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CONTRA LOS PUENTES LEVADIZOS

Los días del desorden

Una multitud de personas practicando surf.

Una multitud de personas practicando surf. LA PROVINCIA/DLP

Primero que nada y para que quede claro: el surf no es lo mío (aunque tengo un amigo que me ha enseñado a mantenerme de pie sobre una tabla de surf durante cinco segundos). Ahora entremos en materia. Aristóteles decía en su Poética que entender las buenas metáforas significa "percibir bien las relaciones de semejanza". Es lo que hace el escritor y periodista William Finnegan en su libro de memorias Años salvajes (Libros del Asteroide), galardonado con el Premio Pulitzer de biografía 2016, donde nos ofrece una visión de la vida estadounidense a través del surf, un deporte que comenzó a practicar en California y Hawai en los 60 y 70 del siglo pasado. A pesar de no ser "un niño playero", Finnegan confiesa en Años salvajes que el surf se convirtió en el eje central de sus años infantiles y posteriormente en una pasión que le llevó a recorrer el mundo de ola en ola.

La primera escuela de Finnegan fue el surf (como la primera escuela de Francisco Umbral fueron los días sin escuela), y como toda escuela hay los primeros miedos de aprendizaje: "Las tablas de surf nos daban miedo. Nos parecían que eran para los mayores, no para nosotros. Había surfistas en la ciudad. Tenían el pelo blanqueado por el sol, conducían viejas camionetas, llevaban camisas a cuadros, vaqueros, huaraches -unas sandalias mexicanas con suelas de neumáticos reciclados-, y por lo que se decía, iban de juerga las noches de los fines de semana. [...] Eran los primeros tiempos del surf moderno, cuando las tablas eran enormes y pesadas y no solían tener quillas, y la técnica preferida (y en realidad la única factible) consistía en surfear la ola con los mínimos giros posibles hasta llegar a la orilla".

En Años salvajes, Finnegan exhuma el espíritu fundacional de los años sesenta, el del bullicio hippie, el de la oposición a la guerra de Vietnam, el de los derechos civiles, el de la vida en la carretera, y en medio de todo, las familias que pasaban el día en la playa: "Muchas familias parecían haberse doctorado en el arte de pasárselo bien. Tablas de surf, cañas de pescar, equipos de buceo, viejas canoas, colchonetas hinchables: todo estaba pensado para el agua. [...] Pero lo importante eran las olas, las olas de San Onofre. [...] Las olas eran largas y fofas y tenían la suficiente variedad de fondos rocosos y de arrecife para hacerlas interesantes. Muchos de los surfistas que modernizaron el diseño de la tablas de surf después de la segunda guerra mundial habían echado los dientes en San Onofre".

Lleno de referencias a una cultura que hoy ha superado el umbral de la marginalidad para convertirse en una actividad demasiado popular que practican veinte millones de personas en todo el mundo, Años salvajes es un libro de surf que sorprende para bien y con el que resulta fácil sentir la nostalgia de su autor. Finnegan toma su vida y el surf y los une en una odisea de autodescubrimiento. Al igual que el protagonista de Submundo de Don DeLillo, Finnegan añora "los días del desorden. Los quiero de vuelta, esos días en los que me encontraba vivo sobre la tierra, estremecido en el interior de mi piel, despreocupado y real".

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