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AMALGAMA

Félix de Azúa y los idiotas

El académico asegura que "lo que transformó la sociedad no fue una revolución política, fue una revolución técnica"

Félix de Azúa Comella es licenciado en Filosofía y doctor por la Universidad de Barcelona, con la tesis Aspectos de la estética de Diderot: El doble modelo neoclásico-romántico, defendida en 1982. Luego Catedrático de Estética en la universidad catalana, y director del Cervantes de París. Se trasladó a París, en mayo de 1968, en reacción a los sucesos de 1969 en la universidad española. Allí frecuentó las tertulias de Agustín García Calvo en el café La Boule D'Or, a quien considera Azúa uno de sus maestros, y del que cuando conocí, en 1987, comprobé que era más hippie que los actuales rastas de Podemos, pero más sabio. Ada Colau ha colgado en su web sus notas de estudiante de filosofía en la Universidad de Barcelona entre 1992 y 1999, y con la asignatura de Filosofía Política II aprobada en el curso 2005. Trece años y no terminó los estudios. Estuvo en Milán con una beca Erasmus, trabajó de encuestadora, azafata, animadora infantil, y a los 33 años entró en el Observatori DESC, una ONG catalana que manejó subvenciones de la Generalitat de Cataluña por 1.956.118 euros, del Ayuntamiento de Barcelona por 971.456 euros, y del Ministerio de Asuntos Exteriores por 821.995 euros, a lo largo de varios años. A Félix de Azúa, por decirle inútil para ser alcaldesa, partiendo de lo obvio, sólo confrontando los "curricula", le han atacado de todos lados. Con motivo de este escandalillo, Karina Sainz Borgo, en Vozpópuli, entrevista al académico, quien perteneció a una izquierda elegante y letrada, no como la de ahora, que es una izquierda intelectualmente nula (los hitos culturales de Ada Colau, por ejemplo, han sido una concejal que orina en mitad de la calle con las piernas abiertas, o una poeta que ofendió gratuitamente a dos mil millones de cristianos con un padre nuestro blasfemo). Respecto a aquellos años, dice Azúa: "Todavía en esos tiempos había unos refugios de la inteligencia bastante amplios. Yo estudié en París. Con Foucault, con Deleuze, con Derrida antes de que fueran los personajes públicos en que se convirtieron. Pero todo eso ha sido destruido. De la cultura occidental solo quedan ruinas". Azúa confiesa que existe un fracaso en su generación: "El símbolo más conocido es Mayo del 68, aunque se extiende hasta los setenta. Hubo un auténtico levantamiento, sobre todo juvenil y urbano; en las universidades. Esa fue nuestra cruzada. Coincidía un conjunto de batallas. Una de ellas era política, contra una clase social que se había mineralizado tras la segunda guerra mundial y que iba a transformarse muy rápidamente. Pero también había otras: las reivindicaciones sexuales, las feministas, las drogas, las comunas. Todas fracasaron. Las drogas condujeron a la muerte a mucha gente, la revolución sexual produjo más tristeza que placer, la revolución política terminó con una mayoría absoluta de De Gaulle en Francia. Lo que en verdad transformó la sociedad no fue una revolución política, fue una revolución técnica. La revolución sexual ocurrió debido a la píldora, no gracias a las protestas juveniles. La vida laboral de las mujeres se resolvió de la misma manera, pero no fue por las revueltas estudiantiles. Nosotros lo vivimos como una cruzada, un poco como ahora lo viven los de Podemos, pero el fracaso fue absoluto". Cuando Azúa trata en su obra la figura del idiota, lo explica: "El idiota es la versión laica de la cruzada. Un idiota era una pobre persona que creía en todas las promesas de felicidad. Le prometían la revolución proletaria y que todos seríamos felices y se la creía. Le prometían la revolución a través de las drogas y se la creía. Y así todas y cada una de las revoluciones; se las creía todas. Poco a poco, con el paso del tiempo, aquel que creyó, se dio cuenta de que era un imbécil. Creerse las promesas colectivistas es propio de imbéciles. No ha cambiado nada. El imbécil actual sigue siendo el mismo imbécil de mi época". Cuando habla de una solución a este panorama, De Azúa señala que la única salvación es la individual, y al final, con un evidente neoheideggerianismo, manifiesta que es claro que quien tomará el mando es la técnica, la mejor fábrica de idiotas.

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