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Tantos días felices

Un brillante estudio de los afectos heterosexuales tal y como se despliegan en el marco de cierta clase acomodada dedicada al mecenazgo

Tantos días felices

Tantos días felices

Depresivos abstenerse. Tal podría ser la leyenda situada al frente de Tantos días felices, novela con la que el lector español se sumergirá por vez primera en la obra de Laurie Colwin. Es un aviso para no llamarse a engaño y para disfrutar como merece de lo que encontrará entre las páginas de esta divertida, ligera, relajada pastoral americana. Pues lo que en ella se dirime es una reflexión sobre la etiología y didáctica del amor que nunca traspasa la raya negra de los demonios. En estos pagos no existe lugar para la desgracia, el desastre o la locura. Las cosas suceden, pero teñidas de colores pálidos, sin sangre ni vísceras expuestas. Douglas Sirk no habría filmado una película maestra con semejante material. Woody Allen en su ocasional faceta de Cándido, quizá sí.

Tantos días felices es un brillante estudio sobre los afectos heterosexuales tal y como se despliegan en el marco de cierta clase acomodada, un tanto negligente, que se dedica a asuntos tan poco espectaculares como la filosofía del reciclaje y el mecenazgo cultural. En ese ambiente distendido, a menudo irónico, siempre tierno, que el ojo de la escritora disecciona con ambición y escrúpulo, pero jamás con ánimo acusador, Guido y Vincent, dos primos lejanos que han hecho de la amistad la forma más noble de la familia, se enamoran y casan con dos mujeres llamadas Holly y Misty, perfecta hasta la hipérbole la primera, misántropa hasta la caricatura la segunda, ambas, a la postre, redimidas en sus luces y sombras por las circunstancias del amor.

Novela de interiores, construida sin estrépito ni brusquedades, en que el humor no abunda en la carcajada, sino que alimenta la sonrisa irónica, Colwin muestra en ella un excelente oído para el diálogo que busca la perplejidad, el acento aforístico, las parodias habituales en la eterna guerra de los sexos. Incluso cuando la crisis sacude a los cuatro actores principales, al lector le asiste el convencimiento de que nada más dramático que una noche de insomnio nos espera. Cálices más amargos no tienen sitio en esta aventura. Lo cual no significa que Tantos días felices sea un producto ingenuo. La estatura de Colwin como creadora imposibilita tal lectura. Basta al efecto advertir la contundencia de los caracteres que rodean a las parejas protagonistas, y que al modo de los buenos secundarios en el cine poseen una presencia innegociable.

La novela arranca con un flirteo en las aburridas salas del neoyorquino Museo Fogg y culmina en una pensión de Salt Harbor donde se brinda por las maravillas de la vida. Los enamorados, convertidos ya en esposos y padres, se precipitan hacia la madurez sin estrépito ni angustia. Es justo que Colwin haya bajado el telón en el instante en que el arco de la vida comienza a cargarse de edad, responsabilidades y temores. Así es como acaban la mayoría de cuentos infantiles, justo cuando quien escucha sospecha que del otro lado hay algo más que días felices.

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