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Religión

Pablo d'Ors: "El hombre de verdad religioso no tiene miedo a orar junto a otras confesiones"

"El Cristianismo se puede enriquecer, y de hecho ya lo hace, en el diálogo con otras religiones", señala Pablo d'Ors, escritor y sacerdote

Pablo d'Ors.

Pablo d’Ors dicta el martes en el Aula Manuel Alemán de la ULPGC la ponencia ‘El arte de la meditación, la aventura del silencio interior’, un recorrido por su propia experiencia meditativa y la práctica compartida en la asociación Amigos del Desierto. El enorme éxito de su ensayo ‘Biografía del silencio’ ha convertido a este novelista, nieto de Eugenio d’Ors, en un abanderado de esta disciplina, que aborda desde un bagaje en el que confluyen diversas tradiciones místicas.

Usted reivindica el silencio como condición necesaria para acercarnos a nosotros mismos. ¿Es una batalla perdida en una sociedad tan ruidosa?

Es ir contra corriente. Estamos generando una sociedad, no sólo de la comunicación y la información, sino también del ruido y la dispersión. Por eso creo que la virtud fundamental que en este momento debe ser entrenada es la de la atención. Decía Simone Weil que la atención es tanto como el amor. Éste es, al menos en Occidente, el problema fundamental. Hemos recibido una cultura de la exterioridad y tiene que ser compensada. Nos han enseñado que lo importante es amar y ayudar a los demás, pero no que también es importante amarse a uno mismo y que eso no es egoísmo. El movimiento es doble, dar y recibir. La meditación es justamente unan escuela de receptividad; también lo es de oblatividad, pero la exterioridad la tenemos ya cubierta. En Occidente hemos exaltado la acción y la reflexión, no es que haya que acabar con ellos, pero sí colocarlos en su lugar y hablar también de pasión y contemplación. Sólo desde ahí hay esperanza para la sociedad.

Habla del desierto como la cara más árida del silencio. ¿Qué le atrae del monacato del desierto, esa extrema experiencia de vaciamiento de los primitivos cristianos?

El desierto es una metáfora de la interioridad. Nuestra cultura judeocristiana tiene como mito fundamental el relato del éxodo, el desierto es todo lo que hay entre la esclavitud y la plenitud. En general los seres humanos vivimos esclavos de sueños, ilusiones, deseos, dolores... y caminamos todos hacia un horizonte de plenitud. Ese camino es el del desierto. Además, el desierto es en occidente lo que en oriente llaman vacío. Frente a una cultura de la suma, que propugna acumular experiencias, leer libros y realizar viajes para construir una identidad personal o social, yo pienso que la resta es un camino más inteligente y sensato, precisamente por sobreabundancia. La identidad no es algo que hay que construir, sino más bien descubrir. Y lo descubrimos con esta pedagogía del vaciamiento. El desierto lo hacemos necesariamente vacíos de equipaje. Pienso que una cierta sobriedad vital nos haría estar mejor y la meditación es una escuela de sobriedad.

“El verdadero trabajo literario es espiritual, la palabra que no nazca del silencio no es una palabra artística”

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Cita a menudo corrientes místicas ajenas al cristianismo. ¿No haya en su fe una tradición con similar arraigo?

Intento tomar el hilo rojo que ha existido en la historia de la Iglesia, que surge con los Padres del desierto, corriente espiritual por excelencia del cristianismo en los siglos III, IV y V, luego sigue con Gregorio de Niza, el Pseudo Dionisio Aeropagita, el maestro Eckhart y Juan de la Cruz. Mucha gente piensa que la meditación y la interioridad vienen sólo del extremo oriente, pero en occidente también tenemos una tradición milenaria. Si comparas los textos sagrados de los Padres del desierto con los del yoga o el zen, descubres una afinidad en torno a la importancia del cuerpo y la respiración, por ejemplo. En el Cristianismo esa tradición ha persistido pero ha sido minoritaria, más bien marginal. El discurso espiritual hoy no puede articularse desde la palabra, sino desde el silencio; veo en mis contemporáneos una enorme necesidad de silencio y una prevención indudable en la palabra.

Insiste en la necesidad de desintelectualizar la experiencia vital. ¿Le ha costado eso un gran esfuerzo a alguien como usted, forjado en un sistema educativo típicamente occidental?

No creo que esté totalmente despojado porque las cosas nos acompañan de maneras diferentes, pero creo que mi acercamiento a la realidad hoy no es fundamentalmente mental. En alguna medida es más espiritual, y esto significa que junto a la reflexión, que desde luego tiene su lugar, está la percepción. Cuando somos niños y adolescentes se nos enseña a pensar pero no a percibir, la educación espiritual pasa por la educación de la percepción. En la medida en que sabemos ver y escuchar, también sabremos sentir. Por eso la meditación es un camino de purificación de la mirada, el oído y el corazón para poder ver lo que hay. El problema de la palabra es que es necesariamente autoafirmativa. Tú puedes sentirte orgulloso de tus palabras, pero difícilmente te vas a sentir orgulloso de tus silencios. Es muy difícil que haya palabra sin ego. El ego por supuesto tiene su lugar, pero no puede colonizarlo todo. El silencio es estructuralmente humilde, toca la realidad, lo concreto. Y eso es lo que necesitamos para estar bien.

Ha escrito que casi nadie se atreve a ser uno mismo. Sin embargo, vivimos persuadidos de nuestra gran individualidad. ¿Cómo es esto posible?

La estrategia del marketing lo hace bastante bien. Nos están vendiendo uniformidad y no es otra cosa la globalización. Se come lo mismo hoy en Shangai que en Coimbra, se viste igual en Japón que en EEUU. Nos venden uniformidad y nos hacen creer que es libertad e individualidad, la estrategia funciona.

Ve en la madurez una edad de plenitud, algo que choca en una sociedad que entroniza la juventud.

Igual el esplendor es en la vejez, lo cual sería muy bonito, pues significaría que el camino humano es hacia una plenitud, no hacia un declive. Yo creo que en la medida en que crecemos en años, sabiduría y conciencia, nuestra vida es más plena. Estos significa que somos más aquello que estamos llamados a ser, cumplimos más aquello para lo que habíamos venido a este mundo. La juventud es una etapa de ensayos y por tanto de errores, donde uno busca necesariamente la afirmación de identidad, y en esa búsqueda te vas dejando unos cuantos cadáveres atrás. No se puede hacer de otra manera, porque la naturaleza humana es errática. No es que los adultos no nos equivoquemos, pero lo hacemos menos y de forma más consciente. En realidad, me siento un hombre del silencio y de la palabra, de ambas cosas. El verdadero trabajo literario es un trabajo espiritual, la palabra que no nazca del silencio y aboque al silencio no es una palabra artística. El silencio y el arte son dos hermanos gemelos que se llevan bien. El silencio es difícil que cuaje como propuesta sobre todo en la infancia y juventud, precisamente porque hay esta necesidad de afirmación.

Si la experiencia espiritual es una, ¿por qué resulta tan difícil el diálogo interconfesional?

En las religiones pasa lo mismo que en la sociedad y los partidos políticos, se pone más el acento en lo que nos diferencia que en lo que nos une. Estamos siempre dividiendo y separando. Más allá de que tú seas de una religión u otra, de un país u otro, de una clase social u otra, a todos nos gusta ser abrazados por el ser amado y un cielo estrellado. Si analizas textos del sufismo, del nirvana zen o de la contemplación cristiana, encontrarás una afinidad tan grande que prácticamente pueden pasar unos textos por otros. El hombre verdaderamente religioso es el que se abre al otro y se deja interpelar por el otro. El problema es que contemplamos la religión como fuente de seguridad en lugar de como fuente de confianza. El hombre auténticamente religioso no tiene ningún miedo de orar con creyentes de otras confesiones, y desde luego de hablar con ellos y compartir con ellos. Caminamos hacia una sociedad donde esto tiene que ser moneda común. De lo contrario, estás negando con los hechos aquello que intentas con las ideas, y eso no es creíble.

Esa actitud de apertura parece que es la que propugna el papa Francisco, tendiendo puentes de diálogo recientemente con los protestantes.

Yo creo que sí. Cualquier actitud pastoral puede estar guiada bajo el lema del diálogo o de la alternativa. Puedes decir que los cristianos somos la alternativa, y significa que lo otro está equivocado o tiene menos verdad, o abrir el diálogo, que supone que juntos vamos a compartir nuestro humilde saber y seguramente vamos a crecer. Esto no es sincretismo, como mucha gente dice de forma un poco banal. Esto es síntesis, que no niega ninguno de los términos del diálogo, sino que lo retoma y los eleva. El Cristianismo se puede enriquecer, y se enriquece de hecho, en el diálogo con las otras religiones. Los faros de la humanidad, en la medida en que se ponen juntos iluminan más, pero hay gente que se pone nerviosa cuando se da esto porque parece que se va a difuminar lo propio. No se difumina, lo que ocurre es que se reformula. La identidad no es una cosa cerrada, siempre está creciendo y cambiando, y si no crece y cambia es un fortín.

“El amor del Quijote por Dulcinea es casi un amor a la Virgen María, somos herederos de ese idealismo”

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Afirma que el amor romántico es el sueño por excelencia, el último mito que resta en Occidente. ¿A qué se refiere?

Cuando cae el mito de la fe o de dios construimos el mito amoroso, no es casual que toda la literatura religiosa y teológica luego derivase en una romántica y sentimental. El amor del Quijote por Dulcinea es prácticamente un amor a la virgen María, totalmente idealizado. Y nosotros somos herederos de eso y seguimos queriendo a Dulcinea. Luego nos encontramos con Aldonza Lorenzo y nos llevamos un buen chasco. Cervantes es un profeta, todo los grandes escritores lo son, presagian qué va a pasar en la sociedad futura, Si decimos al ser amado "eres mi cielo o eres mi tesoro" te vas a llevar un buen chasco. El otro no es el cielo, sino el compañero con el que puedes caminar hacia el cielo, hemos convertido el fin en un medio. Eso es el romanticismo. Si se sobrecargan demasiado las expectativas en la pareja, tarde o temprano nos vemos abocados a la confrontación y la desilusión.

“Lo que da miedo a morir es no haber vivido, el mejor entrenamiento es vivir con intensidad”

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Usted propone sonreír ante el dolor como forma de neutralizar su veneno. ¿Qué le aportó su trabajo como capellán hospitalario, acompañando en el tránsito a la muerte?

Durante una década tuve el privilegio y la responsabilidad de acompañar a muchos moribundos, una experiencia decisiva para mí. Si no tienes presente la muerte no sabes lo que es la vida, vives inconsciente de que es caduca, fugaz. Te olvidas de tu condición de peregrino, por usar el lenguaje cristiano, y piensas que esto es una morada permanente. La mayoría de los que mueren no lo hace en paz, lo hacen con tristeza, pesadumbre o resistencia. Creo que lo que da miedo a la muerte no es la muerte en sí misma, sino el no haber vivido. Si has vivido, llega el momento final y entregas la vida, no te la arrebatan. El mejor entrenamiento para morir con dignidad y elegancia es vivir con intensidad el ahora, vivir hoy como te gustaría morir. He tardado más de 45 años en aprenderlo.

“Hay un vínculo muy profundo entre la experiencia estética y la experiencia extática, arte y mística”

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Hugo Ball dejó escrito que para entender el cubismo quizá haya que leer a los Padres de la Iglesia. Usted insiste en el paralelismo entre arte y mística. ¿La meditación le ha cambiado como escritor?

Hay un vínculo muy profundo entre la experiencia estética y la extática. Yo no me siento ahora una persona ávida de lecturas, experiencias o conocimientos, estoy tranquilo. El desierto te lleva a la amistad, recibir te lleva a dar. Siempre que escribimos queremos ser leídos. La escritura es un acto de revelación a ti mismo, pero también escribimos para comunicar. La fiebre de la posteridad, de ser reconocido, no me quita el sueño en absoluto. Todo está bien: si tengo muchos lectores genial; si no, pues genial también.

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