de un soldado en Tel Aviv y de una colona en Cisjordania, la que muchos califican ya de Tercera Intifada cobra contornos de pesadilla materializada. Esta nueva oleada de violencia, tres meses después de la última ofensiva israelí contra Gaza, coincide con potentes movimientos europeos por el reconocimiento de Palestina, que en España se han plasmado en la declaración aprobada por el Congreso el pasado martes, horas después del atentado de la sinagoga de Jerusalén.

La nueva marejada del terror llega apenas cinco meses después de que las dos grandes facciones palestinas (el Fatah del presidente Abás, que controla Cisjordania, y los radicales islámicos de Hamás, hegemónicos en Gaza) pusieran fin a siete años de enfrentamientos y acordasen un Gobierno de unidad que ahora queda en el alero, tal vez por la voluntad de Abás de establecer una tregua duradera con Israel. También adviene cuando los israelíes llevan años instalados en una agresiva política de asentamientos ilegales en Cisjordania y Jerusalén Oriental, que ha deteriorado su relación con los EE UU de Obama.

Tácticas simplicísimas. Con o sin bautismo oficial, la Tercera Intifada invita ante todo a reflexionar sobre la imaginativa simplicidad de sus tácticas, consecuencia del férreo control israelí sobre las fronteras de Gaza y Cisjordania. Pero, más allá, es una inmejorable ocasión para interrogarse sobre los orígenes de un conflicto que, en los llamados "territorios palestinos", se remonta a la Guerra de los Seis Días de 1967. En aquel choque, que asombró al mundo por la rapidez e inteligencia con la que Israel se impuso a la alianza militar de Egipto, Siria y Jordania, los judíos arrebataron Cisjordania, incluido Jerusalén Oriental, a Jordania; Gaza y la península del Sinaí a Egipto, y los altos del Golán a Siria. Tras los acuerdos de Camp David (1978), mediante los que Egipto y Jordania reconocieron a Israel y firmaron la paz con él, Egipto recuperó el Sinaí pero Gaza siguió en manos israelíes, al igual que Cisjordania, que nunca habría de volver al reino hachemita. ¿Por qué?

A desentrañar los orígenes y evolución del conflicto palestino dedica Ahron Bregman, israelí exiliado en Reino Unido, su espléndido estudio La ocupación (Crítica), en el que analiza las cuatro primeras décadas del proceso (1967-2007). Bregman recurre a una amplísima variedad de fuentes, que incluyen numerosa documentación clasificada, así como conversaciones telefónicas entre presidentes de EE UU y líderes mundiales, además de decenas de entrevistas personales. Politólogo, periodista y escritor, Bregman participó como oficial en la guerra del Líbano (1982). Tras acusar a los israelíes de "cometer contra los palestinos los mismos crímenes brutales que tantísimos otros pueblos cometieron antes contra los judíos" y anunciar en 1987 que nunca más serviría al Ejército en "los territorios", se instaló en Londres, donde da clases en el King's College.

Visto es su conjunto, el proceso que narra Bregman se caracteriza por una progresiva toma de protagonismo de los propios palestinos en la defensa de sus derechos, en detrimento de Jordania y Egipto. Esta evolución tiene como hitos mayores las intifadas de 1987 y 2000. En paralelo, las posiciones israelíes se van endureciendo hasta el perpetuo clima bélico actual, tras unos primeros años de indecisión en los que primaba la voluntad de no sufrir la acusación de violar el derecho internacional. Pese a este endurecimiento progresivo, y por razones históricas (Holocausto) y geoestratégicas (enclave aliado en el mundo árabe), Israel sigue manteniendo a grandes rasgos el apoyo occidental.

Cuatro décadas. Bregman divide su estudio en cuatro décadas. La primera (1967-1977) se caracteriza por la indecisión de Israel, carente de un plan para los nuevos territorios. Sin embargo, se irá imponiendo el instinto de "conservar la tierra y renunciar a vivir en paz con los vecinos", por lo que las tempranas ideas de devolver el Sinaí (no ejecutada hasta 1978) y el Golán (suspendida hasta hoy) fueron sólo "recursos tácticos" para aferrarse a Cisjordania -las Judea y Samaria bíblicas- y a Gaza, de gran utilidad estratégica. Según Bregman, es en esta década cuando "Israel pierde una oportunidad única de llegar a acuerdos de paz con sus vecinos".

Esta primera década está muy marcada por la guerra del Yom Kipur (1973), cuya espoleta fue la reacción siria a la colonización del Golán, que movió a Damasco a lanzar un ataque militar, combinado con otro egipcio en el Sinaí. También tiene un papel estelar en la década el héroe de los Seis Días, el ministro de Defensa Moshé Dayán, a quien el autor atribuye una voluntad de "ocupación invisible" (camino opuesto al que Israel seguirá en la práctica), "sin tropas a la vista ni símbolos evidentes como la bandera israelí, (que) fomentaría la apatía entre los palestinos y minaría sus deseos de cambio, lo que permitiría a Israel conservar los territorios ocupados indefinidamente". Es también en esos años cuando los palestinos dejan de confiar en los jordanos para librarse de Israel y pasan a desarrollar sus propias guerrillas, que acabarán agrupándose en la OLP y entronizarán a Arafat como "caudillo".

Llega el Likud. La segunda década (1977-1987) -en la que estalla la guerra del Líbano de 1982 contra los palestinos expulsados de Jordania en el "septiembre negro" de 1970- es hija del vuelco electoral de 1977, que lleva por primera vez al poder a la derecha (Likud). El plan de su líder, Menahem Begin, es hacer irreversible la ocupación gracias a asentamientos colonialistas ilegales en Cisjordania y Gaza. Son estos los momentos del cambio de actitud egipcio y jordano, plasmado en los acuerdos de Camp David (1978), que dejaron a Siria como único país vecino enemigo de Israel.

Los métodos colonialistas de apropiación de territorios, analizados a fondo por Bregman, conllevan mutaciones más profundas que los meros asentamientos. Así, la clausura del tránsito hacia Jordania y Egipto proporciona mano de obra barata a Israel, a la vez que la autoridad militar transforma la economía local en complementaria de la israelí. Esto provoca una mejoría inicial del nivel de vida palestino, que incita a un progresivo abandono del cultivo de tierras, ya muy dificultado por la restricción israelí del suministro de agua. Las tierras abandonadas son expropiadas por el Ejército, que las dota de instalaciones militares y luego las cede a colonos.

En la tercera y cuarta fase (1987-2007), "Israel empezó a poner por fin los pies en la tierra". El detonante fue la Intifada de 1987, que reveló el fracaso de la anexión. La Conferencia de Madrid de 1991 trajo una nueva política: paz por territorios, que desemboca en la liberación de parte de Cisjordania y la constitución de la Autoridad Nacional Palestina. Para Bregman, esta política fracasó por falta de rigor y por la escasa magnanimidad de Israel hacia una OLP que había reconocido en 1988 su derecho a existir.

Gobiernos de Sharon. La radicalización palestina, que desemboca en la Segunda Intifada (2000-2001), endurece aún más a Israel, a través de los gobiernos del halcón Sharon (2001-2006), quien rompe el diálogo con Siria sobre el Golán y decide salir de Gaza (2005) para concentrarse en Cisjordania. Un nuevo error, ya que la ausencia israelí permite el ascenso de Hamás, que no reconoce el derecho de Israel a existir y lo hostigará de continuo con cohetes, respondidos entre 2006 y 2014 con cuatro ofensivas militares. No obstante, la división palestina en radicales (Gaza) y moderados (Cisjordania) facilita a los halcones de Israel argumentos para congelar el proceso de paz.

A la hora del balance, Bregman concluye que el fracaso de la absorción ha dejado un problema de muy difícil solución que sintetiza así: en 1967, Israel pasó a dominar un conjunto de tierras de gran valor simbólico y estratégico, pero con ellas vino la población árabe. Una contrariedad que el entonces primer ministro, el laborista Levi Eshkol, expresó con esta metáfora: "Hemos recibido una dote. El problema es que la dote vino con una novia y nosotros no queremos a esa novia".

Con el repudio de la novia comenzó, pues, el drama que convirtió a Israel en "ocupador cruel y brutal", y puso de manifiesto, concluye el autor, que "incluso las naciones que han sufrido tragedias indescriptibles pueden actuar de forma igualmente cruel cuando tienen el poder".

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