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Un canto al perpetuo deseo insatisfecho

Pintor, crítico de arte, viajero, el rochelense Eugène Fromentin (1820-1876) consagró la mayor parte de su actividad literaria a escribir crónicas y relatos memorialísticos. Sin embargo, en 1863 dio a las prensas un volumen que constituyó su única incursión en la novela. Es este Dominique que ahora, con el exquisito cuidado que es marca de la casa, publica Ardicia en traducción de Emma Calatayud y con prólogo de Gustavo Martín Garzo. Dominique es ante todo un canto, de evidente trasfondo autobiográfico, al deseo insatisfecho. A una insatisfacción que no actúa como fuente de desesperanza, tantas veces suicida, sino -en la mejor estela del amor cortés- como un mecanismo de alimentación perpetua del propio deseo.

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