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La vida como obra de arte

La biografía de Rüdiger Safranski retrata a Goethe, el primer autor moderno, como el hombre que consiguió dar un nuevo tono al mundo de su época

La vida como obra de arte

La vida como obra de arte

Hay biografías que adquieren entidad propia con independencia de que el lector conozca de primera mano la obra del biografiado. Ése es el mérito del filósofo alemán Rüdiger Sanfranski (Rottweil, Wadden-Württemberg, 1945), un maestro en ese género de entrelazar vidas e ideas con el tiempo como fondo. Lo hizo con Nietzsche, Schopehauer o Schiller. Un maestro de Alemania, su biografía de Heidegger es una aportación impagable al conocimiento de un pensador de influencia decisiva en el siglo pasado, cuya complejidad conceptual y expositiva exigen por parte de quienes se acercan a él mucho más que interés y perseverancia. Eso da especial relevancia al trabajo de Safranski, que no se limita a exponer el pensar de los otros y también ha dado muestras muy estimables del suyo en El mal o ¿Cuánta verdad necesita el hombre?

Con la biografía de Goethe (Fráncfort, 1749-Weimar, 1832) publicada hace dos años, que ahora nos llega en español, abunda en un personaje y una época cruciales en eso que genéricamente conocemos como "espíritu alemán". Con el añadido notable de que si cualquier biografía puede defenderse por sí sola, la de Goethe adquiere el rango especial que le confiere quien modeló su vida como una obra de arte. Safranski nos muestra a un autor (el primer autor tal como lo entendemos hoy, incluso en el reconocimiento de sus derechos económicos) cuyo devenir personal es también su propia creación. "Además de un gran escritor fue una gran maestro de la vida. Ambas cosas lo hacen inagotable para la posteridad", expone Safranski al comienzo del relato vital de alguien que, para su biógrafo, es "un ejemplo iluminador de lo lejos que puede ir quien asume como tarea de la propia vida el proyecto de llegar a ser lo que él es". Un reconocimiento que, lejos de responder a algún síndrome de proximidad excesiva entre el biografiado y quien lo estudia, nos remite a la afirmación del filósofo Manuel Sacristán de que "tal vez sea Goethe el hombre que se ha realizado en la historia con mayor plenitud". El autor de Las desventuras del joven Werther -para el propio autor terminó por ser una desventura la identificación inmediata con esta obra- "se convierte en historia para sí mismo, pues escribe Poesía y verdad, sin duda la autobiografía más importante de la vieja Europa, tras las Confesiones de Agustín y las de Jean-Jacques Rousseau", escribe Safranski.

Los 82 años de Goethe fueron muy intensos, confortables en lo material, pródigos en amores (y exiguos en compromisos), consumidos en labores desempeñadas con un alto grado de autoexigencia (en cualquiera de los muchos ámbitos en los que se adentró, ya fuera como estudioso del arte o en sus afanes científicos), cuya mayor compensación consistió en un desbordante reconocimiento en vida, al que seguiría un prolongado silencio tras su muerte. Werther sería la culminación de su éxito personal como autor. Goethe "atraía a personas que comenzaban a venerarlo con ardor religioso", en palabras de su biógrafo. Era la encarnación de una idea del momento que llegará hasta nosotros casi intacta en esa visión primera, el concepto de genio que acuñó Herder -un amigo de Goethe que luego marcaría distancias- y que es uno de los puntales del movimiento Sturm und Drang (Tormenta e Impulso), reacción al furor de la razón ilustrada que toma el nombre del título de una obra teatral de Klinger . El Sturm und Drang marca "la época del genio" en la que "la potencia creadora tiene la primacía sobre las formas de su realización", apunta Safranski. En el caso de Goethe ese espíritu del momento se tradujo en "un culto al autor, ahora convertido en divo". Todo ello amplificado en "una época ávida de lectura y ansiosa por escribir", que Schiller, el gran amigo de Goethe -Safranski aborda esa relación en Goethe y Schiller, historia de una amistad (Tusquets)- definió como "el siglo manchado de tinta". "La literatura se convierte en un poder público", en medio siglo se duplica en Alemania el número de personas que saben leer y , como constata Safranski, "cambia el comportamiento de los lectores. Ya no se lee muchas veces un solo libro, en especial la Biblia, sino muchos libros una sola vez". Uno de esos libros será el Werther, cuyo éxito "fue sobrecogedor". Es la historia de un amor desdichado a la vez que una "novela realista porque describe con exactitud no sólo un carácter, sino también las circunstancias culturales y literarias que lo han formado. Werther es un personaje literario en un doble sentido. Es en primer lugar una figura de novela y en segundo lugar, como figura, un carácter formado mediante la literatura. Werther es el producto de lo que ha leído", lo que lo conecta con nuestro Quijote. Pero lo más relevante es que esa obra aporta, según Safranski, "un nuevo tono al mundo, una nueva voluntad de subjetividad". "Goethe había escrito para sí acerca del alma, y con ello revolucionó la literatura. Hasta ese momento la exteriorización del alma estaba reglamentada por la iglesia y por la moral pública. Werther supone una desregulación en el modo de hablar sobre los sucesos anímicos". Es el momento culminante de un tiempo que se cerrará con la muerte de Schiller, el fin" de una época áurea en la que el arte había pertenecido no sólo a las cosas bellas, sino también a los asuntos importantes de la vida".

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