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Un Rimbaud a la inversa

El periodista y crítico Antonio Puente publica el breve ensayo 'De una poética de la escisión', donde reivindica la figura del poeta grancanario Domingo Rivero

El periodista y crítico Antonio Puente.

El periodista y crítico Antonio Puente. LA PROVINCIA / DLP

En el refugio de una isla dentro de una isla, rodeado de agua y silencio en su oficina, el poeta Domingo Rivero (1852 - 1929) inauguró el vuelo del modernismo poético en Canarias en la bisagra que franqueó el paso al siglo XX. Pero su lenta demora en ahuecar las alas de su poética, en la que se miraron tantas generaciones líricas posteriores, empañó durante años el reflejo de aquel rostro oculto detrás del célebre poema Yo, a mi cuerpo.

El breve legado de este poeta en la sombra, enraizado en los desdoblamientos, contradicciones y dualidades inherentes a cualquier poeta pero, sobre todo, a todo poeta isleño, permite reconstruir las alas que brindó Rivero a las metáforas de la escisión y que, todavía hoy, late en el seno de la poesía insular. Así lo glosa el periodista y crítico literario Antonio Puente en su nueva obra De una poética de la escisión. Domingo Rivero, en la 'oficina del mar", un breve ensayo editado por Mercurio, que desanda el camino de aquel "Rimbaud a la inversa", en la misma senda que allanó el poeta Eugenio Padorno con su ensayo Domingo Rivero. En el dolor humano (2002).

La obra del precoz y, a un tiempo, tardío Domingo Rivero alcanzó su cénit en el imprescindible soneto Yo a mi cuerpo, por lo que se erige en la antítesis de su coetáneo enfant terrible francés. Sin publicar un libro en vida, el poeta aruquense bordó su nombre en el velo del anonimato, inmune a la poesía en su juventud hasta que, a punto de cumplir los 50 años, comenzó a moldear 70 poemas en la sombra, que más adelante impregnaron las obras de poetas sucesores, como Tomás Morales y Alonso Quesada.

Y con el afán de ordenar y reivindicar ese "inventario de su condición de rara avis", Puente explora "las tentaciones de asedio definitorio" a que se presta la figura de plenitud y extinción que fue Domingo Rivero: "poeta enigmático, poeta sin biografía, poeta de la escisión, poeta de la sombra, poeta del cuerpo, poeta del revés, poeta moderno, poeta premodernista, poeta de 'las dos alas', poeta inédito".

Alrededor de todos estos prismas, Puente vertebra un ensayo seccionado en cinco tramos: Del 'templo al 'cuerpo, El poeta que se convirtió en poema, Enigma del retornado, El origen de la dualidad y La escisión del progreso. Pese a las escasas pistas biográficas en torno a Rivero, resumidas en el elocuente verso "sólo mi sombra caminó conmigo", Puente incorpora en su semblanza los parabienes que brindó al poeta su coetáneo Miguel de Unamuno, así como los de representantes de generaciones líricas posteriores, Dámaso Alonso y Francisco Brines; toda vez que se detiene en el imprescindible testimonio de su nieto, José Rivero, albacea de los documentos e impulsor del Museo Poeta Domingo Rivero, que custodió durante años el legado del poeta frente a una amenaza doble: la censura franquista y el riesgo de su dispersión, hasta que, en el filo de la Transición, "les confiamos los documentos a los hermanos Padorno".

Con todo, el corpus teórico de Puente alude continuamente, como no podía ser de otra manera, a ese prodigioso poema que comienza así: "¿Por qué no te he de amar, cuerpo en que vivo?", por lo que su vocación ensayística estriba en trazar una "autopsia de su propio cuerpo escindido". A este respecto, Puente revela que "Rivero se adscribe a una poética de la escisión", originada en su propio antagonismo y dualidad.

Por un lado, porque Rivero, como enunciara el gran Jaime Gil de Biedma, fue un poeta que se convirtió en poema. Y así cristalizó su propia escisión "adosado para siempre a ese Yo del título de su emblemático poema y que, en cambio, se encuentra en las antípodas de cualquier proyección egótica o autobiográfica de sus poemas". Pero Puente va incluso más allá y sugiere que, además, "su presencia encarna nuestro originario episodio enigmático escindido, o la explicación de nuestros orígenes eternamente presentes, eternamente escindidos".

A la luz de esta reflexión metapoética y metaidentitaria, el autor manifiesta que "el cuerpo del relator -escindido- se cobijará, finalmente, en el templo del canónigo, y ambas espacios habitables son trasuntos de la Ciudad y la Isla. Y de la poesía también". Por lo tanto, la reivindicación de Rivero como poeta que se convirtió en poema dentro de la metáfora de la naturaleza misma de la poesía es uno de los más bellos aciertos del ensayo De una poética de la escisión.

Y por último, desde su oficina del mar, con vocación de "universalizar al máximo la estricta materia que le circunda" y "partiendo de una genuina concepción de lo universal como lo local sin paredes", Rivero batió sus dos alas frente al mito del progreso "y viró la nave hacia el origen". Y así, revela Puente en el colofón de su ensayo, Rivero se convierte también hoy en un "poeta del repliegue y coetáneo nuestro" en este siglo XXI, porque su sensibilidad y consciencia habla a su vez de nuestro repliegue actual. Y así, el poeta se escinde una vez más y enarbola la única certeza de que el poeta se nace en esa encrucijada entre "pobre materia" y "profundo arcano", pues en eso consiste ese desdoblamiento perpetuo que es la poesía, dentro y fuera de la propia isla.

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