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La sombra esencial de la palmera

Ciclo monumental de José Dámaso para el Salón Palmeras del Hotel Santa Catalina

La sombra esencial de la palmera

La sombra esencial de la palmera

Vivimos en Canarias rodeados de la Phoenix canariensis, prima más que hermana de la africana, distinta en cuanto a las características de su fruto comestible (las támaras jamás serán los dátiles del Mahgreb), pero esencialmente la misma que signa una geografía común, y lo que es más, una simbología arcaica continua. Las palmeras que antaño tendían a concentrarse en sus hábitat naturales (los palmerales, valles y laderas), devinieron plantas de inmediata y fácil ornamentación, poblaron miles de metros de arriscadas lomas -dotadas de irrigación por goteo -bordes y parterres, rotondas y nuevos parques. La palmera se hizo así, parodiando el idioma de su más insigne poeta-Agustín Espinosa- un árbol trágicamente huérfano- tanto, que solo mediante el accidente visual o el esfuerzo consciente, recupera su sentido atávico más profundo.

Crecí y crecimos entre palmeras, pero solamente empecé a comprenderla cuando la vi transmutada en símbolo y motivo, en imagen y elemento de construcción. Yo, de niño, apenas le daba importancia. La veía como un árbol agresivo cuyas afiladas hojas daban fiebre a los jardineros que se picaban con ellas. Un árbol, que solo al alcanzar altura considerable, era asequible, y aún así, sus ramas resecas eran espinas que desgarraban la carne. Ciertamente, de lejos, la palmera era otra cosa, y en esa distancia contemplativa, radica el imaginario fabuloso de Espinosa. Su majestuosa altura, su arrogante corola meciéndose en el viento, el fanal estético de sus hojas inmóviles en el horizonte, los tonos del verde que se conjugan en la luz barroca de las islas, la transformaban en un símbolo, en emblema heráldico de la Naturaleza.

Tendría diecisiete años cuando en el Museo Arqueológico del Cairo me detuve ante una inmensa columna cuyo capitel monumental parecía un fajo de plumas de avestruz; no sabía lo qué era. Años después supe que se trataba de la visión geométrica perfecta realizada por los canteros egipcios de la corola de la palmera, hace tres mil años. ¡Tres mil años antes de Cristo! , y la palmera ya era un árbol geometrizado y racionalizado para las artes. Durante la visita que hice con mi esposa a la iglesia de San Francisco de Assis (en Assisi, Italia) lo menos que pensaba encontrar era una palmera. Sin embargo, allí estaba, no plantada ni pintada, sino como columna central del convento de los franciscanos originarios (1228), una columna palmera como árbol simbólico de la vida. En viajes posteriores, la phoenix canariensis apareció enmacetada en el vivero de los parisinos jardines de Luxemburgo o en la explanada de los baños de Karlovy Vary, en Chequia, o aún más extravagante por su dimensión simbólica, como árbol genealógico de la antigua familia regente de Turín, los Saboya.

Estas imágenes y estas experiencias surgieron de su lecho durmiente al contemplar esta mañana el ciclo mural y monumental de José Dámaso que orna la pared del fondo del Salón Palmeras en el señero Hotel Santa Catalina de Las Palmas. El ciclo, Pasión, vida y muerte de la palmera, encargo de Juan Padrón a José Dámaso y posterior donación a la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, corona, como la palmera con su corola, un programa simbólico de mecenazgo artístico dentro de una zona marcada para el arte y la cultura (el conjunto que forma el Museo Néstor-Pueblo Canario-Parque Doramas-Hotel Santa Catalina) y nos lega un testimonio sintético de la obra de Dámaso, tan importante como el ciclo de los Héroes Atlánticos que en 1980 el pintor decano de Gran Canaria legó a su pueblo, como toda su obra y toda su vida.

La palmera que Dámaso elige para protagonizar, junto al hombre canario-antiguo o canario-africano cuyo ciclo vital vincula a la del árbol mítico, refleja una semi-geometría distinta a la del drago y la usada en la esquematización de la filodendra. Dámaso, como Néstor, interiorizan la flora autóctona y la someten a las dinámicas estéticas internacionales que ellos a su vez han interiorizado; en el caso nestoriano, la nueva plasticidad y el cubismo, en el damasiano, el pop y la neo-figuración. La palmera ondea verde y álgida en el primer mural, contrastando el pintor el ciclo de sus hojas mediante los tonos del verde (verde tierno, las hojas más altas; verde, las maduras y medianas; verdinegro, las que están muriendo). Escoge, asimismo, naturalizar el patrón del tronco, mostrando las teselas que dejan la caída de las ramas, y los grosores variables del tallo, obviando la tentación hiperplástica del triángulo como símbolo de este proceso. El fondo es el horizonte de otra isla, y el segundo plano, una compactación telúrica de capas geológicas, en la cual, con un especial trampantojo, la geografía oculta del subsuelo se transparenta. El hombre primigenio de la isla, danza en plena efusión en torno a la palmera, celebrando la edénica unión entre su destino y su tierra.

En los sucesivos paneles, la palmera irá muriendo e inclinándose hasta que finalmente el subsuelo se apodera de sus restos. Su sombra crecerá en paralelo, y el hombre que la abraza, se irá alejando de ella. En el último mural, ambos yacen sepultados, la palmera, su sombra y el ser. Es una epifanía del simbolismo damasiano creado por el propio pintor, que inscribe así, en su propia obra monumental, el sentido más profundo de su estética de la muerte, el Eros y el Tanatos que surca su pintura y escultura desde los revolucionarios tiempos de Juanita. Cada etapa de la vida de la palmera posee su irradiación cromática, que abarcará del verde al rojo, y del pardo oscuro al gris. La sombra del eterno árbol se irá agrandado, envés simétrico de la vida, reflejo constante de toda cosa y objeto vivo en su pintura, y la distancia cada vez más descentrada del ser en relación a la palmera no escapa a la lectura simbólica de la enajenación naturalista, de la distancia que nos separa de la naturaleza.

Las palmeras de nuestra historia no cesan de derrumbarse a nuestro alrededor. Deberíamos empezar anotando el punto zero de este genocidio, de este palmericido, que empezó cuando los conquistadores tras quemar el bosque que bajaba desde las medianías hasta el Real de Las Palmas, destruyeron el palmeral de Tamaraceite, con sus miles de árboles. A estas destrucciones traumáticas se añaden las muertes patéticas por abandono y descuido, por flagrante palmericidio. Hace poco cayó la ya mítica pareja de palmeras que pintó Jorge Oramas desde el Hospital de San Martín en la década de 1930 y también Nicolás Massieu y Matos en la década anterior. Hemos visto morir de sed a miles de palmeras en las laderas de la ciudad, debido a grotescas negligencias administrativas. Sus sombras, como las de los antiguos canarios, fecundan las necrópolis vivas del imaginario damasiano que no nos permite escabullir estos crímenes de conciencia. Resulta curioso que la alta estética de un ciclo muralista enclavado en un legendario hotel de la ciudad nos recuerde que la palmera es parte de nuestra sombra, de nuestra identidad, aunque ni lo comprendamos, ni lo queramos. Nuestra sombra insoslayable.

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