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literatura

El albacea del mar entre las islas

El poeta tinerfeño Domingo López Torres, arrojado en un saco a la marea en la Guerra Civil, centra la muestra itinerante 'Memorias del contrabando'

Sus versos, impregnados de un surrealismo jocoso y sombrío, parecen el cuaderno de vísperas de un muchacho que jugara reconcentrado en la orilla, vaticinando su inminente fatalidad mar adentro. "Pez en el aire, pájaro en el agua", escribió, con la misma ingenuidad aparente con que garabateó esta enigmática greguería: "La isla es árbitro federado de equipos multicolores"... Y, muy poco tiempo después, arbitrariamente, lo sacaron por la banda y lo arrojaron en un saco a la marea, en algún lugar de la costa de su ciudad natal, Santa Cruz de Tenerife. Domingo López Torres (1910 - 1937) apenas sumaba 26 años de edad, aquella mañana aciaga de febrero de 1937, en plena escalada del horror de la Guerra Incivil, cuando lo sacaron en volandas (o lo metieron en volandas, de una ahogadura, en la posteridad literaria) del campo de concentración de Fyffes. Su escueta figura es una de las principales referencias pictóricas y literarias de la exposición Memorias de contrabando, con escenificaciones sobre el horror de aquella contienda en las Islas. De un modo más tangencial o monográfico, Domingo López Torres es el denominador común en el catálogo de esta muestra itinerante, en la que participan más de 40 autores y artistas plásticos de las Islas, comisariada por Alexis W. y Dailo Barco, y que tras su reciente inauguración en Tenerife con escala en La Palma, recalará en Arucas (Gran Canaria) desde el próximo 20 de marzo al 19 de abril.

"Pasto de los peces", sito en "la fosa abisal que ha dado a su calavera corona de algas", lo sitúa el escritor Ángel Sánchez en el prólogo de D. L. T., obra selecta, una de sus principales compilaciones, en la Biblioteca Básica Canaria -de cuya aparición se cumplen ahora 25 años-, y que, junto a Domingo Pérez Minik y Andrés Sánchez Robayna, constituye uno de los más destacados exégetas y divulgadores, en una recuperación necesariamente tardía. Pues, en efecto, hasta casi medio siglo después de su muerte no se ha podido recomponer del todo la obra y la figura de aquel tiznado muchacho de color cetrino, flaco y pobre, que hacía versos y piezas de orfebrería con materiales precarios, devenido para siempre en icono lacónico de lo interinsular-siniestro. Lo imprevisto se titula, chocantemente, uno de sus cuadernos emblemáticos, y cuyo inicio sobrecoge de pura premonición del ahogo sin ahogos que le aguardaba: "¡qué profundo correr por mares de silencio!".

Claustrofobia oceánica ante el nicho inminente: "Los cielos deshabitados y los mares sin ventana"; versos que son, muchas veces, adelantos de epitafios de las aguas abisales en que yacería: "yo, por un mar sin cristales / sin dónde ni cuándo, nada"... ¿A cuento de qué barruntos visionarios toda su poesía gravita sobre mares de cartulina, enrollados y catapultados desde la orilla, tierra afuera, agua adentro? "Y aquel cielo de espejo submarino", dijo en Diario de un sol de verano. "Cuando la ola se marcha, / ay que me arrastra y me lleva", dijo también ahí. Y, acto seguido, ponderó de este modo la parquedad del aguaje: "Las distancias congeladas. / Los mares petrificados".

Y hasta tiempo tuvo de darle así el 'agüita' a la orilla, para que no corriera su misma fatalidad: "Vete, marea salada, vete, / que te quieren los niños para juguete". Y, cuando ya se han deshecho sus ismos de colores, mientras persiste, acaso, el secular ismo blanquinegro de sus verdugos, cómo choca que detallara, en un poema titulado, justamente, "Primer día": "Salté muy alto (...) Y mi cuerpo cayó perpendicular en las aguas"... ¿Cómo fue que alcanzaste a describir de una plumada, D. L. T., este s. o. s. tan cabal: "espejos que se hacen trizas / en verticales de piedra"?...

Porque hubo piedras verticales en ese saco, espejos que se hicieron trizas, en "los mares encristalados", para impedir el retorno y no dejar rastro alguno ("¡qué profundo correr por mares de silencio!"). Bajo su cuerpo ingrávido, un pedestal pesadísimo, como un rumbiento noray que clamara en todas las direcciones, dando vueltas de carnero en el descenso, para enaltecerlo. Piedras devenidas en un monolito en espiral, como esas osamentas de viento ferraginoso con mucha fe en la memoria, de Martín Chirino; o piedras de lava recicladas en espacios habitables, en la imaginería de Manrique; o de donde nacen las pétreas peceras para el lecho inmarcesible de los amantes, desde Néstor... Sábana Laica de los remolinos del agua, era un saco blanquísimo, o que se ha vuelto blanquísimo, como el reverso submarino de la refractaria luz insular en los mediodías encandilantes. Un saco del color exacto de las más dramáticas arpilleras de Manolo Millares, mitad de espuma silente de la altamar (adonde no llega -incorruptible- el ojo humano) mitad de la camisa del hombre del goyesco fusilamiento del 2 de mayo. Es un tejido infinito, como la espuma marina, justamente, el de esa camisa blanquísima y desgarrada, cuyos jirones alcanzaron, por ejemplo, para desvestir a Lorca, en Granada. De similares versos coloristas es la poesía de D. L. T., aunque mucho más contenidos su trazo y su persona. "Lúdico, pero melancólico y reconcentrado, moreno y enjuto", dicen sus retratistas, era pobre de solemnidad, que se malganaba la vida acarreando fruta en el muelle. Extraño "inclusero" entre los universitarios con posibles de Gaceta de Arte, fue autodidacto y reflexivo de por libre (esa perdición de "vagos y maleantes"), y era, por más señas, hijo natural -que se crió con sus tíos- y, en resumen, un bocado propicio para la gran causa de las anticausas.

"El mar no mira sino lo que tiene ausente", escribió con lucidez precoz. Una cualidad que se demuestra también en uno de los escasos testimonios de primera mano que dejó, cuando, a sus 14 años respondía de este modo a una encuesta realizada por André Bretron y Paul Eluard ("¿Podría decir cuál ha sido el encuentro capital de su vida?") "-Mi primer encuentro capital se produjo hacia la edad de nueve años: un libro técnico sobre el matrimonio y la higiene fue, para mi temperamento de esa época, el primer libro que exacerbó mis deseos, el primer libro pornográfico que me llegó a las manos. Ese libro me enseñó la hipocresía de los prejuicios y el misterio imponderable de las personas mayores. Sentí entonces la vergüenza de mis partes sexuales dentro de mi pantalón corto".

Las alusiones marinas de sus poemas son como de recortes de cartulina que, desde la orilla, él mismo fuera pintarrajeando con los lívidos colores del mar-adentro, en son de conjurarlos. Así, su "luz mercurio" y sus tonos "verdes como naranjas sombrías"; su "agua morena" o "de color chocolate"; un mar cuajado de "espejos de azul narciso y un verde de contrabando"....

D. L. T. o el arduo anagrama del 'deletréame' insulario (¿o acaso significa 'delatado'?). Anónimas iniciales (como en las tumbas de las pléyades de sus paisanos emigrantes rumbo a América), junto a un madero arrumbado y trémulo en el cementerio marino. Una cruz que es una esquirla alquitranada, por entre los "encristalados brillos sudorosos" de la pleamar, o "las lenguas de los mármoles más blancos", escribiste también, previendo los mausoleos submarinos. Agua violeta y violenta de la altamar -desde la orilla-, ¿cómo fue que te anticipaste, D. L. T., a señalar: "carámbanos de luz en los costados, / clavaban en el aire los cuchillos / ardiendo en lento acelerado hielo"? ¿O, bajo "el cielo amenazante", "multiplicada lluvia de alfileres / acribilló tus luces ateridas"... "guillotinaba un mar de espesas frentes"?

"El farolito encendido / no es nada en la noche negra", ¿Eso dices de ti? En ocasiones, recoges las velas de tu naviera juguetería surreal, y, con qué gracia, muestras una caracola modernista con sorna de vanguardia; dices, por ejemplo: "Helios, impúdico, se baña en el Atlántico". Junto a tu mar de cartulina -desde la orilla- el mar de tinta china de Agustín Espinosa -tierra adentro-. Helios es tan intempestivo en su baño impúdico en el Atlántico que, según el parte de Espinosa, "(en aquella isla) moría y nacía el sol a una misma hora". Tú escribes desde el litoral, que es donde tu exacto coetáneo de nacimiento José Lezama Lima sitúa el centro de la vida del insular: la resaca marina, en que se gesta el prioritario "sentimiento de lontananza". Tú dijiste: "Los nativos tienen los ojos secos de mirar siempre al cielo", en consonancia con el opuesto "sentimiento de verticalidad", hacia el interior de la isla, que, como expone tu paisano Andrés de Lorenzo-Cáceres, es el eje principal de la vida del isleño.

En realidad, son dimensiones complementarias: horizonte y verticalidad, como si fuesen los brazos y el pie de una misma cruz insularia... Mar adentro, en algún lugar violáceo de las aguas interinsulares, junto a tus ondulantes iniciales desvaídas, D. L. T., está tu cruz ubicua, que no se ve sino cuando llega en alquitranadas y sigilosas esquirlas a las orillas ("¡qué profundo correr por mares de silencio!").

La que nos legó Espinosa, en su novela Crimen, se proyecta, en cambio, isla adentro, casa por casa y sala por sala; es una cruz de secano, mucho más funesta y cotidiana, que ofrece la más cabal autodefinición del ser insular: "... Crucificado sobre mi propia cama de matrimonio puesta en posición vertical tras un gran balcón de cristales abierto a una calle desolada". Benditas sean tus aguas, D. L. T., de renovadas y convidantes esquirlas en la orilla. Siempre una señal suya, en cada aguaviva que llega a las costas insulares.

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