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literatura Los límites de la política

El poder y la gloria

La literatura universal ofrece muchos ejemplos que permiten estudiar la problemática de la lucha por el poder, desde Shakespeare hasta Roa Bastos

El poder y la gloria

El poder y la gloria

Quién esté interesado en la intersección entre la literatura y el poder (y, por qué no decirlo, la gloria, como hizo Graham Greene en una de sus novelas más significativas) debería empezar por la obra de William Shakespeare, de la que la saga Canción de hielo y fuego de George R. R. Martin, convertida en exitosa franquicia televisiva bajo el título de Juego de tronos, tiene deudas que no se pagan. El poder y su variada naturaleza (política, social, económica, religiosa, etcétera) es uno de los grandes temas de la literatura de todas las épocas, pero sin duda quien más contribuyó a desvelar esta faceta tan peculiar del comportamiento humano fue el dramaturgo isabelino, cuyos dramas históricos, en especial Ricardo III y El rey Juan, han sido comparados con El romance de los tres reinos, en el que el escritor chino Luo Guanzhong (1330-1400) narra la decadencia y caída de la dinastía Han, tras cuarenta y cinco años de corrupción, enfrentamientos entre facciones distintas y rebeliones populares.

Acerca del poder y la gloria, en el teatro de Shakespeare (que por suerte ahora puede leerse en nuevas ediciones de bolsillo, respetando el verso y la prosa originales, en cuidadas ediciones a cargo de Andreu Jaume, experto en Shakespeare y profesor del Instituto de Humanidades de Barcelona) podemos leer frases como las siguientes: "La gloria engendra crímenes abominables cuando, para alcanzar el renombre y conseguir el elogio, cosas bien vanas, nuestro corazón realiza esfuerzos imposibles". O: "La gloria es como un círculo en el agua, que se agranda hasta que desaparece a fuerza de extenderse". O más todavía: "La aspiración más gloriosa es la más cierta para tener un resultado miserable".

La personificación más importante del poder opresivo en el teatro de Shakespeare es, sin duda, el rey. La ambición es el rasgo principal del carácter de Ricardo III, que conspira para acceder a la sucesión al trono de Inglaterra, o de Macbeth, futuro rey de Escocia, cuya avidez de poder le hace declamar: "Venid a mí, espíritus que servís a propósitos de muerte, quitadme la ternura y llenadme de los pies a la cabeza de la más ciega crueldad". Al final, saciado de espantos, Macbeth se da cuenta de que "la vida no es más que una sombra que pasa, un mal actor que se pavonea y se agita una hora en el escenario y después no vuelve a saberse de él".

Ese fantoche que se pavonea en el escenario y del que no volvemos a saber nada tiene su equivalente en la literatura latinoamericana en los conquistadores, caudillos, caciques, generales y dictadores funestos que representan el poder político en no pocas novelas que han sacado a la luz la "historia no oficial" de las dictaduras en Latinoamérica: El señor Presidente de Miguel Ángel Asturias, Las lanzas coloradas de Arturo Uslar Pietri, El otoño del patriarca de Gabriel García Márquez, El recurso del método de Alejo Carpentier, La fiesta del chivo de Mario Vargas Llosa, Sombras nada más de Sergio Ramírez, La novela de Perón de Tomás Eloy Martínez y, sobre todo, Yo, el Supremo de Arturo Roa Bastos, sobre José Gaspar Rodríguez de Francia, presidente paraguayo entre los años 1814 y 1840, que se autoproclamó Supremo Dictador Perpetuo de la República de Paraguay: "Yo no escribo la historia. La hago. Puedo rehacerla según mi voluntad, ayudando, reforzando, enriqueciendo su sentido y verdad".

La historia de la literatura norteamericana ofrece también muchos ejemplos que permiten estudiar la problemática de la lucha por el poder. En Todos los hombres del presidente (All the King's Men, en el original inglés) de Robert Penn Warren, su protagonista, Willie Stark, es un hombre honrado y valiente que sufre una transformación el día que decide entrar en política. Tras ser elegido gobernador de Louisiana lo primero que hace es apoderarse de la prensa y la radio, olvidando que "cada hombre es un rey, pero ninguno tiene corona", lema de la campaña del político estadounidense Huey Long, en el que Warren se basó para escribir su novela, galardonada con el premio Pulitzer en 1947. Long ya había inspirado una década antes la novela de Sinclair Lewis Eso no puede pasar aquí, donde retrataba a un gobernador sin escrúpulos, Buzz Windrip, que tras convertirse en dictador de su Estado usando medidas populistas y demagógicas, se postula a la presidencia de los Estados Unidos para implantar un régimen totalitario.

Windrip no es el único personaje que considera al individuo en función de la sociedad, en La conjura contra América, el novelista Philip Roth crea una ucronía donde Franklin Delano Roosevelt, el único presidente de Estasdos Unidos en ganar cuatro elecciones seguidas (la 1ª en 1932, la 2ª en 1936, la 3ª en 1940 y la 4ª en 1944), es derrotado en la elección presidencial de 1940 por el héroe de la aviación Charles Lindbergh, célebre por su antisemitismo y sus ideas cercanas al nazismo. La novela sigue las vicisitudes de la familia de Roth durante la presidencia de Lindbergh, que negocia un acuerdo con Adolf Hitler y acepta sus medidas antisemitas, persiguiendo a las familias de origen judío como los Roth: "El temor gobierna estas memorias, un temor perfecto. Por supuesto, no hay infancia sin terrores, pero me pregunto si no habría sido yo un niño menos asustado de no haber tenido a Lindbergh por presidente o de no haber sido vástago de judíos".

El terror no conoce de épocas ni de clases, como bien sabía Giuseppe Tomasi di Lampedusa, quien en El Gatopardo describió de manera inmejorable el derrumbe de un mundo aristocrático y su clase social a través de los ojos de una liebre que agoniza: "Don Fabrizio se vio contemplado por dos grandes ojos negros que, invadidos rápidamente por un velo glauco, lo miraban sin rencor pero cuya expresión de doloroso asombro era un reproche dirigido contra el orden mismo de las cosas; las aterciopeladas orejas ya estaban frías, las patitas se contraían enérgica y rítmicamente, símbolo póstumo de una inútil fuga; el animal moría torturado por una angustiosa esperanza de salvación, imaginando, como tantos hombres, que aún podía superar el trance, cuando ya estaba condenado".

En este breve repaso por los mecanismos del poder vistos a través de la literatura no pueden faltar obras como El proceso de Franz Kafka, donde el autor checo describe a un hombre inocente atrapado en la maquinaria anónima de un procedimiento judicial llevado hasta las últimas consecuencias, y lo más importante, con esa escasa compasión de los órganos del estado; 1984 de George Orwell, una de las novelas de mayor carga política del escritor inglés sobre los peligros de una sociedad totalitaria; Z de Vassilis Vassilikos, sobre el régimen corrupto griego que ordenó el asesinato del político de izquierdas Gregoris Lambrakis en 1963; o House of Cards de Michael Dobbs, recientemente publicada por Alba Editorial, en la que Francis Urquhart, whip del Partido Conservador inglés, va al acoso y derribo del Primer Ministro, después de que éste incumpla su promesa de otorgarle un ministerio. Por supuesto, cualquier parecido con la realidad es intencionado.

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