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Republicanismo optimista

Los escritos políticos de Thomas Jefferson, un lúcido testigo y protagonista de una época revolucionaria y de ideales ilustrados

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Thomas Jefferson (1743-1826) fue uno de los padres fundadores de los Estados Unidos de América. Redactor de la Declaración de Independencia (1776), embajador en París en unos años cruciales para Francia y para Europa (1785-1789), Secretario de Estado con George Washington (1790-1793), Vicepresidente con John Adams (1796-1800) y Presidente en dos mandatos sucesivos (1800-1808), no era propiamente un pensador, sino un lúcido testigo, a la par que actor protagonista, de una época revolucionaria y un hombre representativo de los ideales de la ilustración americana, hoy maltrechos e irreconocibles. La edición de sus Escritos políticos, al cuidado de Jaime de Salas (Tecnos, 2014, LXII+616 págs.), resulta, por tanto, oportuna y valiosa para quien desee sumergirse en el tránsito fascinante del Antiguo Régimen a la modernidad del constitucionalismo.

Desde luego, la Declaración de Independencia continúa siendo una joya del espíritu humano en aquello que está por encima de naciones y épocas, es decir, en su apelación a unas verdades evidentes: primera, que "todos los hombres son creados iguales"; segunda, que "su Creador les ha otorgado derechos inalienables" (inherentes e inalienables, decía con significativa profundidad el borrador de Jefferson), entre los cuales están "la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad"; tercera, que "para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres gobiernos cuyos poderes legítimos emanan del consentimiento de los gobernados"; y cuarta, que "cuando una forma cualquiera de gobierno pone en peligro esos fines, el pueblo tiene derecho a alterarla o abolirla y a instituir un nuevo gobierno", estableciendo los principios y la organización que "le ofrezcan más posibilidades de alcanzar su seguridad y felicidad". Tan persuadido de ello estaba Jefferson que en 1787 escribió: "¿qué país podrá preservar sus libertades si sus gobernantes no son advertidos de cuando en cuando de que el pueblo conserva el espíritu de resistencia?". Y añadía: "El árbol de la libertad debe ser refrescado de cuando en cuando con la sangre de patriotas y tiranos. Es su abono natural".

Casi medio siglo después de la Declaración de Independencia, sostenía Jefferson que este documento, sin pretensiones de originalidad, basaba su autoridad en la armonización de las opiniones de su tiempo, expresadas en conversaciones, cartas, ensayos o libros de derecho público. Pero, ¿qué ocurrió después con los valores tan bellamente proclamados? En 1804, al final de su primer período presidencial, escribía: "No puede haber experimento más interesante que el que ahora estamos haciendo, y que confiamos en que terminará estableciendo como un hecho que el hombre puede ser gobernado por la razón y la verdad. Por consiguiente, nuestro primer objetivo debe ser abrirle todas las avenidas que conducen a la verdad. La más eficaz hasta ahora conocida es la libertad de imprenta. Esta es, por tanto, la primera que obstruyen quienes temen que sus actos se investiguen". ¿Y cuando la libertad de prensa genera abusos, incurriendo en lo que mucho después se llamaría amarillismo, o en demagogia populista o en calumnias y descalificaciones infundadas? No importa: la gente, creía Jefferson, puede leer sin peligro verdades y falsedades y formarse un juicio correcto que distinga unas de otras.

Firme apóstol del republicanismo, y, en consecuencia de la mayor participación directa posible del pueblo en el sistema de gobierno y, más aún, en el control de los gobernantes, consideraba también, sin embargo, que la igualdad de derechos de todos los ciudadanos debía ser compatible con el principio de que "la voluntad de la sociedad enunciada por mayoría de un solo voto es tan sagrada como si fuera unánime. Si se desprecia esta ley no queda sino la de la fuerza, que conduce necesariamente al despotismo militar". Este republicanismo, como era propio del momento histórico, tenía sus deudas con la Antigüedad grecolatina, sobre todo en la idea del poder como servicio y no como vocación o profesión. Hay frases muy reveladoras al respecto. "Un hombre honrado no puede extraer placer alguno del ejercicio del poder sobre sus conciudadanos". "Creo, como los romanos, que el general de hoy debe ser el soldado de mañana si fuera necesario". Y una reflexión que hubiera firmado Marco Aurelio: el primer cargo del gobierno -la Presidencia de los Estados Unidos- "no es más que esplendoroso sufrimiento". Me parece que Obama estaría de acuerdo.

Finalmente, Jefferson admite una lectura en clave española actual. Así, no pocos conciudadanos nuestros se preguntan hoy si los partidos políticos son necesarios o, por el contrario, constituyen una rémora. Respuesta de Jefferson: "Los hombres han disentido y se han dividido en partidos, con arreglo a sus opiniones, desde el origen mismo de la sociedad y en todos los gobiernos donde se les ha permitido pensar y hablar libremente? De hecho, los términos whig y tory pertenecen a la historia natural tanto como a la civil". Esto se debe a que para Jefferson la adscripción política obedece a la contextura psicológica individual: "El hombre enfermizo, débil y timorato teme al pueblo y es un tory por naturaleza. El sano, fuerte y osado lo ama, y la naturaleza le ha constituido como whig". Curiosa opinión, que dejará perplejos a los expertos en sociología política.

¿Debemos reformar la Constitución de 1978 como piden el PSOE y otros partidos o dejarla como está, según prefiere el PP? Si trasladamos la cuestión al oráculo Thomas Jefferson, nos respondería: "Algunos hombres contemplan las Constituciones con piadosa reverencia, considerándolas como el arca de la alianza, algo demasiado sagrado para tocarlo? No soy desde luego un propugnador de cambios frecuentes y bruscos en leyes y Constituciones". Ahora bien, éstas "deben evolucionar paralelamente al progreso de la mente humana". Además, cada generación tiene "derecho a elegir por sí la forma de gobierno que considera más adecuada a su propia felicidad".

Como buen ilustrado Jefferson creía mucho en la felicidad: ese eudemonismo está ya presente, según hemos consignado, en la Declaración de Independencia, que no en vano fue obra suya. Su mejor obra. ¿La habrán leído los gobernantes americanos que autorizan las más atroces torturas?

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